domingo, 4 diciembre 2022

Ekaterina Bukareva, desde la ciudad que no sale en los mapas

Hace dieciocho años, ¿llegó a pensar que su vida sería parecida a como es hoy? "No, no me lo podía imaginar". Lógico porque entonces tenía 16 años, acababa de aterrizar en Navarra procedente de Rusia y ni siquiera conocía nuestro idioma. Pero, a partir de entonces, estudió en la universidad y consiguió un buen empleo. Concretamente, en una empresa dedicada al montaje de parques eólicos, Lowind, de la que se convirtió en directora general gracias a su buen hacer.

Miguel Bidegain
Pamplona - 8 enero, 2022

Ekaterina Bukareva llegó a Pamplona cuando tan solo tenía 16 años. (Fotos: Ana Osés)

Ekaterina Bukareva llegó a Pamplona en 2003, con 16 años, procedente de una localidad rusa de unos 60.000 habitantes, Zarechny, emplazada a unos 700 kilómetros de Moscú y que no aparece en los mapas: “Hay varias así, son ciudades secretas porque tienen fábricas o industrias militares”. En Zarechny se producen componentes de misiles. De hecho, la localidad se construyó alrededor de la fábrica y el acceso está restringido a quienes trabajan allí o tienen relación familiar con ellos. Su abuelo materno era ingeniero de la planta, y sus dos abuelas y su madre también eran empleadas. Es hija única y se crio, comenta, en un ambiente seguro gracias a las peculiares características de la ciudad.

Fue su madre la que tomó la decisión de salir, y lo hizo pensando en Ekaterina: “Quería que viviera en un lugar con una mentalidad más abierta, que fuera a la universidad… Se separó, dio el paso de cambiar su vida y, de paso, brindarme una oportunidad para que yo tuviera otro futuro”. Un hermano de su madre había venido en 2001 a Pamplona porque aquí tenía amigos que le ayudaron a establecerse: “Encontró trabajo y estaba muy a gusto. Eso animó a mi madre a venir en 2002, también consiguió un empleo y ahorró durante un año para traerme”.

Llegó a finales de junio de 2003. Y los Sanfermines casi fueron lo primero que conoció. “Me acuerdo de que las barracas estaban junto a la Casa de Misericordia. Me gustó mucho la ciudad, su ambiente, que estuviera tan cerca de las montañas y de la playa, toda esa variedad. Porque en Rusia vivía a 2.000 kilómetros del mar y las montañas a otros tantos. Eso me encantó”, confiesa con una sonrisa dulce que se extiende a toda su cara.

“Aquel verano fue muy emocionante. Todo era nuevo, diferente, en una ciudad más grande, pero tenía mis limitaciones porque no sabía el idioma, me daba miedo… y vergüenza hacer algo tan cotidiano como ir a comprar. Recuerdo que mi madre me encargaba recados. Por ejemplo, ir a recargar la tarjeta de la villavesa, para que fuera atreviéndome a hablar y a relacionarme con la gente”.

Quizás le delata un leve acento, pero domina el lenguaje a la perfección y se expresa con gran claridad y precisión. Aunque su adaptación no fue problemática, tuvo que romper con su vida anterior y el que hasta entonces había sido su entorno. “Eso fue difícil, echaba de menos a mis amigas, nos escribíamos cartas, alguna llamada de vez en cuando, intercambiábamos fotos… También fue complicado porque, al principio, nos tocó compartir piso con otra gente. En Rusia, por el contrario, teníamos el nuestro. Pero mi madre debía mantenerme y teníamos poco dinero”.

RÁPIDO PROGRESO

Convalidó los títulos obtenidos en Rusia y se reenganchó en 1º de bachiller. Ahí se muestra agradecida al Departamento de Educación por su diligencia al hacer los trámites, así como al director del IES Plaza de la Cruz, que les recibió amablemente cuando eligieron el centro para continuar sus estudios. Con Ekaterina se incorporaron alumnos búlgaros, moldavos, ucranianos, y el centro les asignó una profesora de castellano. “Nos vino muy bien, lógicamente teníamos que estudiar un montón de horas en casa, siempre con el diccionario en la mano. ¡Entonces no había Google Translate ni nada de eso!”, exclama riéndose.

Cuando llegó desde Rusia no sabía castellano, pero dos años después estudiaba en la UPNA.

Cuando llegó desde Rusia no sabía castellano, pero dos años después estudiaba en la UPNA.

Hizo el bachiller sin problemas y, en solo dos años, estaba en condiciones de estudiar el grado de Administración y Dirección de Empresas en la UPNA. En 2005 ingresó en la universidad, confirmando la proverbial facilidad de las personas de los países del Este para los idiomas y su etiqueta de buenos estudiantes. “Bueno, es que en Rusia exigen mucho en la escuela, te mandan mucha tarea para hacer en casa, en verano te vas con una lista muy larga de libros que tienes que leer… Allá era una alumna aplicada y mi madre siempre ha sido muy estricta conmigo. Estaba acostumbrada a estudiar, a esforzarme, eso me ayudó”.

“Trabajar como camarera los fines de semana me ayudó a mejorar el idioma y a relacionarme con la gente”.

Reconoce que el primer curso del grado se le hizo muy duro y suspendió varias asignaturas: “Pero al año siguiente aprobé todo 2º y las que me habían quedado de primero”. Le empujó el hecho de que era una carrera que siempre había querido estudiar -“de no ser por la dificultad del idioma hubiese hecho la doble, con Derecho”-, además de la urgencia por acabar y empezar a buscar trabajo. En realidad ya lo había hecho, concretamente en un bar para pagarse los estudios y el alquiler de un piso al que se fue con su madre en cuanto pudieron. “Trabajar como camarera los fines de semana me ayudó a mejorar el idioma y a relacionarme con la gente”.

Prácticamente toda su -todavía corta- carrera laboral ha estado ligada a Lowind, algo no frecuente en estos tiempos de cambios y movilidad. “Es que me gusta mucho mi trabajo. De no ser así, sería imposible hacerlo bien porque requiere muchísima dedicación. Más que un trabajo es un estilo de vida porque mis compañeros, y también algunos clientes, han pasado a ser amigos, gente de confianza con la que hablo y me siento muy bien”. Dirige una empresa dedicada al montaje de aerogeneradores para compañías como Nordex y Siemens Gamesa. Una actividad en la que destaca internacionalmente, según asegura, por varios motivos. “Por el gran valor del equipo humano, experimentado y comprometido, y la calidad de nuestro trabajo y la rapidez al ejecutarlo cumpliendo los plazos. Y, especialmente en el caso de Nordex, nuestro conocimiento de la tecnología de la torre de hormigón, que no hay muchas empresas en el mundo que la dominen”.

Durante un año trabajó para Lowind en Sudáfrica. Otro choque cultural que, sin embargo, supuso para ella “una experiencia muy buena”. Tanto es así que volvería a repetirla. “Es que Acciona nos adjudicó un proyecto, era el primer parque eólico con aerogeneradores de torre de hormigón que se montaba en África y el más grande. La empresa necesitaba abrir una delegación en Sudáfrica para ejecutarlo, se preguntó a los compañeros quién quería ir, me animaron y acepté. Fue un reto complicado, trabajé muchísimo, pero también era algo que quería porque me apetecía conocer mundo, viajar…”. El caso es que hizo tan bien las cosas que, al regresar a Pamplona, le ofrecieron la dirección general de la empresa. “Pedí un par de días para pensarlo, pero en realidad lo tenía claro. Oportunidades así no se dan todos los días y tenía que aceptar”.

FUTURO OPTIMISTA

Con Ekaterina al frente, Lowind ha crecido y se ha internacionalizado. Está presente en México, Argentina o Chile, entre otros países, siempre de la mano de Nordex y Siemens Gamesa, así como de otros clientes. Y en 2021 llegó a Brasil, un país que “en los próximos tres o cuatro años va a ser un mercado muy importante” para su compañía. Actualmente, la firma está a punto de terminar una gran instalación en Suecia, donde también continuará trabajando en 2022, al igual que en Italia, y proyecta levantar varios parques en Finlandia.

“Mi trabajo en Lowind es más bien un estilo de vida. Mis compañeros, y también algunos clientes, han pasado a ser amigos”.

Por eso, mira con optimismo a un futuro que apuesta por las energías renovables. “La verdad es que las previsiones son muy buenas, parece que va a haber mucho trabajo y que podremos seguir creciendo en los próximos años”.

Eso sí, como tantas otras empresas, Lowind también acusó inicialmente los efectos del Covid-19 y tuvo que recurrir a un ERTE. Del mismo modo, le afectaron las restricciones a la movilidad porque la mayoría de sus obras están en otros países. “Pero sobrevivimos, hemos vuelto a la normalidad y, en 2021, hemos aumentado la facturación alrededor de un 20 %, más o menos al nivel de 2019”. La plantilla ha crecido hasta las 200 personas, 90 de ellas están en España y las demás en el resto del mundo.

No es una empresa inversora, aunque continuamente debe dotarse de herramientas y equipos. Y el año pasado reformó sus oficinas de Huarte. Ekaterina se ríe tímidamente. “Todo el mundo quiere trabajar aquí, somos un equipo joven, nos llevamos bien y el ambiente es muy bueno”. Influyen las facilidades que tienen para conciliar la vida familiar y laboral, algo que fomenta desde el convencimiento. “Cuanto mejor se siente una persona en el trabajo más aporta. Lo veo en mis compañeras, que valoran esa flexibilidad que les permite ir a buscar a sus hijos o teletrabajar porque alguno ha enfermado. Cuanto más das, más recibes”.

Bukareva, junto al mapamundi que adorna su reformado despacho.

Bukareva, junto al mapamundi que adorna su reformado despacho.

Los méritos de Ekaterina, más que demostrados, hacen que objetivamente sea un referente para otras mujeres. Cuando se lo comentamos, vuelve a dibujar una sonrisa discreta y responde con consejos. “Tienes que confiar en ti misma, vencer esa inseguridad y la timidez. Y, sobre todo, hay que trabajar mucho, ser muy constante y exigente contigo. Esa disciplina es lo que ayuda a superar todo y a crecer en cualquier trabajo. Si eres trabajadora, proactiva e implicada, vas a ser valorada”.

“Alguna vez he ido a reuniones con un compañero y piensan que el director es él y no yo”.

También fue reconocida por la Asociación de Mujeres Empresarias y Directivas de Navarra (Amedna / Neeze), que le concedió en 2019 el premio a la directiva del año. Cuando lo recibió, animó a las mujeres a esforzarse para superar las barreras a las que tienen que enfrentarse. Pero si tropezó con dificultades, ella parece haberlas olvidado: “Bueno, tengo que reconocer que me fue muy bien y que tanto los socios de la empresa como los compañeros me apoyaron y siempre me he sentido valorada y querida. Les estoy muy agradecida”. Asegura que tampoco ha sentido discriminación por el hecho de ser migrante. “Quizás me han podido mirar con curiosidad porque no son habituales las mujeres jóvenes en un sector tan masculinizado… Alguna vez he ido a reuniones con un compañero y piensan que el director es él y no yo”, señala separando las manos en un gesto que podría equivaler a qué le vamos a hacer.

¿Si no hubiera venido, qué vida habría tenido en Rusia? Piensa unos segundos antes de contestar que habría estudiado lo mismo o alguna carrera parecida. “Quizás más enfocada a Derecho porque esa profesión siempre me ha llamado… Pero habría estudiado una carrera universitaria, eso lo tengo claro”. La pandemia le ha impedido regresar a su país, como acostumbraba a hacer una vez al año, pero su intención es “ir en breve”. Como tiene un mapamundi en su despacho, le pedimos que nos indique dónde está Zarechny. Señala la zona y nos dice que compró el mapa porque aparece Penza, la capital de la provincia donde está su ciudad. Pensamos que, tras su experiencia en Navarra, tal vez confiese que su visión de Rusia es un tanto negativa, pero no es así. “Veo que ha cambiado muchísimo a mejor, ha evolucionado y se ha abierto al exterior, el país está haciendo inversiones en infraestructuras y carreteras, que siempre ha sido uno de sus puntos débiles… Bien, la veo bien, se están actualizando las pensiones… Cuando me marché, nadie quería ser funcionario, policía o profesor. Eso ha dado un giro radical porque han mejorado sus condiciones laborales”. Entonces, ¿tenemos una imagen distorsionada del país, quizás por razones políticas? “Creo que sí… Bueno, hablo de lo que ha ocurrido con mis familiares y mis amigos. Su nivel de vida es bueno, hay seguridad…”.

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