¿Qué navarro/a no tiene grabado en su memoria aquellos días en las Colonias de Hondarribia? Esta iniciativa de Fundación Caja Navarra no se trata de un simple campamento, ya que miles de niños y niñas descubrieron el mar gracias a este proyecto, vivieron con excitación los primeros días lejos de casa y disfrutaron de una forma de ocio que hoy parece cotidiana, pero que entonces era excepcional. Padres, madres y abuelos recuerdan todavía aquellos días de convivencia, juegos y excursiones que marcaron sus primeros veranos lejos del hogar.
Con el paso del tiempo, esta actividad se convirtió en una tradición profundamente arraigada hasta llegar al punto de que casi todos los niños y niñas de la Comunidad foral han pasado, en algún momento de su vida, por aquellas idílicas instalaciones diseñadas por Víctor Eusa. Las Colonias de Hondarribia, en definitiva, se convirtieron en algo más que un programa educativo: son un recuerdo de la niñez compartido por toda una comunidad.

Niños, niñas y sus respectivas familias antes de partir en autobús desde Pamplona a las Colonias de Hondarribia.
Esta iniciativa ha cumplido 90 años de vida y, para celebrarlo, desde Fundación Caja Navarra están desarrollando una línea del tiempo digital con testimonios, fotografías, archivos, música, hemerotecas, objetos representativos… «Las colonias de Hondarribia son uno de los emblemas de Navarra, un recuerdo de la niñez compartido. Por eso, considerábamos necesario realizar un trabajo de documentación y difusión de este patrimonio inmaterial para que estas vivencias queden inmortalizadas para siempre», explica Maite Roncal, coordinadora general de las Colonias de Hondarribia.
LOS ORÍGENES
La historia de esta tradición comenzó en julio de 1935, cuando se inauguró la colonia Blanca de Navarra en Hondarribia. El centro permanecía abierto entre junio y octubre y nacía con una vocación clara: ofrecer a niños de familias con menos recursos la posibilidad de disfrutar de unas vacaciones saludables y educativas. En sus primeros años acudían entre cuatro y cinco tandas de aproximadamente cien niños cada una. Con el paso de las décadas, la actividad fue creciendo hasta alcanzar cifras de entre 1.000 y 1.500 participantes, convirtiéndose durante muchos años en la acción benéfico-social de mayor proyección externa de Fundación Caja Navarra.

Decenas de niños y niñas corren al agua para disfrutar de un chapuzón.
Aquella iniciativa respondía a una concepción pedagógica muy avanzada para su tiempo, que entendía la salud, la educación y el ocio como elementos inseparables del desarrollo infantil. Las jornadas combinaban actividades al aire libre, deportes atléticos, natación, gimnasia y excursiones por el entorno y el proyecto fue evolucionado al mismo ritmo que la sociedad. Lo que en sus orígenes respondía a un enfoque ligado al movimiento higienista y a la atención asistencial de la infancia fue incorporando progresivamente nuevas dimensiones educativas y sociales.
En la actualidad, la iniciativa se concibe como un espacio de educación en el tiempo libre en el que, a través de dinámicas y actividades experienciales, se fomentan valores como el respeto, la convivencia, la solidaridad, la igualdad o la inclusión social. Además, en los últimos años, Fundación Caja Navarra «ha reforzado el carácter inclusivo de la iniciativa, poniendo el foco en personas y colectivos en situación de vulnerabilidad para garantizar que todos los niños y niñas puedan vivir esta experiencia», destaca Roncal.
LÍNEA DEL TIEMPO DIGITAL
El eje central del 90º aniversario es la creación de una línea del tiempo digital que no solo recopila documentos históricos, sino también las historias personales que han dado sentido al proyecto durante nueve décadas. En concreto, la iniciativa pretende recuperar «un auténtico patrimonio emocional» construido a partir de miles de vivencias individuales «porque cada persona que pasó por Hondarribia guarda una historia distinta», resalta.

Seis niños y niñas aprenden a surfear en la tabla antes de adentrarse al mar.
Para reconstruir esa memoria colectiva se han recogido testimonios de personas vinculadas a las colonias en distintas épocas. Entre ellas se encuentra la cocinera más veterana del centro, Esther, 90 años, que recuerda algunas comidas como el inolvidable bocadillo de chocolate o el lomo con mostaza. También se han entrevistado a antiguos trabajadores como el conserje que vivía allí con toda su familia. «Se encargaban de múltiples tareas, desde vigilar las instalaciones hasta hacer el pan o lavar las sábanas. Tenían incluso un huerto cuyos productos se utilizaban en la cocina de la colonia», señala.
Los responsables del proyecto también han acudido a residencias para recoger recuerdos de quienes participaron en las colonias cuando eran niños. Algunos conservan aún pequeños objetos de aquella época como una cajita repleta de conchas. A estos testimonios se suman los de monitores actuales y los propios niños y niñas que hoy siguen viviendo la experiencia. La intención es mostrar cómo, a pesar del paso del tiempo, la huella emocional de Hondarribia continúa transmitiendo de generación en generación.

Una cuadrilla de niños y niñas posan sonrientes en la entrada de las Colonias de Hondarribia.
OBJETOS QUE REMEMORAN EL PASADO
La línea del tiempo también rescata objetos y símbolos que evocan la vida cotidiana en las colonias y transportan a los veranos de la infancia. Entre ellos destacan las tradicionales chancletas o los antiguos uniformes que todos los participantes vestían en los inicios. También se han documentado espacios y elementos arquitectónicos que permanecen desde 1935: los armarios originales, las baldosas de estilo vintage o los suelos que aún conservan el aire de aquella época. Por último, se recogen símbolos que forman parte de la identidad del lugar como el ancla, el timón o una brújula.













