De su infancia, recuerda a su madre siempre entre hilos y telas, tejiendo con una concentración rigurosa. La veía inclinarse sobre la máquina de coser, con el pie marcando el compás, mientras sus manos guiaban con precisión tejidos que terminarían convirtiéndose en camisas o pantalones para él y sus dos hermanos. También confeccionaba prendas para El Corte Inglés y arreglaba las cortinas de las vecinas. Cada pieza que salía de sus manos llevaba consigo un rastro invisible de paciencia y amor.
El pequeño Luismi Galianno la observaba desde su diminuto mundo, agazapado junto a la máquina. A su alrededor, los retales que su madre iba desechando eran un tesoro que guardaba en una caja de detergente vacía y llena de secretos. Allí se enredaba sin cuidado, mezclando el lino con la lana y los botones con los hilos sueltos. Mientras las vecinas charlaban y sorbían el café a pocos metros de distancia, sin percibir el universo que se hilvanaba en el salón, nuestro protagonista inventaba sus primeras historias con telas.
«En el colegio, lo que se me daba bien eran las artes plásticas. Me dejaban solo con una tijera, una revista y una barra de pegamento y me volvía loco», rememora entre risas. Aunque destacaba en dibujo, cuando llegó el momento de decidir qué quería estudiar no lo tuvo nada claro. La pregunta le parecía demasiado amplia para responderla de golpe. Así que optó por rodearla y acercarse a ella desde distintos ángulos. Se formó haciendo varios cursos de distintas disciplinas: alfarería, joyería, técnicas artesanales que le permitían seguir trabajando con las manos… Fue entonces cuando, casi por azar, se reencontró con un antiguo compañero del colegio. Una conversación breve, aparentemente intrascendente, bastó para abrir una puerta. Él le contó que estaba estudiando moda. Moda. La palabra cayó con el peso de una revelación inesperada. De pronto, todo lo anterior cobró sentido: los retales de la infancia, las horas mirando coser a su madre, el placer de cortar, unir, construir…
Sin pensarlo demasiado (o quizá pensándolo por primera vez con absoluta claridad), se lanzó y estudió Moda en la Escuela de la Mujer de Barcelona. Allí encontró un lenguaje que unía técnica, artesanía y relato. No partía de cero: llevaba años acumulando gestos, texturas y destrezas. Solo necesitaba un lugar donde ordenarlas.
@valores_top 👰♀️💐 ¡Este DISEÑADOR catalán ha confeccionado más de MIL VESTIDOS para novias de varios países! Tras estudiar Moda en #Barcelona, compaginó durante años su pasión #creativa con trabajos más estables en el ámbito #sociosanitario. 🚑 ✈️ Después de mudarse a #Pamplona, en septiembre de 2025 adquirió el local donde trabajaba y lanzó su propia marca, Luismi Galianno, desde la que defiende una moda personalizada, accesible y centrada en acompañar a las novias en uno de los días más importantes de su vida. #NavCapital #DiseñoNupcial #Bodas #fyp #novias #moda ♬ Pale Blue Eyes – The Velvet Underground
EN BUSCA DE ESTABILIDAD
«Cuando finalicé mis estudios, entré a trabajar en una tienda de vestidos de novia y trajes de fiesta. Permanecí allí un año, y esa fue mi base de aprendizaje», detalla segundos antes de recalcar que, tras esta experiencia, trató de hacerse hueco en el sector. Pero no fue una tarea sencilla. Decidió entonces cursar un Grado Medio de Atención a Personas en Situación de Dependencia y formarse como auxiliar de geriatría. Aquello le ofrecía algo que hasta entonces había sido esquivo: estabilidad. Aunque la moda nunca desapareció del todo. Seguía latiendo, quizá en segundo plano, como un murmullo persistente. Compaginaba ambos mundos trabajando aquí y allá, cosiendo cuando podía, aceptando encargos y observando escaparates con la misma curiosidad de siempre.

Su madre, que arreglaba las cortinas de las vecinas, le transmitió la pasión por la costura.
Hace cuatro años optó por mudarse a Pamplona. «Tengo familia en Tafalla, y una amistad me animó a instalarme en Navarra. Decía que aquí las cosas funcionan de manera diferente, así que vine para probar suerte», relata.
Fichó por Matzu, cuyo local se ubicaba en el número 11 de la avenida Sancho El Fuerte. Y, el año pasado, le surgió la oportunidad de dar un salto decisivo: la posibilidad de adquirir el establecimiento, que apareció en un momento tan inesperado como revelador. Tras años de aprendizaje, de compaginar caminos y sostener equilibrios, decidió apostar por sí mismo. En septiembre transformó el local en el hogar de su propia firma: Luismi Galianno. Y así, Pamplona dejó de ser un lugar de paso para convertirse en el escenario donde, por fin, su historia y su oficio se encontraron bajo una misma marca.
EL PROCESO
Especializado en vestidos a medida, nuestro protagonista ha diseñado prendas para cientos de novias, incluso procedentes de países como Argentina o México: «Una mujer se casó en Nueva York y algún traje también ha viajado a Alemania. A lo largo de mi carrera, he arreglado más de 400 vestidos y confeccionado más de mil».
El primer paso consiste en realizar una pequeña entrevista personal con la clienta. «¿Te casarás de día o de noche? ¿Cuántos invitados habrá? ¿Tienes alguna idea? ¿Te gusta un estilo concreto? La aconsejo y después pasamos a hacer bocetos y a mirar tejidos. La composición, la caída, los botones, los adornos bordados… Todo tiene que estar medido al detalle», apunta.
También hay algo que Luismi quiere desmitificar: «Se suele pensar que un vestido a medida es necesariamente más caro, y no es así». Para él, el valor no reside en el lujo excesivo ni en lo inaccesible, sino en el trabajo honesto, en ajustar el presupuesto a la realidad de cada clienta y en crear una prenda pensada para ser recordada: «La mayoría de las veces, un vestido hecho desde cero cuesta menos que uno de firma al que luego hay que hacer mil arreglos. Lo bueno es que yo no tengo dos vestidos iguales».
El proceso es tan artesanal como exigente. Solo la confección puede llevarle unas quince horas de costura concentrada, aunque ha habido vestidos que le han acompañado durante semanas: «He llegado a invertir hasta sesenta horas en un solo diseño».

De media, Luismi Galiano tarda unas quince horas en confeccionar un vestido diseñado a medida.
A sus 44 años, tiene claro que su trabajo va mucho más allá de coser un vestido. Para él, lo verdaderamente importante es dar confianza y seguridad a la novia el día de su boda. Que se sienta tranquila, cuidada, sostenida. Por eso, si es necesario, se traslada hasta el lugar de la celebración para acompañarla en el momento de vestirse, ajustarlo todo por última vez y respirar con ella antes de salir: «Es un instante muy íntimo y me parece esencial estar ahí. Al final, este oficio no consiste solo en vestir cuerpos, sino en envolver momentos que quedarán para siempre en los recuerdos».













