jueves, 4 junio 2026

Tania del Árbol, hija de los expropietarios del bar Rancho Grande, abre una pastelería en Arre

A los trece años, Tania del Árbol ya elaboraba postres en el Rancho Grande, el bar-restaurante de sus padres. Poco a poco, sus pasteles ganaron fama y los clientes comenzaron a encargarle pedidos para cumpleaños, comuniones y bodas. Sus padres le animaron a crear su propia pastelería, que abrió en abril bajo el nombre de Sugar Belle. 


Arre - 10 junio, 2025 - 05:55

El pasado abril, Tania del Árbol, de 42 años, abrió la pastelería Sugar Belle en Arre. (Fotos: Sergio Martín)

Huele a canela y azúcar. Junto al mostrador, en una vitrina que invita a clientes de aquí y de allá a acercarse, reposan pasteles de todos los sabores. De Oreo, de Kinder, Red Velvet… Suena un móvil. Tania del Árbol coge un trapo para atender la llamada mientras se limpia las manos, que delatan su próxima creación: una tarta de queso. «¿Hola? ¿Para un cumpleaños? ¿La semana que viene? Perfecto, un saludo». Cuelga y sonríe. Apenas lleva un mes abierta, pero su pastelería ya posee el alma de una casa, y los clientes pronto han aprendido a hacer de este nuevo rincón su «dulce hogar». 

Todo comenzó, como muchas de las grandes aventuras, con las palabras de ánimo de sus padres, Loli Fernández y Juan del Árbol. Eran los propietarios del Rancho Grande, un bar y restaurante familiar afincado en Arre y adquirido el pasado febrero por el dueño del StickBol. Allí, Tania descubrió su vocación por la cocina. «Me encargaba de elaborar los postres. Solía probar recetas nuevas cada día, y de repente mis creaciones empezaron a coger fama», relata risueña. En algunas ocasiones, los clientes le preguntaban si podrían encargarle tartas para cumpleaños, comuniones o bodas. Y así, el boca a boca se expandió por Arre. «Llegó un punto en el que todo eran tartas en la vitrina del bar. ¡Había más dulce que salado, y más pasteles que pinchos!», rememora entre carcajadas. 

«¿Por qué no abres tu propia pastelería?», le sugerían sus progenitores. Después de dar vueltas a aquella idea, aceptó el reto. Era el momento de hornear algo propio. «Adquirí una bajera, empecé con las obras y tiré hacia delante», relata segundos antes de coger aire y respirar hondo. Antes de abrir las puertas del local, a su padre le diagnosticaron un cáncer terminal. Y aquel duro golpe lo cambió todo. 

EN HONOR A SU PADRE

Durante semanas, la ilusión se mezcló con el miedo, y tomó la decisión de esperar. «Mi padre me ayudó a montar la cocina, a picar el suelo… Cuando entraba en el local, todo me recordaba a él y no me veía con fuerza para ponerlo en marcha, a pesar de que las obras estuviesen ya finalizadas. Así que me di un tiempo y decidí abrir el pasado abril. Él habría querido que el negocio echara a andar. De hecho, solía pedirme que por favor siguiera adelante», constata para acto seguido desvelar que cada rincón del establecimiento mantiene la esencia de Juan. Lo cierto es que, más allá del aroma a azúcar y canela, hay una memoria viva, suave como la miga de un bizcocho recién hecho, que envuelve y acompaña a quien entra. 

Por el momento, Tania trabaja sola en la pastelería, que posee obrador propio.

Por el momento, Tania del Árbol trabaja sola en la nueva pastelería, que posee un obrador propio.

Muy concentrada, vierte con precisión milimétrica una cascada de trocitos de pistacho sobre una tarta de queso recién hecha. Cada movimiento recuerda a una especie de ritual: nuestra protagonista es consciente de que el secreto no se encuentra solamente en los ingredientes, sino también en el cariño con el que se mezclan. «Hago sobre todo tartas personalizadas, pero también cookies, pastas, brownies y rollitos de canela que, por cierto, los clientes suelen decir que son de los mejores que han probado. Están ganando mucha fama», celebra.

El establecimiento posee obrador propio y su nombre tiene una bonita historia detrás. Hace tiempo, la serie favorita de su hija era My Little Pony. En ella había un unicornio pastelero que se llamaba Sugar Belle: «Opté por ese nombre para la tienda en honor a mi niña, Oihane. Junto a mi hijo, Iker, es mi mayor apoyo. Por esos dibujos, el local es de color rosa. La idea era dar un sentido completo a la pastelería», sostiene mientras contempla orgullosa las sillas altas y las plantas que adornan con encanto la mayoría de las mesas. 

A sus 42 años, Tania se siente «muy agradecida» por la buena acogida que está experimentando su negocio. Y, satisfecha, observa sus tartas con el orgullo sereno de quien ha recorrido un largo camino para llegar hasta aquí: «Aprendí de este mundillo a los trece años, ayudando a mis padres en el bar. Ahora tengo mi propio negocio y trabajo sola en algo que me apasiona. Esto no lo podría haber conseguido sin ellos».

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