jueves, 4 junio 2026

La ruta por los misteriosos iglús de piedra que están escondidos en la sierra navarra de Aralar

La sierra de Aralar es un territorio envuelto en un aura de misterio, donde la naturaleza y las leyendas se entrelazan de forma mágica. Más allá de la heroica figura de Teodosio de Goñi, que derrotó al dragón que atemorizaba a los habitantes de la zona, estos frondosos bosques y praderas albergan unos iglús de piedra, conocidos en euskera como 'arkuek'. Estas antiguas chabolas, perfectamente mimetizadas con el entorno, eran utilizadas por los pastores como refugio.


Pamplona - 20 marzo, 2026 - 20:05

Los arkuek son antiguas chabolas que utilizaban los pastores como refugio transitorio. (Foto: Mikel Sola)

La sierra de Aralar es un territorio envuelto en un aura de misterio donde la naturaleza y las leyendas se entrelazan de forma mágica. Este paraje de Navarra ha sido escenario de diversos mitos que, junto con la niebla que a menudo cubre sus cumbres y el silencio que se respira en sus profundos bosques, convierten a Aralar en un lugar donde lo real y lo fantástico parecen confundirse. De todas estas fábulas, transmitidas de generación en generación, sobresalen tres; la heroica figura de Teodosio de Goñi, que derrotó al dragón que habitaba en las entrañas de la sierra y atemorizaba a los habitantes de la zona; Basajaun, el guardián salvaje de los bosques; y Mari, la reina de la naturaleza.

Aralar también esconde unas misteriosas construcciones de piedra con forma de iglú, conocidas en euskera como ‘arkuek’, que aparecen de repente en medio de los frondosos hayedos y robledales o salpican las verdes praderas. Los arkuek, ubicados preferentemente en dolinas o terrenos hundidos próximos a refugios de montaña, son antiguas chabolas que históricamente eran utilizadas por los pastores de la sierra como refugio transitorio o incluso permanente durante los meses de pastoreo. Aunque su origen es incierto, diversos estudios apuntan a que las bordas más antiguas, perfectamente mimetizadas con el entorno, datan de hace más de 2.000 años.

Una ruta, de once kilómetros de distancia y 500 metros de desnivel, permite conocer por dentro estas curiosas construcciones, que aún conservan minúsculas puertas y ventanas. La excursión parte del aparcamiento de Albi, situado en la carretera NA-7510, que conecta la localidad de Baraibar y el Santuario de San Miguel de Aralar. De este parking, enclavado en las inmediaciones del Dolmen de Albi y la Casa Forestal, sale un camino a la derecha que se adentra en el bosque. La senda atraviesa inicialmente dos bordas (Joxemari y Miguel), asciende progresivamente entre un hayedo y alcanza una tercera borda: Buztintza. En este refugio, escondido en una hondonada, se encuentran los primeros tres arkues.

La ruta prosigue ganando altura, el bosque desparece por completo y los verdes prados se convierten en los protagonistas del paisaje. Tras una pronunciada subida por una loma, se alcanza el collado de Urmaneta y de repente aparecen los Rasos de Aralar: majestuosas praderas de montaña y pastizales situados en el corazón de la sierra a más de 1.000 metros de altitud. Desde este explanada de ensueño, por el que discurren amplias pistas de piedras, se observan las cimas de Irumugarrieta, Tutturre o Beloki.

Esta zona cuenta con numerosos arkuek diseminados a lo largo y ancho de estas extensas praderas. Una opción es poner rumbo a los montes Alborta y Ttutturre, en cuyas inmediaciones se encuentran tres de estos iglús de piedra. Otra posibilidad es dirigirse hacia el Mendiaundi, Argañeta e Itturtxulo Punte. En una hondonada, ubicada entre estas tres cimas, se puede contemplar un complejo de arkuek muy bien conservados.

El siguiente destino es Unako Potzua, un humedal protegido por un vallado de madera situada en los rasos de Aralar. En este punto, la ruta inicia el retorno circular hacia el aparcamiento de Albi. El camino de vuelta pasa por el refugio de Txemineko, el antiguo aparcamiento de Pagomari, el dolmen Otsotesare, el dolmen Aubia, la Casa Forestal y el Dolmen de Albi.

El pueblo más cercano, para retomar fuerzas después de la excursión, es Baraibar. Este idílico pueblo, con grandes caseríos, cuenta con dos establecimientos hosteleros. La primera opción es el Asador Galarza III, cuya propuesta gastronómica gira en torno a la cocina tradicional. El negocio está especializado en las carnes a la brasa como el entrecote o chuletón acompañados de revueltos o ensaladas. Además, destaca por sus postres caseros como la cuajada o las naranjas confitadas con chocolate.

La segunda posibilidad es el Ostatu Baraibar, que dispone de un económico menú del día compuesto por tres primeros (ensalada, pochas y menestra de verduras), dos segundos (pollo de corral y entrecot) y otros dos postres caseros: cuajada y natillas.

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