
Iñaki Ecay.
El 27 de junio es el Día de las Microempresas y las Pequeñas y Medianas Empresas. Y en Navarra es un día que nos toca a todos: desde la tienda de la esquina al taller que levanta la persiana a las seis. Pero también a la empresa familiar que exporta a medio mundo desde un polígono de la Ribera o de la Comarca de Pamplona. Porque el 99,8 % de las empresas navarras son pymes y el 86,6 % son familiares. Casi 39.000 proyectos, casi todos pequeños y casi todos con apellido.
Es un día para celebrar, pero también para poner sobre la mesa las dificultades, que no son pocas. Empezando por los costes laborales, que registran su mayor subida desde 2009. El exceso de normativa también es una realidad: entran en vigor casi cuatro normas nuevas cada día y la morosidad sigue.
Son desafíos que afectan a todas las empresas, pero no golpean con la misma fuerza a quien tiene una estructura detrás que a quien sostiene un negocio con sus propias manos.
Y es precisamente en la base de nuestro tejido empresarial donde estos problemas se sienten con mayor intensidad. Las microempresas navarras, mayoritariamente vinculadas al comercio y los servicios de proximidad, afrontan una auténtica tormenta perfecta.
El primer frente es el relevo generacional. En los próximos cinco años, 7.951 autónomos navarros alcanzarán la edad de jubilación y cerca de 8.000 negocios corren el riesgo de desaparecer por falta de quien coja el testigo. No hablamos solo de empresas, también hablamos de conocimiento, empleo, vida en nuestros barrios y actividad en nuestros pueblos.
A esta amenaza se suma otra igual de preocupante: la fragilidad financiera. Son negocios que apenas cuentan con margen para absorber imprevistos, de modo que un único impago o una factura cobrada a ochenta días puede desbaratar el trabajo de un año. Y, cuando necesitan oxígeno, el crédito no siempre llega.
Relevo, liquidez y financiación son tres desafíos que, cuando coinciden, generan una situación difícil de revertir y ayudan a explicar por qué, cuando una persiana baja, demasiadas veces ya no vuelve a levantarse.
Pero, a pesar de ese terreno cuesta arriba, nuestras empresas familiares siguen apostando por quedarse. En un mundo cada vez más global, donde sería más cómodo gestionar desde la distancia o vender al mejor postor, eligen competir desde lo local, con propósito y con la mirada puesta en la próxima generación.
Esa decisión tiene consecuencias que van mucho más allá de la cuenta de resultados. Mantener los centros de decisión en Navarra significa que las decisiones que afectan a miles de empleos se toman aquí, cerca, por personas que viven en el mismo territorio que sus trabajadores. Significa empleo que no se deslocaliza, beneficios que retornan a la comunidad, conocimiento que se queda y un compromiso con la tierra que ninguna multinacional puede igualar. La empresa familiar no gestiona desde fuera.
Por eso velar por ellas, cuidarlas y defenderlas es proteger una manera de entender la economía que pone a las personas en el centro. Las empresas familiares permiten vidas más sostenibles, más equilibradas y con más bienestar: trabajos estables que no obligan a hacer las maletas, arraigo, tiempo para los suyos, pueblos y barrios que siguen vivos porque hay actividad que los sujeta.
Cuidar este tejido es una tarea compartida y, para ello, necesita una fiscalidad que facilite el relevo, financiación que llegue al que es viable y herramientas que conecten a quien se jubila con quien quiere tomar el testigo. Y merece, sobre todo, que reconozcamos su valor antes de echarlo de menos.
El Día de las Microempresas y las Pequeñas y Medianas Empresas no debería quedarse en una efeméride. Es un recordatorio de que, detrás de cada una de esas casi 39.000 empresas, hay personas que han elegido quedarse, crear y permanecer. Porque, cuando una empresa familiar permanece en Navarra, no solo gana la empresa. Gana Navarra.
Iñaki Ecay
Presidente de ADEFAN












