La noche se teñía de rojo y los petardos retumbaban en el cielo cuando la familia Macpherson-Lamberto se quedó varada entre dos países. Era el Año Nuevo chino y la frontera entre Camboya y Vietnam se parecía más a una verbena que a una línea divisoria: farolillos bailando al son del viento en las calles, altavoces que emitían música a todo volumen, fuegos artificiales que estallaban sobre estrellas escondidas entre la pólvora… En medio de la fiesta, cinco personas cargadas con mochilas miraban a su alrededor desconcertados.
Un error en una visa les impidió cruzar al lado vietnamita y, con la medianoche encima, tuvieron que improvisar y alojarse en un «cuchitril» cualquiera. «En ese momento fue angustioso, pero ahora nos reímos», recuerda con una sonrisa María Lamberto, pamplonesa de 51 años. De hecho, lo que entonces fue un problema hoy se ha convertido en una de las anécdotas más recordadas de la vuelta al mundo que su familia inició en enero.
Pero esta historia se remonta tres décadas atrás, cuando la navarra llegó a Nueva Zelanda con poco más de veinte años y el alma con anhelo de aventuras: «Siempre me ha encantado viajar. De niña hacía patinaje de velocidad y desplazarme junto a mi equipo era una de mis cosas favoritas. Es más, con veintidós años acepté la propuesta de la Federación Nacional de Sudáfrica para entrenar a su equipo durante un par de meses y ya nunca volví a casa».
Fue precisamente viajando por el país neozelandés cuando conoció a Craig Macpherson, un profesor del que se enamoró y con el que recorrió la mayor parte de Asia, para después asentarse en Auckland y formar su familia: Oskia, de quince años; Amaia, de trece; y Aitor, de once. A pesar de haber residido toda su vida en Oceanía, los tres cuentan con doble nacionalidad y una conexión muy fuerte con España. «Volvemos cada dos por tres para que también conozcan parte de su origen», recalca su madre.

La familia Macpherson-Lamberto el pasado febrero en Da Nang, Vietnam.
Pero ese impulso nómada juvenil, apagado temporalmente por las dificultades de compaginar el ocio con la crianza de sus hijos, resurgió tras la jubilación de su marido. María pidió una excedencia como directora del Departamento de Idiomas en el instituto King’s College y sus hijos se tomaron un año sabático del colegio: «Nueva Zelanda está lejos de todo, por lo que, una vez que sales, hay que aprovecharlo».
MÁS DE 20 PAÍSES
Dicho y hecho. La familia hizo las maletas el pasado enero con tres objetivos claros: crear una experiencia que uniera más a la familia, enseñar a sus hijos que se necesita muy poco para ser feliz y que estos aprendieran que las cosas se pueden hacer de muchas maneras diferentes, todas ellas igual de válidas.
Desde entonces ya han explorado Singapur, Tailandia, Camboya, Vietnam, Laos, Corea, Japón, Turquía, Hungría, República Checa, Polonia, Albania, España (donde hicieron un parón de tres meses para visitar a la familia), Colombia y Perú, país en el que se encuentran actualmente. El próximo destino será Bolivia, seguido de Costa Rica, Panamá y Estados Unidos. Así, la familia celebrará la Nochebuena de vuelta en casa.
Sin embargo, este viaje no está siendo solo turismo. Tres días por semana, los niños dedican hora y media a estudiar matemáticas. Lo demás, lo enseña el mundo: museos de ciencia, historia y arte, visitas guiadas y diarios de viaje que cada uno escribe a modo de memorias para el futuro. Tanto María como Craig insisten en que el aprendizaje está siendo mayor que cualquier aula: «Las matemáticas se cuidan para que no pierdan nivel, pero el resto lo da la experiencia, los libros que cargan en la mochila y las conversaciones en cada destino».

La familia se encuentra actualmente en Perú, donde visitaron Machu Picchu antes de marcharse a Bolivia.
Tras tantos meses en la carretera, Oskia no se cansa de maravillarse con «cómo vive la gente y cómo es la cultura de cada sitio», y Laos se ha convertido ya en uno de sus favoritos. Amaia quedó fascinada con Japón, sus templos, el orden y la comida y su padre destaca cómo cada uno de los cinco ha salido de su zona de confort y cómo eso les ha unido como familia. Además, las rutas durante días en autobús se han convertido casi en ritual: «En cada viaje conoces a gente interesante, diferente o con historias memorables». Pero para María, visitar Machu Picchu ha sido un sueño cumplido que ansiaba desde niña. Tampoco olvidará nunca volar gracias a The Gibbon Experience, en la frontera entre Laos y Tailandia, con veinticinco tirolinas y una cabaña suspendida a 40 metros del suelo.
«Todos lo estamos disfrutando mucho, pero también echan de menos a sus amigos o poder hablar con gente de su edad. No nos encontramos con muchas familias por el camino, pero cuando ocurre, es un soplo de aire fresco para ellos», apunta la navarra. A pesar de ello, María tiene claro que están viviendo una experiencia inolvidable y recomienda a otras familias a lanzarse a ello: «Esto es algo que debería hacer todo el mundo. Entendemos que no todos pueden permitirse un año sabático, pero muchas veces es necesario echarse a la aventura. Con lo que te ahorras en los gastos de casa (electricidad, teléfono, internet, coche, gasolina), puedes financiarte el viaje. Aunque parezca mentira, muchísima gente sí podría permitírselo, pero les da vértigo. No es una experiencia para todo el mundo, pero vivir con una mochila te enseña muchas cosas».













