Creció observando cómo su padre se inclinaba sobre folios en blanco para dibujar bocetos con un rotulador. Con aquel simple gesto, daba forma a los sueños. En su casa, el futuro se trazaba a mano. Aquellos esbozos acabarían convirtiéndose en bolsas reconocibles para generaciones enteras de niños. «Nací en Pamplona, crecí en Tudela y me crie entre Aspitos y Jumpers. Con apenas ocho años cargaba camiones de ganchitos», rememora hoy Carlos Corral, aún fascinado por la visión empresarial que su progenitor tuvo al crear Aspil y transformarla en una reconocida firma, hoy propiedad del Grupo Apex.
De él también heredó una mirada. Creció entre decisiones y proyectos, en ese territorio donde la creatividad y la empresa dejan de ser mundos separados para convertirse en una misma realidad. Quizá por eso nunca tuvo que elegir entre una y otra: ambas le corrían por las venas. Estudió Diseño Industrial en Barcelona, empujado por esa fascinación temprana por crear, construir y dar forma a las ideas. El último curso lo llevó hasta la Universidad Politécnica de Milán. Parecía el siguiente paso natural para alguien que había crecido viendo cómo un rotulador sobre un folio podía terminar llegando a millones de hogares. Pero la vida, a veces, interrumpe los planes sin previo aviso. «De pronto, mi padre enfermó. Así que regresé a Navarra para echar una mano en casa», relata.
EL ATERRIZAJE EN LA HOSTELERÍA
Hay edades en las que uno cree que el futuro es un camino que se elige. Y luego están esos momentos en los que el futuro irrumpe sin pedir permiso y cambia la dirección de todo. Milán quedó atrás, y también aquella idea ordenada de cómo debía ser su vida. Fue entonces cuando sonó el teléfono. Al otro lado estaba un amigo de su padre, dueño de un restaurante en Tudela. Llamaba para ofrecerle trabajo, y nuestro protagonista dijo que sí. «Aquel fue mi primer contacto real con la hostelería. Empecé montando y desmontando mesas… ¡No sabía ni hacer una infusión!», recuerda entre risas.
Apenas habían transcurrido cuatro semanas desde su llegada cuando su jefe se marchó de vacaciones y le dejó al frente del restaurante durante un tiempo. El joven que había aterrizado sin saber preparar una infusión se encontró, de pronto, tomando decisiones y resolviendo problemas. Aquellos días bastaron para despertar algo en él: la certeza de que también quería levantar un proyecto propio. Y así empezó todo.
Levantó una cafetería en un polígono tudelano con un menú del día a 9 euros y, durante seis años, aquel negocio fue su escuela. Después llegó el turno de Casa Lola. «Ya tenía experiencia, así que decidí dar un paso más y crear un restaurante. Lo bauticé con ese nombre porque así se llama mi hija mayor. Luego nacieron Nahia y Lucas, que tienen un plato combinado en su honor, e Irati, que tiene una ensalada», apunta satisfecho.
Con catorce empleados y un comedor con capacidad para dar servicio a 55 comensales, Casa Lola se ha convertido en «el motor de todo». También es el origen de otro local que abrió sus puertas hace ocho años: La Despensa.
APOSTAR POR EL PRODUCTO
«La principal diferencia entre los dos establecimientos es que Casa Lola es un restaurante de precio medio alto, mientras que La Despensa es un bar de barra especializado en pintxos y raciones», aclara para acto seguido apostillar que suma cinco trabajadores.

La Despensa es un bar de barra especializado en ‘pintxos’ y raciones, y posee una carta de vinos con cerca de 500 referencias.
Aunque los conceptos sean distintos, ambos comparten una misma idea: el respeto por el producto. Una convicción que Carlos defiende sin estridencias, quizá porque lleva demasiados años en el oficio como para confundir la complejidad con la calidad. En La Despensa, esa filosofía también se extiende al vino. De hecho, su carta reúne cerca de 500 referencias.
La variedad en su oferta hizo que el establecimiento fuera reconocido recientemente en la categoría ‘Mejor Barra’ de los XVIII Premios Anuales de la Academia Navarra de Gastronomía. Un hito que ilusiona especialmente a nuestro protagonista: «Este tipo de noticias te dan una satisfacción personal incalculable, y eso luego se ve reflejado en la economía del local».
Después de tantos años al frente de sus negocios, lo cierto es que sigue mirando los espacios con los ojos de aquel niño que observaba a su padre diseñar bocetos sobre un folio. Ese «gusto» nunca ha desaparecido, simplemente ha cambiado de escenario. Porque el impulso es el mismo: imaginar cómo se sentirá alguien al otro lado. Antes eran bolsas de ganchitos, hoy son restaurantes. Ya no piensa únicamente en formas, sino en atmósferas. En la luz sobre una mesa, el ruido exacto de un comedor lleno o en esa sensación difícil de nombrar que convierte un sitio cualquiera en un lugar al que apetece regresar. Al final, diseñar no se trata de una mera cuestión estética. También consiste en construir experiencias capaces de permanecer en la memoria.













