miércoles, 21 octubre 2020

Las mujeres sufren el doble de bajas por trastornos mentales menores

La presión emocional propia de ciertos sectores "altamente feminizados", como el sanitario o el educativo; una mayor carga en las labores del hogar; menos prejuicios a la hora de pedir ayuda en estos casos… Estas son algunas de las causas que explican dicha tendencia, que se da a nivel foral, nacional e internacional. Así lo evidencian los datos facilitados por el Instituto de Salud Pública y Laboral de Navarra (ISPLN) a este medio y diversos estudios de universidades y de la OIT. La psicóloga María José Lasa, del ISPLN, profundiza en las raíces del problema y en los efectos del confinamiento sobre la población.

Cristina Mogna
Pamplona - 7 octubre, 2020

Entre marzo y junio, la incidencia media de bajas en mujeres por este motivo fue de 0,23 casos por cada cien habitantes. (Foto: cedida)

El confinamiento pasó factura a la salud mental de los navarros, sobre todo a aquellos que continuaron trabajando, tanto de forma presencial como telemática, después de que se decretara el estado de alarma. Primero fue Manuel Mozota, médico de familia y presidente de la Sociedad Española de Médicos Generales y de Familia (SEMG) en Navarra, quien señaló a este medio que “todas las patologías psiquiátricas” se habían visto “exacerbadas” durante esos meses. Pero, hasta ahora, desde la Administración autonómica no se había realizado una valoración profunda al respecto.

Sin embargo, María José Lasa, psicóloga del Instituto de Salud Pública y Laboral de Navarra (ISPLN), constata que el daño psíquico originado en ese período es “evidente”. Apoya su afirmación en un estudio realizado por el Observatorio de Salud Comunitaria de Navarra, adscrito al ISPLN. Las entrevistas realizadas en abril para esta investigación confirman que el nivel de estrés de las personas ocupadas de entre 30 a 65 años se incrementó significativamente en esos meses.

Un 4,5 % de los trabajadores entrevistados por el ISPLN decía sufrir “mucho” estrés antes del coronavirus. La cifra subió hasta el 11,6 % durante el encierro.

Dentro de este rango, un 4,5 % de los 595 entrevistados estuvo expuesto a “mucho” estrés antes de la irrupción del coronavirus. La cifra, sin embargo, aumentó en siete puntos al comenzar la cuarentena, situándose en un 11,6 %.

Esta subida se reprodujo de forma casi idéntica entre los que aseguraron sentir un estrés “moderado”. Si el 25,5 % se encontraba en esta categoría antes del encierro, el porcentaje se elevó hasta el 32,3 % en abril. Por otra parte, el número de ocupados “sin estrés o casi sin ningún estrés” descendió en 7,7 puntos, pasando del 30,4 al 22,7 %.

“Desde marzo a junio, la población permaneció expuesta a un confinamiento ligado a la pérdida de hábitos y rutinas, a restricciones sociales, al contagio del virus y a la vivencia de familiares y amistades contagiados, hospitalizados o incluso fallecidos”, sin la posibilidad de hacer o de oficiar un funeral, destaca la especialista.

Esta última circunstancia puede generar sentimientos de culpa y procesos de duelo no resueltos a nivel emocional”. Para los trabajadores las dificultades fueron añadidas, porque algunos de ellos fueron víctimas “de rechazo social o estigmatización por acudir a su puesto de trabajo y exponerse al contagio”. Asimismo, la población ocupada “tuvo que hacer frente a cambios sociolaborales generadores de incertidumbre sobre el futuro próximo, como la reducción de la actividad económica y de los servicios públicos o el cierre de colegios y centros de día”.

Durante el confinamiento, la población ocupada “tuvo que hacer frente a cambios sociolaborales generadores de incertidumbre”.

Existen más estudios que respaldan la afectación a la salud mental de los trabajadores, tanto en Navarra como a nivel estatal. En concreto, Lasa resalta las conclusiones extraídas de una investigación liderada por Nekane Balluerka, catedrática de Metodología de las Ciencias del Comportamiento y rectora de la Universidad del País Vasco (UPV/EHU).

Los datos que arroja el informe indican que, en la Comunidad foral, un 39,6 % de los entrevistados manifestó una intensificación de su malestar general a nivel psicológico durante el encierro; un 30 % experimentó más crisis o ataques de angustia o de ansiedad; un 41 % estimó un acrecentamiento de sus sentimientos depresivos, pesimistas o de desesperanza; y un 11,5 % elevó su consumo de psicofármacos. A nivel estatal, este documento recoge que el 22,5 % de las personas que mantuvieron su empleo en el confinamiento lo hicieron “en peores condiciones”.

La psicóloga del Instituto de Salud Pública y Laboral de Navarra subraya que haber trabajado presencialmente, según un informe realizado por la Universidad Complutense de Madrid entre marzo y junio de este año, supone “uno de los predictores con mayor peso” del estrés postraumático. También se remite a una encuesta realizada por la Universidad Autónoma de Barcelona entre abril y mayo, que constató la duplicación del porcentaje de personas expuestas a estrés en relación a 2016 (44,3 % en 2020 y 22,3 % en 2016), así como un incremento del alto riesgo de mala salud mental en ese mismo periodo (55,1 % frente a 23,8 %).

BAJAS LABORALES

Podría intuirse que la intensificación del malestar psicológico en la población conllevó, a su vez, un alza en el número de bajas laborales registradas en los meses del estado de alarma. Sin embargo, Lasa explica que ese escenario no sucedió en Navarra. Solo en marzo se registró un aumento de los procesos de incapacidad laboral por trastornos mentales menores con respecto a 2019.

Entre marzo y junio de 2019, la incidencia media mensual de bajas por estos trastornos fue de 0,26 casos por cada cien trabajadoras en Navarra y de 0,13 en los hombres. En 2020, de 0,23 y 0,12.

La incidencia media de bajas (IMB) por cada cien trabajadores activos afiliados a la Seguridad Social en Navarra fue de 0,28 casos en marzo de 2020, frente a la registrada en el mismo periodo del año anterior, que se situó en 0,18 (+55,5 %). Sin embargo, en abril, mayo y junio de 2020, la IMB por este motivo disminuyó con respecto al año anterior (-0,05 en abril, al pasar de 0,17 a 0,12; -0,09 en mayo, al bajar de 0,22 a 0,13; y -0,02 en junio, al reducirse de 0,19 a 0,17).

En ambos años se aprecia cómo la IMB es más alta en las mujeres que en los hombres a lo largo de dicho período. En 2019, la incidencia media mensual de bajas en ellas fue de 0,26 casos por cada cien trabajadoras; en ellos, de 0,13. Y, en 2020, se situó en 0,23 en las mujeres y 0,12 en los hombres.

Incidencia media de bajas, por cada cien afiliados a la Seguridad Social, debida a trastornos mentales menores. (SNS-O)

Incidencia media de bajas en Navarra por cada 100 trabajadores por trastornos mentales menores. (Fuente: ISPLN)

Dicha tendencia no se circunscribe solamente a Navarra. Ya en 2018, un estudio de la Universitat Oberta de Catalunya, basado en datos de la Encuesta Nacional de Salud, determinó que la prevalencia de enfermedades mentales menores entre las mujeres trabajadoras era “seis puntos mayor” que entre los ocupados del sexo opuesto. Se trata de un patrón generalizado, indica Lasa: “Suele haber niveles más altos en mujeres que en hombres no solo a nivel estatal, sino también en otros países. De hecho, existen estudios de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) que apuntan lo mismo”. Precisamente, el director de la OIT para España, Joaquín Nieto, abordará este y otros temas de interés sobre el ámbito laboral en un nuevo Desayuno Empresarial de NavarraCapital.es, que tendrá lugar este jueves vía ‘streaming’.

La especialista enumera varios factores como causas de esta problemática. Por un lado, las mujeres “suelen acudir más a los centros de salud para solicitar bajas por trastornos mentales”, es decir, tienden más a buscar ayuda cuando se encuentran ante casos de este tipo. Además, ciertos sectores “altamente feminizados”, como el sanitario o el educativo, conllevan “una mayor carga emocional .

Por otra parte, Lasa recuerda también que las mujeres suelen asumir más responsabilidades en el cuidado de niños y las personas mayores, así como en las labores del hogar, lo que les genera mayores dificultades para conciliar la vida laboral y personal. Una dinámica que, según la psicóloga, pudo haberse reforzado durante el confinamiento. Esa es la conclusión a la que llega una investigación coordinada entre la Universidad Pompeu Fabra y la Universidad de Barcelona. De este estudio se extrae que el encierro supuso un aumento de las labores domésticas para ellas y que su reparto “está muy sesgado hacia las mujeres, tanto antes del confinamiento como después”.

UN RETO PARA LAS EMPRESAS

Ahora bien, la especialista navarra entiende que sería “muy arriesgado” extraer conclusiones definitivas sobre las cifras generales de bajas laborales ligadas a la salud mental en el confinamiento. Entre otras cosas porque “el uso de esta prestación sanitaria se vio afectado”. Por ejemplo, “quizá una parte de las personas en ERTE o con permiso retribuido hubieran necesitado esta prestación” en caso de haber realizado un trabajo efectivo durante esas fechas.

Lasa cree que las empresas deberían implementar medidas para hacer frente al daño psicológico que pueden sufrir sus trabajadores.

Además, la irrupción del coronavirus generó limitaciones de acceso a las consultas presenciales de atención primaria. En este sentido, el mayor registro de bajas laborales en marzo podría explicarse, según esta psicóloga, porque el confinamiento se inició a mediados de mes.

De igual modo, vislumbra que dicho repunte al comienzo de la pandemia, que no se mantiene en los meses siguientes, es entendido por algunos expertos como “una adaptación de las personas a la situación”. En todo caso, remarca que “tal y como refleja la ONU en una publicación del 13 de mayo, los efectos más graves de la crisis a nivel psicológico pueden aparecer demorados en el tiempo”.

Por eso, considera que las empresas deben plantear una serie de medidas para hacer frente al daño psicológico que pueden sufrir sus trabajadores, como “la evaluación y prevención de los estresores presentes” en los escenarios laborales. A su vez, la implantación de protocolos de vigilancia específica de la salud por exposición a un riesgo psicosocial permitiría “detectar a personas con sintomatología y mayor vulnerabilidad al estrés laboral, que puedan necesitar programas de recuperación individualizados con las necesarias adaptaciones en los puestos de trabajo”.

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