
Marta González.
Navarra suele aparecer bien posicionada en los titulares cuando se habla de emprendimiento. Menos ruido que en otros territorios, menos fuegos artificiales, pero una virtud que se repite año tras año en los informes GEM y en los medios: las empresas que nacen aquí tienden a sobrevivir más.
La Comunidad foral es líder en compañías consolidadas (iniciativas emprendedoras de más de 3,5 años de vida) y presenta una menor tasa de cierre que la media nacional. Estos datos suelen conducir a una conclusión ampliamente compartida: el ecosistema emprendedor navarro es robusto y estable.
Todo esto es cierto, pero no es oro todo lo que reluce. Bajo estos buenos indicadores, se esconde una pregunta incómoda. ¿Por qué? Navarra no es una región de emprendimiento joven. Navarra envejece como sociedad y su perfil emprendedor es, mayoritariamente, sénior y prudente.
La edad media de las personas tras las empresas consolidadas supera los 52 años. Puede parecer lógico que los negocios con trayectoria estén liderados por perfiles con más experiencia, pero este envejecimiento no afecta exclusivamente al emprendimiento consolidado. Las iniciativas emprendedoras recientes también se ven afectadas por una edad tardía y están impulsadas, de forma sostenida en el tiempo, por personas que superan los 40 años de edad.
Emprender con mayor edad suele implicar más experiencia, redes profesionales más amplias, mejor conocimiento del sector y, en ocasiones, una base económica más estable. Todo ello reduce el riesgo, favorece decisiones más meditadas y explica por qué en Navarra sobreviven más empresas que en otros territorios. Aquí se emprende menos, sí, pero cuando se hace, se hace con seguridad. Es precisamente aquí donde la virtud del ecosistema navarro puede convertirse en una amenaza para su sostenibilidad futura.
El reto demográfico y el emprendimiento se cruzan de forma silenciosa, casi invisible. Los indicadores de supervivencia empresarial siguen siendo buenos, pero mantener esta tendencia en una sociedad navarra cada vez más envejecida pone en riesgo la continuidad de este ecosistema. Emprender tarde también tiene costes.
Uno de ellos es evidente: se pierden oportunidades de innovación. No porque las personas de más edad no innoven, sino porque los ecosistemas más dinámicos combinan experiencia y juventud, prudencia y frescura. Cuando el emprendimiento se retrasa sistemáticamente, disminuye el número de iniciativas emprendedoras. No es casual que Navarra tenga una de las tasas de emprendimiento más bajas de España.
Otro coste tiene que ver con el ciclo de vida de los negocios. Si una empresa nace cuando quien la funda tiene 45 o 50 años, el recorrido temporal de ese proyecto, incluso cuando es exitoso, es inevitablemente más corto. Y esto nos lleva a uno de los grandes elefantes en la habitación: el relevo generacional. Navarra ya tiene un tejido empresarial envejecido y, si no se rejuvenece la base emprendedora, este reto no hará más que crecer. De hecho, la jubilación es la responsable del cierre de casi el 20 % de las iniciativas empresariales navarras.
A pesar de este perfil maduro en el emprendimiento, me sorprende continuamente la cantidad de personas emprendedoras de mi entorno (especialmente mujeres de unos 40 años) que expresan una sensación recurrente: «Yo no soy la típica persona emprendedora», «emprendí tarde», «yo no encajo con la imagen que tenía del emprendimiento»… Lo paradójico es que, en Navarra, ese perfil no es la excepción, sino la norma.
Esta distancia entre realidad y percepción no es casual y merece una reflexión. ¿Por qué seguimos asociando el emprendimiento a un ideal joven, masculino, tecnológico y casi heroico, cuando la realidad es mucho más diversa? ¿Dónde está la pluralidad real del ecosistema navarro en términos de edad, género, sectores, trayectorias vitales u orígenes? Necesitamos más referentes y diversidad reales.
Visibilizar esta realidad no es un ejercicio de marketing, sino de estrategia a largo plazo para asegurar la sostenibilidad y robustez del ecosistema. Porque si quienes emprenden sienten que son una rara avis, difícilmente aumentará la tasa emprendedora y el interés por emprender de las nuevas generaciones. Si no estimulamos la renovación del emprendimiento, el ecosistema podría perder capacidad de adaptación, innovación y crecimiento.
Nada de esto invalida lo que Navarra hace bien. Al contrario. La prudencia, la formación, la estabilidad y la baja tasa de abandono son activos muy valiosos en un contexto económico cambiante como el actual. Pero la estabilidad no puede convertirse en estancamiento, ni la prudencia en una barrera invisible para el relevo y la renovación.
El reto no es abandonar el modelo navarro, sino complementarlo. Mantener la robustez sí, pero abrir más espacio al emprendimiento temprano, a la experimentación y al error asumible. Normalizar que se puede emprender a los 25, a los 40 o a los 55, sin jerarquías ni complejos. Y, sobre todo, construir un relato más honesto con la realidad emprendedora navarra.
Porque no basta con que las empresas sobrevivan. El ecosistema emprendedor necesita rejuvenecimiento, dinamismo, continuidad, sucesión y renovación para convertirse en parte de la solución al reto demográfico y sostener una economía de bienestar en el largo plazo.
Marta González
Mentora de negocios en Atenea Táctica y Estrategia












