domingo, 16 diciembre 2018

Austria reloaded

La música de Mozart y el lujo de los palacios de Sissí; las sombras y el misterio de 'El tercer hombre' y el drama de 'Sonrisas y lágrimas'; la naturaleza desbordante de Innsbruck y el Tirol; una buena ración de tarta sacher, o subirse en la noria del Prater. ¿Todavía no encuentras motivos para visitar estos próximos días Austria, ese pequeño gran país situado en pleno corazón de Europa?

Jesús Jiménez
Pamplona - 1 diciembre, 2018

El Palacio de Schönbrunn es conocido como el Versalles vienés.

El Palacio de Schönbrunn es conocido como el Versalles vienés.

La música está tan íntimamente ligada a Austria que, a la hora de diseñar nuestra visita a lo que fue el origen de uno de los imperios más glamurosos del que la humanidad tenga memoria, lo mejor que podemos proponer al lector o lectora es que agudice bien sus oídos. Porque serán ellos los que, a través de este relato, muevan nuestros pies y nuestras almas a la búsqueda de la historia, la cultura, el paisaje, la gastronomía y, en definitiva, la belleza de este pequeño gran país situado en pleno corazón de Europa.

Para esta ocasión, por lo tanto, nuestra guía de viaje será una especie de ‘partitura invisible’ cuyas primeras estrofas tienen el ritmo y la letra de una canción infantil que reza así: ‘DON-es trato de varón, RES-selvático animal, MI-denota posesión, FAR-es lejos en inglés…’. Efectivamente, estamos ante una de las melodías más conocidas de ‘Sonrisas y Lágrimas’, película que elevó a la categoría de mito viviente a Julie Andrews y que nos conduce a nuestro primer destino: Salzburgo y los jardines del Palacio de Mirabell, parte del escenario donde transcurre la trama protagonizada por la familia Von Trapp y su institutriz.

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En Salzburgo no hay que perderse la visita a los jardines del Palacio Mirabell.

Estamos, además, ante uno de los rincones más bellos del viejo continente lo que incluye la Makart Platz con su Iglesia de la Trinidad, un impresionante templo construido en el siglo XVII a escasos metros del puente Makartsteg, repleto de candados de colores con los nombres grabados que dejan los enamorados en señal de amor antes de tirar al llave al río Salzach. Desde allí las panorámicas de la ciudad son magníficas.

Sin embargo, si seguimos a nuestra partitura invisible, escucharemos de repente una enorme risotada nerviosa del otro gran protagonista de Salzburgo. Wolfang Amadeus Mozart vino aquí al mundo y su figura se extiende por todos sus rincones desde la que fue casa natal y residencia de toda su familia entre 1773 y 1781, auténtico centro neurálgico de la población y uno de sus principales atractivos.

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Wolfang Amadeus Mozart.

La risa y la música se alejan rápidamente así que aceleramos nuestros pasos y nuestros corazones camino de Viena, la capital, en la que viven 1,86 millones de personas. El desconcierto es monumental por la mezcla de sonidos y ruidos pero, aun así, no perdemos el hilo y eso nos permite acercarnos, por ejemplo, al Palacio Schönbrunn entre cuyos ventanales podemos percibir la figura de la emperatriz Sissí quien utilizaba este inmueble como residencia de verano.

A lo largo de sus jardines, comparables en suntuosidad con los del mismísimo Versalles, oímos cada vez más fuerte una sintonía de valses y un ritmo marcadamente militar al que cientos de personas acompañan con sus palmas. Efectivamente nos encontramos frente al Musikverein, edificio que acoge lo mejor del espíritu de los Strauss con sus polkas, su ‘Danubio azul’ y, por encima de todo, esa ‘Marcha Radetzky’ en honor del homónimo militar que sofocó la revuelta en Italia de 1848.

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La Wiener Musikverein de Viena.

Estamos en el momento de mayor esplendor del viejo imperio Austro-húngaro y llegados a este punto no se nos ocurre celebrarlo de mejor manera que con un buen trozo de la auténtica tarta de chocolate sacher, uno de los símbolos por antonomasia de una ciudad plagada de cafés y que ama tanto la música como los dulces. Sentados a la mesa empieza a sonar en ese mismo momento otra sintonía que nada tiene que ver con el empacho de música clásica que llevamos encima.

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Tarta sacher.

Se trata de la mítica cítara de Anton Karas de ‘El Tercer Hombre’ en una Austria que es sombra de lo que fue puesto que, en 1946 (momento en el que nos sitúa la película) se encuentra destruida por las bombas de la Segunda Guerra Mundial y ocupada por los vencedores. De lo poco que queda en pie y que hoy podemos disfrutar es de la mítica noria del Prater donde, al atardecer y con un poco de suerte, nos podemos topar con la figura oronda de Orson Welles y sus espías.

El Prater nos levantará al cielo de Viena desde donde podremos divisar otro de los recuerdos, en este caso muy negativos de la contienda porque Austria también acoge el horror representado por los muros y las alambradas de un Campo de Mauthausen que llegó a albergar en aquellos días de ignominia y dolor a más de 100.000 prisioneros.

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Pero no queremos concluir un viaje que ha sido cumbre de belleza, historia y cultura. No olvidemos que estamos en un país que acogió a figuras como Freud, sin ir más lejos. Por eso retomamos nuestra partitura o, mejor aún, para despedir este relato contemplamos en silencio (“la mejor de las músicas” como apuntó el sabio) algunos de los rincones menos conocidos de los que Austria también dispone.

Ahí están por ejemplo la Abadía de Melk, con sus 8.000 volúmenes de un valor incalculable; Innsbruck y el Valle de Stubai, que representan lo mejor del Tirol austríaco o; para terminar, Hallstatt que se presenta para los visitantes como “el pueblo más bonito del mundo a las orillas de un lago”. Disfrutando de nuestra imagen reflejada en el agua podemos pensar tranquilamente que este relato sonoro y mágico que nos ha traído hasta aquí no solo nos ha permitido conocer mejor Austria sino que, además, ha hecho honor a ese gran dicho que asegura que la magia está en cada rincón, solo hay que observar atentamente”.

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Abadía de Melk.


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