jueves, 4 junio 2026

Nezeha Chedad: «La mujer saharaui ocupa un papel fundamental en los campamentos»

Nezeha Chedad, saharaui de 35 años, salió de los campamentos de refugiados a los diecisiete años debido a una grave anemia. Residió en Valencia desde 2007 hasta 2016, donde colaboró durante seis años en la Asociación Humanitaria Internacional de Mislata (AHUIM), que acoge a niños saharauis enfermos. Tras estudiar auxiliar de enfermería, se trasladó a Navarra para trabajar en la residencia Beloso Alto. Tiene dos hijas, Fatma y Nayla, y ha formado parte del proyecto 'Voces que cuentan' de la Fundación Koine Aequalitas, orientada a fomentar la convivencia intercultural y combatir el racismo en la región.


Pamplona - 6 marzo, 2026 - 18:22

Nezeha Chedad, saharaui de 35 años, trabajó como auxiliar de enfermería en la residencia Beloso Alto. (Fotos: Maite H. Mateo)

Se abre la puerta. Un extenso sofá marrón con tonos dorados se extiende por toda la estancia. Dos grandes alfombras ocupan el resto de la sala. La anfitriona me invita a sentarme y, como marca la tradición saharaui, comienza el ritual del té. Su preparación es minuciosa, se calienta agua en una tetera y se vierte medio vaso de té, se repite todo el proceso para evitar la amargura del primero y, esta vez, se añade azúcar y hierbabuena. Una vez listo, es hora de escanciarlo en unos pequeños vasos. Desde el primer vaso se pasa el líquido al segundo, y así varias veces hasta conseguir la espuma deseada. Ahora podemos disfrutar de su sabor.

«El pueblo saharaui destaca por su generosidad, por acoger siempre a quien llegue a la jaima, sin preguntar quién eres o quién es tu familia. Puedes quedarte unas horas, pasar la noche o permanecer una temporada. Cuando uno llega a una casa saharaui, siempre se le recibe con leche (por tradición) y dátiles (por su dulzor). Al sentarse, se hace el ritual del té con tres vasos. Mientras se sirve, se entabla una conversación, casi siempre sobre el pueblo saharaui, su lucha y su historia», explica Nezeha Chedad, saharaui de 35 años residente en Sarriguren.

Hoy, la conversación girará en torno a ella y a quienes la precedieron. En 1975, los saharauis tuvieron que salir del país por la ocupación marroquí. Entre ellos se encontraba Nayla, una niña de cuatro años, junto con sus tres hermanos y su madre. A los 15 años contrajo matrimonio para ayudar a su familia y, a los 19, ya tenía tres hijos y estaba divorciada.

«En los campamentos, una niña tiene que ser apoyo para la familia. No hay casas, ni estructura social. Todos tienen que colaborar, ir a por leña, cazar, cocinar… Por tradición, las jóvenes solían casarse bastante pequeñas, pero para mi madre era la oportunidad de sumar otro miembro a la familia. Además, allí el divorcio es algo frecuente, de hecho, se celebra. Se le organiza una fiesta a la mujer para que los demás hombres se enteren y puedan ir a conocerla», añade Nezeha. Ella es la pequeña de los tres hermanos y su madre Nayla se dedicó al profesorado durante dos décadas.

Su madre Nayla trabajó como profesora en los campamentos durante dos décadas.

Su madre, Nayla, trabajó como profesora en los campamentos durante dos décadas.

La joven nos cuenta que en su comunidad cada uno tiene un papel, y el de la mujer ocupa un lugar fundamental. Mientras que el hombre siempre está centrado en la defensa del pueblo, en la guerra o fuera del campamento; la mujer ejerce de médico, madre, enfermera, profesora… De hecho, el 90 % de la organización del campamento, las jaimas, la distribución de los alimentos, las enfermedades, siempre corre a cargo de ellas.

PRIMER CONTACTO CON ESPAÑA 

Así, al igual que cientos de niños saharauis, Nezeha llegó a España por primera vez gracias al programa Vacaciones en Paz, en el que familias voluntarias acogen a niños durante los meses más calurosos del Sahara Occidental. Tras conocer Ciudad Real, Canarias y Murcia, regresó a los campamentos, completó sus estudios en Argelia y, a los diecisiete años tuvo que volver a España acompañada de su madre debido a la grave anemia que padecía. Residió en Valencia desde 2007 a 2016, donde se matriculó en un colegio de adultos en Mislata y donde conoció la Asociación Humanitaria Internacional de Mislata (AHUIM), que acoge a niños saharauis enfermos y les ayuda a tratarse. Allí trabajó durante unos seis años. En 2016 se casó y estudió auxiliar de enfermería, formación que le trajo hasta la residencia Beloso Alto. En Navarra nacieron sus hijas Fatma y Nayla («ojos grandes»), como su abuela.

«Aunque sea musulmana, una religión más rescatada o más cerrada, siempre he crecido viendo a mi madre y mis tías empoderadas. Han estudiado, han trabajado, han sacado a la familia adelante y nunca se han puesto límites. Siendo mujer árabe, saharaui, musulmana, ahora madre y divorciada, quiero que mis hijas hereden esa fuerza. Siempre les digo: mujeres al poder. Les intento inculcar que sean buenas personas y que vivir en sociedad no les limite. Ellas conviven en dos culturas y eso es muy enriquecedor. Me gustaría que hagan aquello que yo no he podido hacer, que sigan estudiando, que trabajen, que se empoderen, sean libres y mantengan el respeto por la familia», reconoce emocionada mientras enseña una flor morada en la que Fatma, de ocho años, ha escrito: la mujer es fuerte, libre, valiente, divertida, cariñosa y trabajadora.

Nezeha llegó a España por primera vez gracias al programa Vacaciones en Paz.

Nezeha llegó a España por primera vez gracias al programa Vacaciones en Paz.

Aunque ahora mismo se encuentra en paro, Nezeha colabora con la parroquia de Mendillorri y con un programa de Sarriguren, que acompaña a mujeres árabes que no hablan español cuando necesitan acudir al médico, a extranjería o realizar cualquier otro trámite. Además, es miembro activo de muchas asociaciones navarras que apoyan al pueblo saharaui y ha participado en el proyecto «Voces que cuentan» de la Fundación Koine Aequalitas, orientada a fomentar la convivencia intercultural y combatir el racismo en la región.

Tras crecer en sociedades tan diferentes y compartir su día a día con muchas mujeres, Nezeha reconoce que percibe cierto machismo en todos los lugares: «Un gran porcentaje de los hombres, no sé si se deberá a su naturaleza, siempre saca esa vena machista. Por suerte, no lo he vivido en primera persona, pero sí he sido testigo de su altanería, de esa tendencia a sentirse superiores, de querer dar tu opinión en un grupo y notar que vale menos que la de tu compañero de al lado, por ejemplo. Aquí en España, es cierto que desde que llevo el velo noto las miradas, los gestos, pero siempre, como les digo a las mujeres a las que acompaño, es su problema porque no han conocido, no han viajado y tienen miedo al diferente. Les animo a que no les afecte, a fortalecer ese empoderamiento, a tener empatía, a defender siempre su opinión y a no callarse ante las injusticias».

Nezeha nos sonríe mientras sujeta una fotografía de su madre con ella en brazos, y se recoloca la melhfa, vestimenta tradicional saharaui, que luce un animado estampado de flores rosas y moradas. «Antiguamente solo era blanco y negro, pero se ha ido modernizando. Hoy he elegido el morado en representación de la mujer. Es un color que me gusta porque transmite la vida, las flores. Es divertido, fuerte, potente y alegre. Como nosotras», concluye.

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