Desde el puerto, alargaba la mirada y oteaba el horizonte. Con echar un simple vistazo al mar, Ricardo Llátser ya sabía el tiempo que se avecinaba. Si percibía en el oleaje cierta espuma blanca, sonreía. Aquello significaba que se avecinaban fuertes ráfagas de viento. Bajaba la vista hacia su velero, amarrado junto al muelle como un animal impaciente. El casco, gastado por años de sal y travesías, relucía bajo el sol con ese característico brillo mate de las cosas que han vivido demasiado. Aflojaba las amarras con la delicadeza de quien desata un recuerdo, y el barco, al sentirse libre, crujía agradecido. Pronto aprendió a leer el océano del mismo modo que otros descifran un mapa: por intuición, costumbre y, sobre todo, amor.
También le apasionaba el esquí, hobby que a sus 64 años todavía mantiene. Cuando la temporada de nieve llegaba, cambiaba el olor del salitre por el del pino. Le bastaban un par de horas para pasar del puerto a la montaña, donde la calma del mar se transformaba en un silencio blanco y expectante. Allí, entre cumbres y ventiscas, encontraba una sensación parecida a la de navegar: el mismo vértigo del movimiento y la misma necesidad de equilibrio.
Nacido en Castellón y criado en Tarragona, estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Politécnica de Cataluña, aunque nunca ejerció como ingeniero. ¿Por qué? Lo cierto es que, al finalizar la carrera, se percató de que el mundo de la empresa le cautivaba especialmente. «Y así, acabé la mili y empecé mis estudios en IESE Business School. Durante mi formación aprendí que uno vale lo que demuestra que hace», relata.
DEL MARKETING A DIRIGIR EQUIPOS
Decidió dar el primer paso en el mundo laboral de la mano de Matutano, cuya central se ubicaba en Barcelona: «Empecé como assistant, luego fui assistant del asisstant, assistant junior, assistant senior… Durante tres años pasé por todas las fases hasta llegar a responsable de Marketing de la gama de patatas».
Entonces, pensó que realmente su sueño sería liderar equipos. Y fichó como director general de Lafarge, compañía francesa especializada en construcción. «Aquella fue mi primera experiencia rockera. Permanecí siete años en la empresa y dirigí un equipo de 350 personas. Lo más gracioso es que yo era el más joven de todos ellos», recuerda entre risas.
Más tarde, trabajó como director de Ventas a nivel nacional en el Círculo de Lectores. Durante cuatro años, lideró un equipo de 450 personas. Hasta que de pronto, en 2001, recibió una interesante propuesta de Timac Agro…
«¿Fertilizantes? ¿En Pamplona? Ni de broma», pensó de primeras. Pero el puesto era de director general. Y aquello lo sedujo: «Acudí a la entrevista y comprendí que desarrollaban productos distintos a la competencia. La empresa pertenecía al Grupo Roullier, que es francés, e invertía mucho en investigación para crear productos más eficaces. Y decidí probar».
EL MUNDO DE LOS FERTILIZANTES
Aunque «no sabía mucho de agronomía», estaba rodeado de profesionales que sí sabían. Y pronto aprendió a desenvolverse bien en aquel mundillo. Sobre todo, disfrutaba del modus operandi de la compañía. «Hay técnicos que van al campo a ver al agricultor. Nuestros ingenieros les asesoran para que estos puedan ver cómo evolucionan sus cultivos con la aplicación de nuestros productos», aclara para acto seguido recalcar que Timac Agro cuenta con más de 470 empleados en plantilla, de los cuales 270 son ingenieros agrónomos que imparten formaciones o visitan tierras cultivadas.
Antes de desgranar las líneas de negocio de la firma, Ricardo lanza al aire una metáfora, y nosotras escuchamos con atención… El ser humano se alimenta con comida, hasta ahí estamos todos de acuerdo. Pero también existen las vitaminas, e incluso las medicinas que nos tomamos cuando estamos enfermos. Con las plantas sucede exactamente lo mismo: «Los vegetales comen fertilizantes, pero también tienen debilidades. Estrés, frío, alta temperatura… Hay muchos factores que influyen en su salud, igual que nos sucede a nosotros. Las plantas necesitan vitaminas, como por ejemplo bioestimulantes. Eso es precisamente lo que fabricamos en la planta productiva de Lodosa«.
«España es el país con mayor número de hectáreas fertirrigadas del mundo. Por eso, fabricamos el granulado que se derrama sobre el cereal y también abono hidrosoluble», agrega acto seguido. De hecho, Timac Agro produce unas 260 toneladas de fertilizantes al año. Cifra que se ampliará a raíz de la inversión de 12 millones que la firma anunció en los dos centros productivos que posee en Navarra y Sevilla. En concreto, la planta andaluza se enfoca en la fabricación de microorganismos y biocontrol. «Cada año crecemos un promedio de un 10 %», precisa.
La empresa alcanzó los 185, 5 millones de euros facturados en 2024 y proyecta rozar los 200 millones en 2025. De cara al próximo año, planea seguir con la línea de crecimiento que ha experimentado estos últimos años: «Tenemos capacidad para crecer porque todavía queda mercado por conocer».
INNOVAR PARA CRECER
Satisfecho, nuestro protagonista apunta que innovar es clave para Timac Agro. De hecho, por este motivo recibió recientemente el Premio Cámara Navarra 2025 en la categoría de Innovación: «Nos hace muchísima ilusión que la sociedad se fije en nuestro ADN. La gente ve que somos la familia navarra de un grupo francés y que siempre intentamos mejorar. Eso nos anima a continuar en esta misma senda».

Antes de aterrizar en Navarra, Ricardo trabajó en compañías como Matutano, Lafarge o el Círculo de Lectores.
En este sentido, la compañía lanzará a partir de diciembre un nuevo proyecto. A través de su tecnología, desarrollará un abono líquido de nitrógeno «completamente ecológico». La idea consiste en aprovechar residuos generados por diversas empresas, como plumas de aves o lana, y convertirlos en fertilizantes. «La pregunta que siempre nos hacemos es: ¿Cómo podemos conseguir que un agricultor produzca de manera más rentable? Y para responderla, debemos investigar e innovar. Eso es lo más importante», puntualiza.
Esboza una sonrisa al reflexionar sobre todos los retos que ha afrontado a lo largo de su carrera, y los que todavía le quedan por explorar. De hecho, esa curiosidad y ganas de aprender no se limitan al trabajo: «Sigo esquiando, como hacía de niño, y pruebo suerte con el golf… ¡Aunque reconozco que no se me da especialmente bien!».













