Antes de imaginar algoritmos capaces de conectar a millones de personas, Alejandro Gallego ya construía otro tipo de mundos. Lo hacía en el suelo de su habitación, donde las piezas de Lego se convertían en largos recorridos ferroviarios trazados con la precisión de quien intuye que cada pequeño fragmento tiene un propósito.
Cuando las vías de tren terminaban, comenzaba otra travesía: la de las preguntas. El «porqué» era una constante en su mente. Consultaba una y otra vez, una y otra vez, hasta el infinito. Su madre sabía bien que aquella curiosidad insaciable no aceptaba respuestas rápidas. Años después, aquel afán por conectar conceptos encontraría un escenario en Google.
Si algo marcó su adolescencia fue la experiencia de cursar tercero y cuarto de secundaria en Tennessee. De repente, se vio caminando por los mismos pasillos que había visto tantas veces en las películas. Allí estaban las interminables filas de taquillas metálicas que se abrían y cerraban con estrépito entre clase y clase, los equipos de fútbol americano, las cheerleaders ensayando coreografías y la cafetería donde cada mesa parecía tener su propio código social. Todo era exactamente como en la pantalla, salvo por un detalle: esta vez él formaba parte de la historia.
«Aquella etapa configuró mi atracción por Estados Unidos y, cuando llegó la hora de elegir en qué formarme, quise marcharme allí. Pero visité la Universidad de Navarra y cambié de opinión», relata segundos antes de afirmar que estudió Economics, Leadership and Governance en Pamplona.
APROVECHAR LA ETAPA UNIVERSITARIA
Durante la carrera, nuestro protagonista tenía claro quería «aprovechar al máximo cada oportunidad que apareciera en el camino». Una de ellas llegó cuando Google organizó una sesión informativa dirigida a estudiantes. La propuesta era sencilla: los asistentes podían enviar su currículum y optar a un programa de prácticas de verano en la compañía. «Superé el proceso de selección y me marché dos veranos a su sede irlandesa como becario. En concreto, trabajé en el equipo de ventas de Google Ads«, detalla.
Lejos de resultarle extraña, Dublín le recordó en algunos aspectos a la capital navarra: «La gente suele pensar que el cambio fue enorme, pero encontré bastantes similitudes». Las dos ciudades comparten un tamaño «manejable» y, por supuesto, una característica imposible de ignorar: la lluvia. «En Dublín llueve mucho, pero en Navarra tampoco nos quedamos cortos», bromea para acto seguido añadir que residía en una zona donde vivían muchos empleados de la compañía.
A raíz de aquellos veranos, la relación con el gigante tecnológico dejó de ser una experiencia temporal para convertirse en el inicio de algo más estable. Poco tiempo después, la firma le ofreció incorporarse como account strategist en el Departamento de Ventas, un puesto en el que permanecería dos años. «La publicidad es el motor de Google en cuanto a ingresos. Me encargaba de contactar con negocios para lograr ciertos objetivos. Trabajaba con clientes españoles y contribuía a que siguieran colaborando con nosotros», desgrana.
Más tarde, pasó a ocupar el cargo de Regional Product lead en el Área de Estrategia y Operaciones, donde permaneció otros dos años. Allí lideró las tácticas de comercialización de distintas herramientas de ventas internas: «En aquel momento, la Inteligencia Artificial comenzaba a destacar y empezamos a ver su potencial. Eso me llevo, hace nueve meses, a mudarme a San Francisco…».
MUDANZA A SAN FRANCISCO
El cambio no fue solo geográfico, sino también profesional. En ese proceso, su papel evolucionó para posicionarse como Global Product lead. A partir de entonces, su trabajo ha adquirido una dimensión más amplia. «Me encargo de montar herramientas internas que usamos a nivel global, de forma que se pueda operar con más eficiencia», señala.
Una de las preguntas que más suelen hacerle cuando cuenta dónde trabaja es si las oficinas de Google son realmente como la gente imagina: espacios llenos de zonas de juego, áreas creativas, toboganes… «El mito, en gran medida, es cierto», confirma entre risas. «Solo he trabajado en sedes pequeñas, pero en la central de Mountain View hay sillas de masaje, bolera… Está muy bien», apostilla el joven, de 27 años.
Aunque ahora vive lejos, reconoce que echa de menos a su familia y la vida en su Pamplona natal. De hecho, le gusta volver de vez en cuando: «Todos avanzamos, pero cuando nos juntamos parece que el tiempo no ha pasado. Las bromas, los recuerdos… Cuando estoy en casa, me doy cuenta de que en realidad nada ha cambiado tanto. Y esa sensación me gusta muchísimo».
Esta entrevista forma parte de la Estrategia NEXT del Gobierno de Navarra.













