Mayo de 1985. Santiago de Chile en plena dictadura de Augusto Pinochet. En casa de los Cáceres Vargas, el pedal de la máquina de coser marca el ritmo de las tardes. Dos niñas observan desde el umbral de la puerta, esperando el momento exacto para entrar en acción. Sobre la mesa, su objetivo. Las tijeras. Las necesitan para recortar los coleccionables de un álbum. Finalmente, se deciden. Avanzan despacio, midiendo cada paso, pendientes del sonido constante de la aguja atravesando la tela. Cuando la máquina se detiene, contienen la respiración. Una de ellas alarga el brazo, agarra las tijeras y ambas salen corriendo antes de ser descubiertas. «¡Son para cortar tela, no papel! ¡Volved aquí ahora mismo!», grita su madre, Gloria, mientras trata de ocultar una sonrisa.
«Ella solía pasar horas en la cola de las tiendas para comprar telas y materiales, incluso durante el gobierno de Salvador Allende. Todavía conservo hilos de aquella época», rememora para Vanity la chilena Pamela Cáceres, de 48 años y residente en Navarra desde hace 15. De aquella infancia marcada por la creatividad, la escasez y el ingenio nació una vocación. «Nuestra madre solía cosernos faldas y otras prendas de ropa. Su pasión por coser y bordar era gigante y. afortunadamente, la he heredado», celebra.
En la actualidad, y a miles de kilómetros de su casa en Santiago, Pamela mantiene intacto ese vínculo con sus orígenes desde Barañáin. Han pasado quince años desde que dejó Chile para instalarse en la Comunidad foral, pero el hilo que une su presente con su pasado sigue firme. Enfermera de profesión, compagina su trabajo en el Hospital Universitario de Navarra (HUN) con una afición que ha ido ganando peso con el tiempo: la elaboración de muñecas de trapo.
«Me gustan las manualidad en general. Gracias a mis primeros sueldos, me pude apuntar a cursos para hacer muñecas en una escuela que estaba cerca de mi casa en Santiago. En aquella época casi todo era cosido a mano porque había pocas máquinas de coser», señala. Aquellas primeras piezas marcaron el inicio de un camino que no ha dejado de evolucionar.
Su llegada a España en 2010 no fue sencilla. El contexto laboral dificultó su incorporación inmediata como enfermera, lo que la llevó a explorar otras vías. Desde el scrapbooking hasta la participación en ferias artesanales o la venta de productos hechos a mano. En ese periodo, la costura no solo fue una afición, sino también una forma de mantenerse activa y de sostenerse emocionalmente. «Trataba de no parar con el objetivo de mantenerme ocupada», recuerda.
Con el tiempo, logró integrarse en el sistema sanitario navarro, donde trabaja en la actualidad. Aun así, la costura sigue ocupando un lugar central en su rutina. «Para mí es una terapia», afirma. Después de jornadas exigentes, sentarse a coser o bordar le permite desconectar. Es más, su universo creativo va más allá de las muñecas de trapo. También trabaja técnicas como el bordado, el estilo country, el needle felting (escultura en fieltro con aguja) o el patchwork. Además, ha confeccionado bolsos, carteras y otras piezas textiles.
Para su felicidad, su hija Jasone, de nueve años, ya muestra interés por las manualidades. De hecho, tiene su propia máquina de coser y ha empezado a crear sus propios muñecos. A menudo comparten tiempo juntas entre telas e hilos, en escenas que recuerdan inevitablemente a su pasado en Chile.













