Bajan la cabeza con sosiego y mordisquean el pasto serenos. Desde las alturas, el sol dora sus crines, y sus mechones parecen hilos de cobre. Con cada pisada, infinitos tallos de menta poleo, dispersos entre la hierba, liberan su aroma como si la tierra deseara perfumar el silencio. Despacito, Yolanda Moreno se aproxima a sus caballos. Ellos la rodean sin miedo. Uno la roza con el hocico en busca de caricias, otro sacude la cabeza para huir de las moscas… Ella no da órdenes. Solo observa y espera. Actúa con la placidez de quien comprende que cuidar no es imponer, sino acompañar.
Son veintitrés y galopan en distintas manadas a lo largo y ancho de once hectáreas. Muchos de ellos participaron en competiciones deportivas hace tiempo y llegaron a Yolanda con la esperanza de recuperarse de alguna que otra lesión, descansar y gozar de libertad. «A ‘Eclipse’ lo retiraron y dejó de competir. Cuando llegó aquí, estaba cojo. Ahora míralo, está completamente sano», expresa alargando la mirada para localizarlo.
De pronto, a su espalda, un resoplido suave le hace sonreír. Ella no se gira de inmediato. Sabe perfectamente quién es. «‘Naranjo’, ¿vienes a saludarme? ¿Qué tal estás hoy?», pregunta mientras acaricia su crin. Sus ojos, grandes y tranquilos, parecen hechos de barro tibio. «Este fue el primero de todos», suspira con cierta nostalgia.
EXPERIENCIAS EN EL EXTRANJERO
Todo comenzó cuando nuestra protagonista apenas tenía veinticinco años y montaba en una hípica «tradicional». Aquellas clases de equitación y paseos pronto empezaron a «saberle a poco». «Quería tener la oportunidad de forjar otro tipo de relación con los caballos. Un trato más cercano, pasar más tiempo con ellos… Echaba en falta eso», relata. Entonces, se formó en etología equina.
Dejó atrás su Pamplona natal para volar a Reino Unido, donde trabajó mano a mano con una mujer que poseía varios caballos. Después de aquella experiencia en el extranjero, se marchó a Estados Unidos para trabajar en distintos ranchos: «Allí aprendí muchas cosas que hay que hacer y otras que no. Durante ese tiempo cultivé la filosofía que ahora aplico para manejar a los animales. Tienen que ser libres, estar contentos y vivir en un espacio que les permita disfrutar».

En un terreno de once hectáreas, Yolanda organiza todo tipo de actividades y talleres de ‘team building’.
Regresó a España con la certeza de que, en un futuro no muy lejano, crearía un proyecto en el que los caballos pudieran ser simplemente eso: caballos. Sin exigencias. Sin vitrinas. Un lugar abierto, sin más pretensión que ofrecerles descanso, un terreno donde cabalgar y la posibilidad de envejecer tranquilos.
DE LOS RECREATIVOS A LOS CABALLOS
Después de estudiar Dirección y Administración de Empresas en la Universidad Pública de Navarra (UPNA) y trabajar durante doce años en una empresa madrileña especializada en juegos recreativos a su regreso a España, decidió dar el paso y fundar Caballos del Bosque hace más de una década. Heredó un terreno y, junto a este, adquirió un caserío en Igoa. Poco a poco, la familia fue agrandándose. «Primero llegó ‘Naranjo’, luego ‘Chocolate’, ‘Pocholo’, ‘Zalamera’… Con mi marido, José, empecé a explorar otras maneras de conectar con ellos. Al principio, ofrecía rutas a caballo. Pero quería que la gente hablase con los animales y los entendiese. Así que poco a poco fui dando forma al proyecto y creé diversos talleres basados en las emociones».
Familias, amigos, niños, grupos escolares… Lo cierto es que Yolanda realiza actividades para todo tipo de públicos. Recientemente, recibió la visita de dos personas que padecían ceguera. Así que propuso utilizar los sentidos para escuchar cómo respira el animal, cómo mastica, cómo se mueve su cola… «No hacemos terapia como tal con las personas, pero esto es una actividad terapéutica en sí misma», sostiene.
«Los caballos están acostumbrados a trabajar en equipo y se puede aprender mucho de ellos»
En los últimos meses, muchas chicas jóvenes acuden a Igoa acompañadas de sus amigas en busca de «un plan diferente». Otras se decantan por organizar allí despedidas de soltera. «Vienen todo tipo de perfiles. También ofrecemos actividades corporativas, donde recalcamos la importancia del team building, por ejemplo. Comienzo explicando el comportamiento de los caballos y aportando datos científicos, luego pasamos a peinarles, estar con ellos… Estos animales están acostumbrados a trabajar en equipo y se puede aprender mucho de ellos», recalca segundos antes de nombrar algunas de las organizaciones que han participado en estos talleres, como la navarra Quesos Albéniz o la Autoridad Portuaria de Bilbao.
El bosque de hayedos que rodea el entorno parece custodiar el lugar, como si conociera su propósito y lo protegiera en silencio. Altos, esbeltos y antiguos, los troncos se alzan como columnas de un templo vegetal, y sus copas densas filtran la luz del día en haces suaves. En otoño, las hojas se vuelven oro viejo y alfombran los senderos; en primavera, una bruma verde clara lo cubre todo. Desde este rinconcito, al que Yolanda describe como «privilegiado» y «mágico», la esperanza cabalga entre relinchos cargados de honestidad.













