Nació observando el mundo desde un ángulo distinto. La luz, lejos de ser un territorio firme para él, se presentaba como un enigma cambiante que exigía paciencia y coraje. «Antes de cumplir los doce años, me enfrenté a ocho operaciones de vista», relata el madrileño Carlos Matilla. Sin embargo, en medio de la incertidumbre, su infancia no perdió la dulzura. Aquella fragilidad temprana lo volvió tímido, sí, pero también profundamente sensible. Mientras otros corrían sin mirar, él se detenía, escuchaba, sentía. La vida le enseñó pronto a ir despacio, a abrazar lo incierto sin ruido, a encontrar calma en lo imperfecto. Y en ese silencio, en esa manera callada de crecer, empezó a descubrir que a veces la verdadera claridad no entra por los ojos, sino que nace de dentro.
Cuando llegó el momento de elegir su camino, dudó entre dos mundos un tanto… ¿diferentes? Por un lado, se inclinaba hacia la Historia. Por otro, hacia la Ingeniería Aeronáutica. «Me decanté por la segunda opción. Había escuchado que era una de las carreras más difíciles y me la tomé como un reto personal. Siempre he sido muy de retos, me gusta ponerme a prueba», expresa. Se formó en la Universidad Politécnica de Madrid e, incluso, comenzó a estudiar paralelamente Ingeniería Naval. Aunque no terminó esta segunda licenciatura, aprendió conceptos que marcaron un antes y un después en su vida.
DE RETO EN RETO
Durante su formación, trabajó en el centro de cálculo de la universidad y creó una plataforma en la que los estudiantes de Ingeniería Naval podían acceder a becas de todo el mundo. En este contexto, se topó con un concurso sobre vehículos automatizados. Otro desafío. «La competición tenía lugar en California, y fuimos el primer equipo de la Unión Europea en presentarnos. Teníamos que testear un robot submarino en una piscina enorme. Usamos tecnología de propulsión a chorro reutilizando bombas de autocaravanas», rememora.
Durante aquel viaje, tuvo la oportunidad de conocer a «personas maravillosas». Entre ellas, a los integrantes de una tuna mexicana. Aquella experiencia le gustó especialmente: él también formaba parte de una tuna, donde tocaba la bandurria. La música, en realidad, siempre ha sido uno de sus refugios. Hoy sigue cultivándola con la misma curiosidad de entonces: está aprendiendo canto y guitarra, como quien vuelve una y otra vez a un lugar donde todo encuentra su armonía.
Poco tiempo después, lideró otro proyecto, en aquella ocasión para vehículos aéreos y donde colaboró con la Universidad Pública de Navarra (UPNA). Fue precisamente ahí donde comenzó a forjarse su vínculo con la Comunidad foral. Y fue también ahí donde los drones se convirtieron en una extensión natural de su mirada.
EL GRAN PASO AL MUNDO EMPRESARIAL
«Quería crear una tecnología innovadora, pero aún no sabía para qué. Así que empecé a mirar prototipos y a dar vueltas a distintas ideas», apunta para acto seguido remarcar que, finalmente, en 2015 nació Fuvex como una spin off vinculada a la UPNA y a la Universidad Politécnica de Madrid.
Pero, en el fondo, aquello iba mucho más allá de la tecnología. Porque, si algo había aprendido desde niño, era que comprender el mundo exige ante todo saber mirarlo. Y Fuvex nacía precisamente de esa necesidad: la de aportar claridad donde antes solo había intuiciones.
Tradicionalmente, las líneas eléctricas ubicadas en el campo se inspeccionaban con helicópteros tripulados. Durante años, esa fue la única forma de vigilar infraestructuras que atraviesan paisajes remotos y difíciles. Fuvex decidió cambiar esa lógica sustituyendo ese vehículo por drones de largo alcance capaces de volar hasta veinte veces más lejos que uno convencional. «¿El resultado? Más territorio cubierto, más datos recogidos, mayor eficiencia y menos riesgo», defiende nuestro protagonista.
INVERTIR PARA INNOVAR
Con sede en Tudela, la compañía suma actualmente 78 trabajadores en plantilla y cerró 2025 con una facturación de 1,3 millones de euros. De cara a 2026, proyecta superar los 2 millones, tal y como adelantó este medio recientemente: «Este sector va a madurar mucho en los próximos años. Nuestra idea es encargarnos del 70 % de las inspecciones de la red en España el año que viene. También tenemos como objetivo escalar a nivel internacional en Latinoamérica y Europa«.

Fuvex cerró 2025 con una facturación de 1,3 millones de euros y, de cara a 2026, prevé superar los 2 millones.
En este sentido, Fuvex anunció el año pasado una ambiciosa hoja de ruta en la que prevé invertir 8 millones de euros en I+D durante los próximos años, con el objetivo de seguir ampliando sus capacidades tecnológicas y consolidar su posición en el mercado. Dentro de esa estrategia de crecimiento, la compañía levantó 1,7 millones de euros en una ronda de inversión liderada por Sodena, un impulso «clave» para acelerar su desarrollo. Pero su expansión no se detiene ahí. A finales de este mes, tiene previsto lanzar un crowdfunding para captar un millón de euros más: «El objetivo consiste en reducir costes operativos e impulsar nuestra expansión hacia nuevos mercados internacionales y áreas de actividad como los gasoductos, la agricultura, la seguridad y la defensa».
En ese equilibrio entre ambición y precisión, entre expansión y propósito, Fuvex sigue trazando su propio vuelo. Quizá su verdadero horizonte no resida en el cielo que atraviesan sus drones, sino en la forma en la que sus datos terminan cambiando lo que ocurre en la tierra. «En esta vida hay que soñar a lo grande. Tengo 38 años y ya no soy ese chico tímido que veía poco. Todo lo que he hecho hasta ahora me ha traído aquí, pero lo mejor aún está por venir. Estoy listo para afrontar el siguiente reto», concluye.













