La estantería de su padre estaba repleta de libros que versaban sobre política. Nuestro protagonista solía repasar los infinitos títulos con la mirada, en busca de uno que le encendiera algo por dentro, como una chispa imprevista en medio de la penumbra. Uno que no pareciera escrito solo para adultos, sino también para él: un chaval quinceañero de grandes inquietudes. Una tarde cualquiera, mientras la luz dorada del sol se colaba entre las cortinas y dibujaba líneas sobre los lomos, se detuvo ante uno. El título era sobrio, casi frío. Lo firmaba un tal José Luis Llorens y hablaba, según la contraportada, de las miserias y las condiciones deplorables de los trabajadores en el siglo XIX. Aquello, lejos de ahuyentar al joven Lorenzo Ríos, lo atrapó. Algo en esas palabras le pareció profundamente importante, como si dentro de ese libro habitara una verdad que nadie le había contado aún. Pasó la noche leyendo. Jornadas interminables, fábricas devoradoras, salarios lamentables… A la mañana siguiente se levantó con una idea fija, imposible de desalojar de su cabeza. Lo tenía claro. Ya no había vuelta atrás: quería ser sindicalista.
Su primer trabajo fue en Mercairuña, donde experimentó su primer despido. «Me dijeron que no querían problemas sindicales en la empresa, y me sentí orgulloso. Me fui contento. Por primera vez me llamaban sindicalista», rememora segundos antes de recalcar que ese espíritu luchador lo heredó de sus progenitores, María del Mar González y Benito Ríos. «Vivieron la dictadura franquista y la transición, y eso me influyó mucho», apostilla.
Después de probar suerte en el sector hostelero, optó por seguir los pasos de su padre, que trabajaba como operario en Volkswagen Navarra. Enseguida comprendió que había algo reconfortante en esa rutina exigente y en el compañerismo firme que se daba entre los empleados. «Entre coche y coche, en plena cadena de montaje, seguía leyendo libros sobre sindicalismo, socialismo, reformas laborales… Un delegado sindical de UGT se fijó en mí. Y así comenzó mi participación en el sindicato. Quizá era el momento de poner en marcha todo lo que había leído», relata con cierta nostalgia tras subrayar que ya son 35 los años que lleva en la compañía de automoción.
DEFENDER AL TRABAJADOR
Acudía a la fábrica antes de la hora a la que comenzaba su jornada laboral para asistir a las reuniones del comité: «Veía cómo mis compañeros defendían los derechos de los trabajadores y me sentía orgulloso por formar parte de eso». Aquel era un mundo casi nuevo para él, distinto al del trabajo en la cadena, pero también exigente. En vez de herramientas, se manejaban palabras. En lugar del ruido sordo de la maquinaria, argumentos. Pero el pulso era el mismo: resistir.
1994 es un año que recuerda bien. Un día, sus compañeros plantearon si a alguien le gustaría ayudar en las elecciones sindicales que tendrían lugar en Navarra. Y nuestro protagonista levantó el dedo sin titubear: «Ahí empezó mi etapa en la Federación del Metal de Navarra. Tuve la suerte de poder canalizar mi compromiso con la causa».

Lorenzo lleva 35 años en Volkswagen Navarra, donde también trabajó su padre, Benito Ríos.
Un par de años más tarde, se alzó como delegado comarcal de UGT Estella. Andrés de Miguel, Jorge Ugarte… Son varios los nombres que se le vienen a la cabeza cuando recuerda su etapa allí. «Me acogieron y me enseñaron todo lo que sabían. Fue una etapa vital para mí. Conviví con sindicalistas que habían vivido la transición democrática, y concebía aquello como una escuela», apunta segundos antes de relatar su regreso a Pamplona, después de cuatro años con aquel cargo.
Se incorporó a la Federación del Metal, Construcción y Afines de UGT Navarra hasta que, el pasado febrero, fue nombrado secretario general del sindicato. Una responsabilidad que afronta con «muchas ganas»: «Vengo de una familia humilde que vivió todas las miserias de la postguerra. Uno de los recuerdos que tengo de crío es el de quemar propaganda clandestina en un váter de casa. Lo destruíamos por si venía la policía. Estar hoy aquí es como un sueño cumplido».
REDUCCIÓN DE JORNADA, UN RETO
La vivienda, la transición ecológica y digital, el empleo, la sanidad, las pensiones… Son muchos los desafíos a los que, como sociedad, nos enfrentamos. Entre todos los retos existentes, Lorenzo destaca uno en especial: la reducción de la jornada laboral. «Las personas debemos vivir una vida digna como ciudadanos y poder conciliar el trabajo con el ámbito persona. Tenemos derecho a una reducción de jornada sin pérdida salarial», defiende al tiempo que recalca que, en este sentido, realidades como el teletrabajo sirven de mucho apoyo. «Es evidente que la forma de trabajar está cambiando, así que habrá que buscar nuevas vías que se adapten mejor a la vida de las personas, ¿no?», agrega.
Históricamente, hay sectores que han sufrido un «menor desarrollo tecnológico» y «condiciones más precarias». Es el caso del agroalimentario, la hostelería o el comercio, donde la «acción sindical se vuelve más compleja», ya que «existe una menor afiliación por parte de las grandes empresas». Así, Lorenzo indica que UGT Navarra está trabajando para «mantener el estado de bienestar» y llegar a todas las ramas profesionales.

Entre las aficiones de nuestro protagonista, destaca la lectura de libros sociales y políticos.
En este sentido, al mencionar a BSH, nuestro protagonista suspira. Ante el cierre de la planta ubicada en Esquíroz, se muestra indignado y preocupado por la situación: «Las multinacionales a veces toman decisiones sin tener responsabilidad social. Es necesario tener el compromiso del mantenimiento del empleo y comprometerse con el territorio».
Lo cierto es que en su ADN se encuentra una «preocupación por la negociación colectiva» y la «distribución primaria de la riqueza». Y, para eso, las políticas sociales y públicas juegan un papel clave. Pero, a su juicio, resulta esencial mantener la «presión sindical» con el Gobierno de Navarra. «Este mundo es de todos, y toda persona debe sentirse escuchada», sostiene con firmeza.
Al echar un vistazo rápido a su despacho, nos percatamos de que muchos de los libros que colman la estantería son sociales y políticos, como en la estantería de su padre. «Parece que hay aficiones que nunca cambian, ¿eh?», bromeamos. Lorenzo sonríe justo antes de desvelar que, a sus 53 años, ha cambiado las páginas por los audiolibros. «Tengo una biblioteca con casi 400 libros, pero reconozco que últimamente prefiero ponerme los auriculares, salir a andar y combinar esa afición con la lectura. Ideología, desigualdad, política… Trato de formarme continuamente para desarrollar mi responsabilidad sindical», concluye mientras entrelaza los dedos sobre la mesa y, de nuevo, recuerda a su padre. «Ya no está aquí, pero creo que se sentiría muy orgulloso de mí», suspira.













