Mientras su padre analiza con exquisito rigor los tomates que brotan en el huerto, una niña plasma ideas desbaratadas sobre un papel. Los lápices de colores se expanden frente a ella como un infinito universo de posibilidades. Dibuja una casa. Un árbol. Un perro. A su lado, su madre toma el sol al tiempo que teje una mantita para protegerse del frío cuando el invierno aceche. «¿Me dejas probar?», pregunta la cría con una curiosidad insaciable. «Claro. Tienes que enlazar la hebra por encima del dedo y pasar la aguja de abajo hacia arriba», explica pacientemente cediéndole el ovillo, que rueda como un pequeño planeta de lana hacia sus manos ansiosas. Sus movimientos, torpes al principio, se enredan y desenredan desacompasados en bucles inciertos. Pero algo despierta. El ritmo hipnótico de ese vaivén la envuelve como un hechizo. En ese preciso momento, Saioa Bildarratz comienza a mirar el mundo de otra manera. A veces, el instante más sencillo basta para que se encienda una vocación. Y ella, sin saberlo, acaba de descubrir la suya.
Por mucho que pase el tiempo, nuestra protagonista mantiene esa escena «grabada a fuego» en la memoria. «El ganchillo fue el inicio de todo. Todavía guardo la primera manta que hice», apunta con ternura. Desde niña, las manos siempre fueron sus grandes aliadas. De hecho, no puede evitar sonreír al recordar que, con apenas cuatro años, jugaba a darle forma a la carne picada para elaborar albóndigas. «Me apasionaba el contacto con los materiales, incluso con las piedras o el barro», apostilla.
Nació y creció en el barrio pamplonés de la Rochapea. Con la mirada muy atenta, solía prestar atención a los comercios que colmaban las calles de vida. Panaderías, floristerías, ferreterías, peluquerías. A su manera de ver, todo poseía una especie de magia discreta. Cada local parecía albergar una historia, una forma única de transformar las cosas. Entre todos ellos, había uno que eclipsaba su curiosidad como ningún otro: una simpática tienda de fotografía. Iba a menudo para dejarse retratar. Se sentaba con la espalda recta y las manos en el regazo, y seguía con obediencia las instrucciones del fotógrafo. Cuando el negocio cerró sus puertas, algo en Saioa quebró. Pero pronto se recompuso: «Me hice mayor, seguí haciendo ganchillo y comencé a bromear con mi madre. ‘¿Y si adquirimos el establecimiento? ¿Y si montamos nuestra propia tienda de mantas y productos elaborados por nosotras? ¿Y si…?’. Y al final, entre broma y broma, eso hicimos».
@valores_top ✨ Un proyecto artesanal navarro que cruza fronteras ✨ 👩👩👧 Saioa Bildarratz, profesora de flauta, heredó de su madre y su abuela el amor por el ganchillo y acabó fundando Artisai. Hoy, junto a su madre, confecciona todo tipo de artículos. 🌸 Sus eguzkilores y mantas hechas a mano ya han llegado a #Alemania, #México, #Japón y #Australia. 👉 ¿Quieres conocer su historia? Link en la bio.
DE LA ROCHAPEA AL MUNDO
Lo que comenzó como un hobby, se convirtió en su oficio. «Fundó Artisai hace ocho años, y decidimos alquilar el local que tantos recuerdos le ha brindado de su infancia hace dos. Lo decoramos juntas para darle nuestro propio toque», detalla María José Gracia, su madre. Ilusionada, pasea por el local para detenerse frente a una foto muy original. Se trata de dos ojos. El suyo y el de su hija. Contemplan el escenario con hambre de creatividad. «Representan las ideas. Todo lo que hacemos es de las dos, estamos unidas en este proyecto», explica segundos antes de recalcar que la pasión por la costura se ha transmitido de generación en generación, ya que la abuela de Saioa también cosía.

Saioa también ejerce como profesora de flauta travesera en la Escuela de Música de Mutilva.
Una dulzura inmensa envuelve a los clientes en una caricia. La luz natural entra tamizada a través del escaparate, y se posa con mimo sobre cada objeto que este exhibe. A la derecha, una colección de mantitas de bebé se despliega como un campo de nubes. Son suaves al tacto, ligeras, todas ellas con tonos pastel. «Tenemos una clienta que lleva estas mantas a Alemania, para su nieto», puntualiza María José.
«Cuando vamos por la calle y vemos a alguien con nuestros productos nos emocionamos muchísimo»
No es el único país en el que Artisai está presente. De hecho, sus artículos llegan hasta lugares como Japón, México o Australia. Gorros, bufandas, estuches, pendientes, broches… Saioa y María José son capaces de confeccionar «casi cualquier cosa». Pero su producto estrella es, sin duda, el eguzkilore. «Los elaboramos con lana y piel, y van espinados con un alambre. Hay quien los pone en la puerta de su casa, o quien prefiere darles otro uso. Hemos ido a ferias por todo el territorio nacional, y se venden mucho. A la gente le encanta», valora Saioa.
ARTESANA Y MÚSICA
El maniquí que posa con elegancia en el escaparate luce un original delantal de flores. Los pétalos, en tonos azulados, parecen flotar sobre el fondo crudo de la tela, como si el diseño hubiera brotado directamente de un jardín antiguo. Es otro de los productos más aclamados. «El maniquí se llama Clemen, porque está pidiendo clemencia. Lo llevamos de aquí para allá, nos ha acompañado a tantas ferias y se nos ha caído tantas veces… Si algo te da este oficio, son anécdotas», relata entre carcajadas nuestra protagonista, que compagina su labor como artesana con la enseñanza en la Escuela de Música de Mutilva. «De mi abuela heredé la costura, y de mi abuelo la música. Imparto clases de flauta travesera», agrega.
Al fondo, junto a decenas de ovillos, un pequeño horno espera pacientemente su turno para dar vida a las ideas. Es discreto, pero encierra secretos cálidos: allí se cuecen tazas personalizadas. «Algunos bromean diciendo que aquí podemos cocinar, por ejemplo, un pollo», ríe María José al tiempo que sujeta entre las manos dos simpáticos muñecos. Aunque ya no los confeccionan, los guardan «a modo de recuerdo». «La idea era sustituir a la típica Nancy. Les puedes quitar la ropa, poner distintas camisetas… Tienen hasta cinturón. Para nosotras, crear estas cosas es como hacer mindfulness, nos relaja. Y cuando vamos por la calle y vemos a alguien con nuestros bolsos, mochilas, diademas o pendientes, nos emocionamos muchísimo «, concluyen madre e hija con una mirada cómplice.













