jueves, 4 junio 2026

La pamplonesa que ha bailado en medio mundo y realiza danzaterapia en Ámsterdam

Pronto encontró en el baile el lenguaje de la libertad. Tras estudiar en academias navarras y participar en varias ediciones del ImPulsTanz de Austria, Naiara Mendioroz voló a Holanda para continuar su formación como bailarina. A partir de entonces, comenzó a viajar por todo el mapa: Italia, Francia, Portugal, Grecia, Estados Unidos, Canadá, Malasia, Indonesia, China... Desde hace más de cinco años, realiza danzaterapia en una clínica mental de Ámsterdam, labor que compagina con su trabajo como profesora en la HKU University of Arts Utrecht.


Pamplona - 25 enero, 2026 - 23:30

Naiara Mendioroz ha bailado en escenarios de Italia, Grecia, Estados Unidos, Canadá, Malasia, y China, entre otros. (Foto: cedida)

«Libertad. Qué palabra tan inmensa, ¿verdad?», medita Naiara Mendioroz al otro lado del teléfono. Está en Holanda y, mientras habla, parece medir la distancia exacta entre ese ahora y un pasado que sigue intacto. Su voz se descuelga del presente y regresa, con una nitidez casi física, a Tirapu, el pueblo de su infancia: un puñado de casas donde el verano no tenía horarios y el mundo comenzaba y terminaba a la vuelta de la esquina. Entraba y salía de casa sin anunciarse, corría con la naturalidad de quien aún no ha aprendido a detenerse, se escapaba a las huertas y atravesaba el cementerio acompañada por su mejor amigo, cómplice de infinitas trastadas. En ese deambular despreocupado, nuestra protagonista no solo jugaba: descubría. Aprendía que cada rincón podía ser un universo y que la niñez, cuando es auténtica, no necesita más geografía que la de la imaginación en movimiento.

«En el cole, un profesor nos animó a escribir en un folio qué queríamos ser de mayores. Redacté un texto y puse tres cosas: psicóloga, cantante y bailarina. Me quedé con la última», rememora esta pamplonesa con cierta nostalgia. Bailar significaba prolongar esa libertad aprendida en Tirapu y trasladarla a otro lenguaje: el del cuerpo que late a un ritmo determinado. «Empecé a asistir a clases de baile a los diez años. Danza moderna, jazz… Probé un poco de todo. Hasta que descubrí la danza neoclásica y contemporánea, y me enamoré. Fue pasión a primera vista», relata.

RUMBO A ÁMSTERDAM

Asistió a clases en varias academias y realizó el Grado Medio de Danza Clásica en la Escuela de Danza de Navarra. «En verano, acudía al ImPulsTanz de Austria, y aquel fue mi primer contacto con el extranjero. Conocí a gente de otros países y aquello me nutrió muchísimo. En Pamplona conocía a pocas personas que quisieran dedicarse al baile, y enseguida entendí que debía salir fuera”, explica para acto seguido remarcar que realizó audiciones para acceder al Amsterdamse Hogeschool voor de Kunsten (AHK) y, gracias a una beca del Gobierno foral, logró estudiar allí durante cuatro años.

Para Naiara, aquello fue un sueño. La academia neerlandesa se desplegaba como una pequeña ciudad consagrada al movimiento: aulas donde siempre había pianistas y músicos en vivo marcando el pulso de las clases, salas repletas de material técnico de luces, dos teatros integrados en el propio edificio y una programación exhaustiva que abarcaba todo tipo de asignaturas. No solo se formaban cuerpos, se cuidaban mentes. También había psicólogos, clases de salud, y un ecosistema pensado para sostener a artistas jóvenes que aprendían a exigirse sin romperse. «Fui feliz», constata con firmeza.

Y entonces comenzó a viajar por medio mundo. Italia, Francia, Portugal, Grecia, Estados Unidos, Canadá, Malasia, Indonesia, China… Cada escenario ampliaba su manera de entender el cuerpo y el movimiento, pero también el mundo que la rodeaba. Durante una de esas estancias, en Nueva York, surgió una experiencia que marcaría un punto de inflexión. Le propusieron participar en un proyecto social que invitaba a bailarines a acudir a casas de refugio donde vivían mujeres con hijos que habían sido víctimas de violencia. Le ofrecieron impartir clases de danza, y allí descubrió otra dimensión de su oficio: la del movimiento como herramienta de acompañamiento, reconstrucción y cuidado. Ya de vuelta a Europa, decidió dar un paso más y formarse en ese cruce entre arte y bienestar. Por eso cursó un Máster de Danzaterapia en la Universidad de Codarts: «Al tiempo, me pasó algo precioso: me quedé embarazada. Ahí comenzó el segundo capítulo de mi vida».

ESCUCHAR Y ENTENDER AL CUERPO

«Quería ser mamá, pero también quería seguir en el mundo del baile. En este sentido, me ofrecieron trabajo en una clínica mental de Ámsterdam que se llamaba Care to change, y acepté el reto», apostilla satisfecha. Desde hace más de cinco años, se reúne con pacientes del centro para trabajar alrededor de distintas temáticas: «Independientemente del diagnóstico que tengan, nos centramos en regular las emociones, tomar conciencia corporal, disminuir la ansiedad y activar el cuerpo cuando está en estado de depresión. Hacemos varias técnicas de movimiento».

Lo cierto es que esta disciplina existe en Holanda desde hace casi medio siglo y está plenamente integrada en determinados ámbitos sanitarios, con profesionales formados y programas consolidados que la avalan. Allí, el movimiento se entiende desde hace décadas como una vía legítima de intervención terapéutica, capaz de acompañar procesos emocionales complejos y de generar cambios reales en las personas. «Sin embargo, la realidad en España es muy distinta y la danzaterapia sigue siendo una gran desconocida», lamenta.

Además, nuestra protagonista compagina sus labores en la clínica con su papel como profesora en la HKU University of Arts Utrecht. Desde allí forma a nuevas generaciones de artistas y profesionales del movimiento, compartiendo una mirada más amplia y consciente sobre el cuerpo.

Pero a sus 47 años, Naiara se plantea dar pie, quizá, a un nuevo capítulo vital. Holanda le ha dado oportunidades, estabilidad y un marco profesional en el que desarrollarse plenamente, pero hay nostalgias que no entienden de logros ni de fronteras. Echa de menos Navarra, sus paisajes, sus ritmos y, sobre todo, a su familia. El verdadero ancla emocional que sigue tirando de ella desde el otro lado. También se ríe al confesar que ahora añora algo tan cotidiano como el café con leche: «En Ámsterdam lo ponen diferente, nunca sabe igual. Sigue siendo café con leche, sí… ¡Pero es distinto!».

Esta entrevista forma parte de la Estrategia NEXT del Gobierno de Navarra. 

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