En Miranda de Arga la conocen como Lorea «la de las tartas». El apodo tiene algo de oficio heredado y algo de destino cumplido. Todavía conserva una fotografía junto a su madre. Sale subida en una banqueta, demasiado pequeña para alcanzar la encimera, mezclando ingredientes con la seriedad de quien aún no sabe que está construyendo un recuerdo. Quizá ahí comenzó todo: en el tiempo compartido alrededor de una receta.
Desde hace apenas unos días, su «dulce sueño» ya tiene una dirección concreta y las puertas recién abiertas. Las paredes, teñidas de un rosa pastel (nunca mejor dicho), envuelven el local con una calidez suave, casi doméstica, e invitan a bajar el ritmo antes incluso de mirar el mostrador. Sobre las vitrinas descansan bizcochos, brownies, pasteles y tartas de todas las formas y colores. «Me apellido Enciso, pero quiero tanto a mi pueblo que me llamo como él: Dulces Lorea Miranda. Me enorgullece mucho haber abierto mi propio obrador aquí», relata risueña a Navarra Capital.
FORMACIÓN Y EXPERIENCIA
Después de estudiar el Máster de Gastronomía en la Escuela de Hostelería Aiala, fundada por Karlos Arguiñano, trabajó en los restaurantes donostiarras Kokotxa y Mendizabal, así como en el Gastrobar El Redín de Pamplona. En aquellas cocinas aprendió técnica y disciplina y, después de unos años fuera, quiso regresar a su pueblo. «Tengo incluso una foto con Arguiñano, estoy muy orgullosa de ello», agrega.

El obrador de nuestra protagonista se ubica en el número 50 de la calle Portal del Monte.
Lorea volvió a Miranda de Arga con una pregunta que acompaña a cualquiera que decide emprender en una zona rural: «¿Merece la pena intentarlo aquí?». «Pues claro que sí. Aunque da un poco de vértigo, la respuesta es sí, merece mucho la pena. Los vecinos han respondido muy bien y me están apoyando. Quien no arriesga no gana», apunta segundos antes de recalcar que las redes sociales también aportan un impulso grande y, precisamente por eso, publica sus creaciones culinarias en Instagram.
Siempre que puede, intenta trabajar con productos de proximidad y apoyarse en productores de la zona. Una decisión que responde tanto a la calidad como a una forma concreta de entender el oficio: «Si aquí tenemos materias primas buenas, ¿por qué no utilizarlas?».
A sus 27 años, nuestra protagonista contagia su ilusión a todo aquel que entra en su local. Emocionada en esta nueva etapa de su vida, desvela que el obrador conserva un regalo muy especial: un cuchillo forjado a mano por su vecino Víctor Elizalde. «Esta fue de las primeras piezas que hizo. Desde entonces, ya habrá hecho más de doscientos…», apostilla.

La repostera navarra ha trabajado en restaurantes como el Kokotxa, el Mendizabal o el Gastrobar El Redín.
Habla de Miranda de Arga con el cariño de quien no solo ha decidido quedarse, sino construir aquí, en este preciso rincón del mapa navarro. Y eso, en tiempos donde muchas personas jóvenes sienten que deben marcharse a las grandes ciudades para encontrar oportunidades, derrocha esperanza. Su historia no es únicamente la de una pastelera que abre un negocio. También es la de alguien que salió para aprender y volvió para apostar. Por un pueblo, una forma de trabajar y aquella idea que repetía de niña, cuando soñaba con tener una fábrica de tartas.
Lo cierto es que el mimo es un gesto continuo en su obrador. Reside en el tiempo que dedica a cada elaboración, en cómo prueba una crema dos veces antes de darla por buena y en la paciencia con la que repite procesos hasta que salen como ella los imagina. «El mayor secreto es hacer las cosas con cariño. Y de eso tengo mucho», concluye con un suspiro.













