Manolo Hernández enseña con orgullo y los ojos vidriosos sus viñedos de Bargota, localidad anclada en las faldas de la imponente sierra de Codés, que su familia cuida con mimo desde hace más de un siglo. «Para mí, esto lo es todo», confiesa Manolo, tercera generación de esta saga de viticultores.
Hasta ahora, las uvas que se cultivan en estas 58 hectáreas de viñedos centenarios se vendían a bodegas. Pero, a partir de la temporada que viene, transformará la mejor selección en vinos de la Denominación de Origen Calificada Rioja. Manolo, consciente de que está cerca de cumplir un sueño, rompe a llorar. «No tengo palabras», balbucea cuando se le pregunta cómo se siente. El recuerdo de su abuelo Manolo Arrieta; las enseñanzas de su padre, Antonio Hernández; las jornadas maratonianas en el campo para que el legado familiar siguiera vivo…
En esta aventura le acompañará su mujer, Cristina Remírez, actual alcaldesa del pueblo. Y, precisamente, la combinación de los apellidos de ambos (Hernández y Remírez) pondrá nombre a su nuevo proyecto: Bodega HERRE. «Cada botella que salga de nuestra casa llevará mucho más que uva. Contendrá la memoria histórica de nuestro legado vitivinícola, los recuerdos de una infancia entre tractores, el aroma de las chuletillas al sarmiento asadas en plena vendimia, la sombra de los nogales donde descansaban los jornaleros…», describen.
LA INFANCIA
De pequeño, Manolo acompañaba a su padre a los viñedos, se subía con él al tractor y descubría de forma lúdica los entresijos y secretos de la viticultura: injertos, podas, reconocimientos de enfermedades y plagas, cuidados de la vid, la vendimia… «Me enganchó desde el principio», recuerda. De adolescente, ya se encargaba de todas las labores y, cuando su padre se jubiló, terminó de coger el testigo. «Nunca sentí el deseo de vivir en una ciudad ni de acudir a la universidad. Me encanta trabajar en el campo, me fascina estar en la naturaleza y los viñedos me aportan libertad», confiesa.
Hace más de quince años, conoció a Cristina, que procedía de otro mundo totalmente distinto: urbanita, ingeniera industrial y empleada en un centro tecnológico. «Cuando empecé a salir con él, me chocaban muchas cosas. Por ejemplo, a veces me decía que se iba al campo a atar la viña. Me la imaginaba con patas y que se podía escapar. No entendía nada», rememora entre risas. Sin embargo, le picó la curiosidad por el sector, y la vida rural finalmente la cautivó tanto que se mudó a Bargota para echar una mano a su marido. «Pedí una excedencia y me encargué de la parte administrativa porque la burocracia le desbordaba», resalta.

La bodega impulsada por la pareja empezará a comercializar sus primeros vinos el año que viene.
Desde entonces, se ha formado en cursos de enología y viticultura, ha adquirido más responsabilidades y ha convencido a Manolo para que se anime a fundar la bodega. «Me parece que lo natural, en una explotación agrícola, es transformar la uva y vender directamente el vino porque así se valora más tu producto», reflexiona.
Hasta ahora, su marido no se había atrevido a dar el paso debido a la gran competencia nacional e internacional, la responsabilidad y el aumento de carga de trabajo: «Vender las uvas a las bodegas es mucho más fácil porque cierras la campaña y te olvidas hasta el año siguiente. Elaborar vino es un compromiso, da mucho respeto y te complicas la vida. Estamos nerviosos, pero confiamos en nuestro bueno hacer».
6.000 LITROS ANUALES
La pareja ha fundado su proyecto en un momento complejo para el sector: falta de relevo generacional, descenso progresivo del consumo de vino, los aranceles de Estados Unidos, un exceso de oferta… En este sentido, la temporada de la vendimia 2025 de la DO Navarra finalizó con un mínimo histórico de producción. «Vamos a contracorriente, pero desde Bargota intentaremos revolucionar el mundo del vino», comentan esperanzados.
Aun así, han dado el salto porque los pequeños vinicultores locales, según defienden, gozan de una oportunidad que ha emergido estos últimos años: el cambio de mentalidad de los consumidores, que cada vez valoran más la calidad frente a la cantidad. «El consumo ha caído, pero a las personas que les gusta beber vino desean probar elaboraciones auténticas, específicas y de autor. Ahora se apuesta más por caldos procedentes de pequeñas bodegas en vez de la producción a gran escala o industrial», argumentan.
Bodega HERRE elaborará sus vinos de forma «manual» en el edificio contiguo a su vivienda, que en el pasado fue un corral y que ahora están remodelando. «Podemos hacerlo así porque produciremos a pequeña escala», especifica. En concreto, entre esas paredes de piedra elaborarán 6.000 litros anuales como máximo y, para ello, seleccionarán las variedades que mejores resultados proporcionen cada temporada: garnachas, tempranillo, mazuelo, graciano, verdejo o viura. «Podemos elegir, así que nos adaptaremos a la que mejor funcione», avanzan. Las botellas podrán comprarse en la bodega, su página web y otras plataformas online, aunque su aspiración futura también pasa por realizar catas y organizar visitas guiadas a sus viñedos.
Además, otro de sus puntos fuertes es la tradición vinícola de Bargota, «un territorio con historia». Y es que, pese a no alcanzar los 300 habitantes, el pueblo siempre ha estado vinculada al vino. Es más, las primeras bodegas datan del siglo XV y en la localidad aún se conserva medio centenar de antiguas bodegas subterráneas, ubicadas en sótanos de viviendas, de bóveda de medio cañón y con piedra de sillería. «Nuestro pasado ha estado muy arraigado al vino. Se elaboró durante más de 400 años, pero se dejó de hacer porque era más rentable vender únicamente la uva», indican.

En sus viñedos crecen distintas variedades de uva: garnachas, tempranillo, mazuelo, graciano, verdejo y viura.
En la actualidad, el municipio cuenta con 450 hectáreas de viñedo y, hasta la fundación de HERRE, solo resistía una bodega. «Queremos recuperar la importancia histórica que tuvo y que la elaboración del vino no caiga en el olvido», insisten. Por eso, además de lanzar la bodega, en los últimos años la pareja gestiona «a renta» los terrenos de ocho viticultores (suman quince hectáreas) que se jubilaron sin relevo o dejaron de trabajar la tierra debido a la crisis del campo: «Nos estamos esforzando para que no desaparezcan los viñedos porque es fundamental que en el mundo rural haya actividad económica».













