Basta cruzar el umbral para que la mirada quede atrapada en un pequeño universo de color. Decenas de telas se recuestan superpuestas en las estanterías, cientos de botones, de todas las formas y tamaños, se agrupan en compartimentos que invitan a detenerse y unos con forma de corazón parecen reclamar atención propia. La vista salta enseguida a una hilera perfectamente ordenada de hilos, dispuestos en columnas cromáticas que transmiten una reconfortante calma. Al fondo, entre máquinas de coser y patrones, Víctor Cabrejas recibe a los clientes con delantal negro, metro al cuello y unas gafas amarillas a juego con el espíritu del local.
Hace justo un año, este soriano inauguró en la calle Doctora Ariz, en el barrio pamplonés de Lezkairu, Vitikers: un atelier de costura creativa que acoge en un mismo local a la única mercería del barrio, un taller de arreglos y un espacio para bordados personalizados.
La historia de Víctor con la aguja empezó mucho antes de este proyecto. Fue su abuela Presen quien le enseñó a coser siendo apenas un niño. Hoy, el papel se ha invertido y es él quien guía a sus alumnos en un proceso que va mucho más allá de lo técnico. Sus clases, reducidas a cuatro personas, reúnen perfiles muy diversos (niños, hombres, mujeres) que llegan sin experiencia previa y salen con piezas propias como mochilas, neceseres o prendas de ropa.
«Se les pasa el tiempo superrápido, están al cien por cien concentrados. Vienen a un mundo que no conocen y la idea es desconectar. Les ofrecemos un café… y ni lo quieren. Están muy metidos en el proceso», explica el emprendedor de 41 años a Vanity Capital. Ese proceso implica desde aprender a enhebrar una aguja hasta dominar el pedal de la máquina o visualizar una pieza en tres dimensiones antes de que exista: «Hay que saber trasladar el resultado final al inicio. Pero lo bonito es que, en uno o dos días, ya te llevas algo hecho por ti. Es visual, es material y ves tu propia evolución».
En ese aprendizaje hay también algo emocional. Víctor recuerda el caso de una alumna que, al darle la vuelta a su primer neceser terminado, se emocionó hasta abrazarle. «Ahí ves que no es solo coser», resume con una sonrisa.

Los cuadros vichy son uno de los estampados que más triunfa entre los clientes, al igual que los tonos brillantes o neón.
La calma es, de hecho, uno de los valores centrales de Vitikers, bautizado así en honor al apodo familiar que reciben su novio Iker y él. Frente al ritmo acelerado del día a día, la costura exige tiempo, paciencia y atención. «Intento generar un espacio donde entres y desconectes. La gente viene a gusto, aprende y descubre todo lo que hay detrás de algo tan cotidiano como una tote bag o una mochila», reconoce.
El funcionamiento de las clases responde también a esa filosofía flexible. Vitikers ofrece bonos de ocho horas sin permanencia, que pueden distribuirse de distintas formas: desde acudir un día fijo a la semana hasta concentrar varias sesiones en pocos días: «Si no vienes a gusto, no tiene sentido que estés». De hecho, de cara al futuro, el taller ya prepara nuevas propuestas como sesiones a medida para grupos reducidos de seis personas, pensadas como experiencias compartidas: desde confeccionar un neceser hasta combinar la costura con catas de vino o pequeños eventos.
LA ÚNICA MERCERÍA DEL BARRIO
Más allá de las clases, el espacio, de unos 100 metros cuadrados repartidos entre la zona pública y el taller superior, funciona también como mercería especializada. Cremalleras en más de veinte tonalidades, cursores en otras tantas variantes, hasta 42 tipos de hilo y una selección de telas que huye de lo convencional: vichys, tejidos 3D, mallas, estampados llamativos o acabados brillantes.
«Son telas que no se ven fácilmente en otros sitios. Viene gente de Pamplona, pero también de fuera. Nos descubren por internet y vienen buscando algo distinto. Vamos ampliando poco a poco, viendo qué interesa y qué está de moda», apunta. Ese esfuerzo por diferenciarse tiene un eje claro: el color. En una ciudad tradicionalmente sobria, Vitikers apuesta por combinaciones atrevidas: «Cuando entra alguien conocido le digo: ‘bienvenido a mi mundo’. Y se sorprenden. Pero poco a poco la gente se está animando a arriesgar».
Esa identidad ha traspasado incluso el ámbito local gracias a las redes sociales. Sin tienda online por el momento, reciben peticiones desde distintos puntos de España. «Nos escriben desde Canarias o Baleares preguntando si hacemos envíos. De momento estamos centrados en la tienda, pero es algo que quizá haya que plantearse», sostiene.
La búsqueda constante de materiales diferentes es otra de las claves. Aunque los proveedores sean los habituales del sector, la selección marca la diferencia: «Un proveedor nos dijo que en 30 años nadie en Pamplona le había comprado las telas que le pedimos nosotros». Esa inquietud les ha llevado recientemente a la feria internacional de patchwork de Sitges, de donde han traído telas brasileñas exclusivas en Navarra: paneles con formas recortables para crear neceseres de forma directa.

Vitikers ofrece bonos de ocho horas de clase de costura sin permanencia, que pueden distribuirse de distintas formas.
El camino hasta aquí no ha sido lineal. Víctor vino a Pamplona por amor y más tarde dejó su trabajo en una fábrica para lanzarse como autónomo, asumiendo la incertidumbre que conlleva emprender. «Pasas de un sueldo fijo a no saber qué va a pasar, pero no hay comparación con trabajar en algo que te apasiona», asegura con orgullo en los ojos. Así, recalca que el aprendizaje ha sido constante, no solo en lo creativo, sino también en la gestión del negocio: fijar precios, adaptarse a una ciudad como Pamplona o asumir las horas invisibles de trabajo a puerta cerrada.
Un año después, el balance es prudente pero positivo: «Seguimos abiertos, que ya es importante». La respuesta del barrio ha sido clave: clientes que repiten, que recomiendan y que han convertido el boca a boca en el mejor aliado. «Cuando ves que la gente vuelve, piensas que algo estás haciendo bien», admite. Con esa base, Vitikers encara su segundo año con una idea clara: seguir creciendo sin perder la esencia. Más color, más propuestas y la ambición de consolidarse como un referente de la costura creativa en la ciudad. Porque, como demuestra este pequeño taller de Lezkairu, a veces basta un hilo, una tela y un poco de tiempo para construir algo más grande, un espacio donde crear, aprender y, simplemente, parar.












