En las colinas verdes de Deba, donde el Cantábrico acaricia la costa vasca y los caseríos salpican monte, hay una historia que se cose con hilo grueso y resistente, como los antiguos monos de trabajo que cuelgan aún en los cobertizos de los baserris. Allí, entre valles y olas, una joven diseñadora encontró en la ropa de trabajo su inspiración. Chaquetas azul añil gastadas por el esfuerzo diario cuentan silenciosas historias sobre la vida de quienes las vistieron, como su suegro, que fue minero, o su suegra, curtida en la industria. Para ella, esas prendas son más que retales, representan la memoria y la dignidad de los trabajadores. Por ello, su proyecto textil nace de esa fusión entre lo industrial y lo natural, y busca capturar, puntada a puntada, la esencia de un territorio y de su gente.
Ella es Isabel Pérez, una murciana de 27 años que vive en Pamplona desde hace una década, cuando comenzó a estudiar Comunicación Audiovisual en la Universidad de Navarra. Ahora, también colabora como docente en la entidad donde se formó.
Su pasión por la gimnasia rítmica, combinada con su vena artística, le llevó a diseñar los maillots de su equipo durante años, papel que desempeñó «con gusto e ilusión». Al mismo tiempo, cada vez que se cansaba de una de sus prendas, la tuneaba para darle una segunda oportunidad: «En mi familia siempre se nos ha dado muy bien pintar, por lo que aprovechaba y dibujaba en toda mi ropa». Precisamente, tras finalizar sus estudios comenzó a trabajar en el sector de la moda deportiva confeccionando prendas en un taller de la ciudad, paso que le ayudó a dar el salto de lo audiovisual al diseño.
A pesar de ser autodidacta, pronto se adaptó al sector. Eso sí, no disfrutó de todo lo que descubrió. «Conforme me iba adentrando en la industria textil, veía que incluso las marcas más pequeñas generaban una cantidad enorme de desperdicios. Siempre me han dicho que soy una ‘chatarrera’ porque voy recogiendo todo lo que encuentro. Pero donde una empresa ve un desperdicio, yo detecto una oportunidad. Al final, de lo que se trata no es de crear más, sino de utilizar lo que ya existe», detalla a Navarra Capital.
Isabel apostó decidida por el upcycling, que consiste en el aprovechamiento de productos, materiales de desecho o residuos para fabricar otros artículos nuevos con un valor añadido, ecológico y económico. En el mundo textil, dentro de esta práctica se encuentran el aprovechamiento de telas al completo para evitar excedentes, el patchwork (coser retales superpuestos formando una composición) o las transformaciones parciales o totales. Esta última es la que mejor describe la labor de la diseñadora, que se dedica a despiezar prendas enteras, generar nuevos patrones y elaborar artículos con la misma materia prima.

Aunque es autodidacta, ha realizado numerosos cursos de costura y formación con expertos en ‘upcycling’.
Una vez asentada en este campo, siguió formándose con la especialista en upcycling de calzado Bárbara León mediante cursos, asesorías personalizadas y colaboraciones codo a codo: «De ella aprendí a establecer unas pautas de trabajo y algunos entresijos del mundillo».
LA COLECCIÓN
Hace un año comenzó la ideación de Titare, su marca propia. «Bárbara me puso en contacto con la responsable de sostenibilidad de una empresa que aceptó donarnos sus excedentes de ropa de trabajo. Para mí es importante no utilizar ropa usada, pintada o de segunda mano, debido a que pretendo visibilizar que hay ropa nueva que se desecha sin ningún uso. Todavía es muy difícil conseguir que tanto pequeños locales como grandes fábricas quieran ceder sus restos, ya que sigue existiendo una especie de proteccionismo ante lo propio. Sin embargo, esta compañía lo ha visto como una oportunidad», atestigua.
De diciembre a marzo, perfeccionó los prototipos de una colección creada con chalecos reflectantes, camisas de trabajo blancas, americanas de trabajo y jerséis de punto reconvertidos en bolsos, riñoneras, gorros de invierno… No se trata de una colección fija, sino que las prendas se irán renovando: «Cuando un artículo se agote, saldrá a la luz otra cosa. Aunque esté confeccionada con el mismo material, lucirá distinta. Tampoco se regirá por la estacionalidad y será algo atemporal».
UN NUEVO LOCAL
Ahora, sus dos grandes objetivos son expandir el conocimiento de la marca y ofrecer formación a nivel local. Para ello, a finales de año prevé abrir un establecimiento en el paseo de los Enamorados de la Rotxapea. El nombre de Titare (‘dedal’ en euskera) es en honor a El Dedil, la mercería que antes ocupaba ese mismo lugar. «Me parecía bonito adaptar el nombre y, por qué no, hacer upcycling con él», dice entre risas.
Allí organizará talleres de confección enfocados a la sostenibilidad textil, cursos de tintes naturales con cebollas y rúcula… Además, explorará los biomateriales para crear nuevos tejidos. «Es un espacio para que las personas aprendan a transformar su armario y se conciencien sobre el desperdicio de la industria», sentencia.

La diseñadora llegó a Pamplona hace una década para estudiar Comunicación Audiovisual en la Universidad de Navarra.
En esa línea, confiesa que «le encantaría colaborar con empresas navarras que quieran donar sus excedentes», ya que necesita decenas de prendas iguales para poder crear sus artículos. «Apuesto por la cercanía. De modo que, cuanto menos viaje la ropa, menos emisiones generará y más sostenible será. Con el gran tejido empresarial que existe en la Comunidad foral, es una gran oportunidad tanto para las compañías como para Titare», defiende convencida.
Además de lanzar próximamente su página web, aspira a cooperar con otros artistas, artesanos y personas que estén interesadas en emprender: «Quiero poner en valor a la gente que diseña, boceta y cose. Al artesano que lleva a cabo todo ese proceso y lo llena de sentido, porque solo él sabe lo que cuesta hacer una prenda y el precio que merece».













