Hoy la lluvia no da tregua. El agua traza pequeños ríos sobre los caminos de grava y barniza de brillo las hojas de los árboles. Protegida con un paraguas azul, Arantza González-Boza pasea por los jardines de la Taconera para rememorar momentos de su infancia y juventud. Esquiva charcos con la misma paciencia con la que aprendió a escuchar. Aptitud fundamental para su profesión soñada: «De niña tenía clarísimo que quería dedicarme al periodismo. Sentía cierta llamada por las causas sociales y veía la escritura como una herramienta para contar historias».
Estudió Periodismo en la Universidad de Navarra, convencida de que la carrera le brindaría «espíritu crítico» y «amplitud de miras». Así fue. Durante aquellos años de aprendizaje, compañeros y profesores coincidían en algo: «Me decían que podía ser buena en producción audiovisual». Siguiendo aquella intuición común, se decantó por realizar prácticas en Arena Comunicación, una productora pamplonesa especializada en cine documental. Aunque aquella etapa pronto llegó a su fin, el futuro aguardaba paciente dispuesto a devolverle años más tarde a ese mismo sector.
Al finalizar la carrera, se marchó a Londres. ¿El objetivo? Ampliar conocimientos y aprender inglés. Complementó su formación con un Grado en Periodismo Internacional por la London School of Journalism y, después, optó por permanecer una temporada más en tierras anglosajonas. «Mientras buscaba empleo de lo mío, trabajé en una cafetería. Pronto encontré una oportunidad, pero tuve que marcharme a Madrid para dedicarme a ella», relata.
PASIÓN POR EL MUNDO AUDIOVISUAL
Ya de vuelta en España, a nuestra protagonista le propusieron un reto: crear un canal de televisión para Latinoamérica. Así, ejerció como responsable de Comunicación y supervisora de Publicidad en la cadena Dar TV, donde permaneció más de una década. «Realizaba el trabajo desde Madrid y fue una gran oportunidad para conocer con mayor profundidad el sector audiovisual», sonríe segundos antes de desgranar algunas de sus posteriores aventuras profesionales.
Tras aquella etapa larga y fértil, sintió de nuevo la llamada de los documentales. Fue entonces cuando fichó por 93 Metros, la productora fundada por el navarro David Beriain, asesinado en Burkina Faso en 2021. Aún recuerda con nitidez el primer día que cruzó la puerta de la oficina. El sonido leve del ordenador al encenderse, una mesa compartida llena de notas, el murmullo de una conversación sobre un rodaje en algún lugar remoto… Enseguida experimentó esa mezcla de vértigo y certeza que acompaña a las decisiones importantes.
Genocidio en la selva fue el primer documental en el que colaboró. En él se narraba la violencia experimentada por la tribu de los Taromenane, que vivía aislada la Amazonía ecuatoriana. En 93 Metros asumió ejerció labores de producción: presupuestos, permisos, coordinación, tiempos… Era el engranaje invisible que sostenía cada historia. Mientras el equipo se preparaba para adentrarse en territorios remotos, ella permanecía en la oficina, pendiente de cada detalle, llamada o posible imprevisto. «El proyecto era para Discovery Channel. Con David viajaba un equipo mínimo, apenas dos cámaras, para reducir riesgos», recuerda a sus 40 años.
Cada rodaje era «complejo, profundo y mágico». Arantza permanecía en Madrid, vigilando, resolviendo imprevistos y asegurándose de que el trabajo en el terreno pudiera desarrollarse sin contratiempos: «Hacíamos maravillas con poco presupuesto. Los siete años que trabajé allí aprendí muchísimo. La verdad es que David era un gran profesional». Hoy, el legado del periodista navarro sigue vivo gracias al Premio Internacional de Periodismo David Beriain, impulsado por una comisión bajo el paraguas administrativo del Ayuntamiento de Artajona y, que en su primera edición, recayó en Catalina Gómez. De ella forman parte representantes de la familia y el Consistorio, amigos, profesores de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Navarra y varios periodistas.
CATAR, ECUADOR Y TURQUÍA
Pero su marido, Felipe Sánchez, recibió una interesante propuesta profesional. Hasta entonces, había ejercido como entrenador en el Osasuna Promesas. Ahora le ofrecían trasladarse a Catar para asumir un nuevo reto profesional y entrenar allí. Arantza, siempre práctica y estratégica, respondió con una mezcla de sentido común y complicidad: «Vete tú primero, probamos qué tal y luego voy yo». Eso hicieron.
En 2017, tras asegurarse de que todo estaba listo, nuestra protagonista se unió a él en el continente asiático para abrir un nuevo capítulo compartido. «A la semana de llegar fiché por el Doha Film Institute como responsable de Producción. Nuestro día a día consistía en desarrollar piezas audiovisuales para el Museo Nacional de Catar. El museo constaba de once salas y, por casualidades de la vida, la número once fue a parar a un proyecto de Arena Comunicación. Pienso que fue el destino llamando de nuevo a mi puerta», expresa entre risas.
Tras un par de años allí, se repitió la misma historia. A Felipe le hicieron una oferta para entrenar en Ecuador y, en 2019, emprendieron un nuevo viaje. Poco después, el mundo entero se vio sorprendido por la pandemia y, al tiempo, Arantza se quedó embarazada de Martina, la mayor de sus dos hijas.

Tras haber trabajado en Catar, Ecuador y Turquía, Arantza ha regresado a Navarra.
Después de Ecuador llegó un nuevo capítulo: Turquía. La familia volvió a trasladarse siguiendo la carrera de Felipe, adaptándose una vez más a una cultura distinta, a horarios diferentes y a una vida en constante movimiento. Allí, nuestra protagonista dio a luz a Olivia, su segunda hija. «Tomamos la decisión de que yo regresara a España, sobre todo por las niñas. Queríamos que crecieran cerca de la familia y en un entorno más estable. Él se marchó a Niza, Ámsterdam y San Sebastián mientras yo volvía a Navarra. Actualmente trabaja en el Oporto«, explica.
VUELTA A CASA
Lo cierto es que nunca perdió el contacto con Arena Comunicación. Y, al regresar a Navarra, volvió a «casa»: «Estoy feliz, lo he vivido como cerrar un círculo. Volver a la productora me ha permitido reconectar conmigo».
Actualmente, se encuentra inmersa en un proyecto documental muy interesante. Mezcla animación e imágenes reales para narrar la historia de Amelia Tiganus, mujer rumana que a los diecisiete años fue trasladada a España tras ser vendida a un proxeneta por 300 euros. Se trata de un relato «necesario, incómodo y valiente». De esas que empujaron a Arantza, siendo niña, a querer contar lo que otros preferían no mirar. Quizá por eso sonríe cuando piensa en el camino recorrido. Porque, al final, aquella cría que soñaba con ser periodista no buscaba titulares grandilocuentes. Buscaba sentido. Y hoy, desde su Pamplona natal, lo ha encontrado contando historias que importan.
Esta entrevista forma parte de la Estrategia NEXT del Gobierno de Navarra.













