Los pasillos de su casa estaban repletos de juguetes que ya dejaban entrever en qué sector aterrizaría en el futuro. Camiones, dumpers, grúas, excavadoras de plástico… En lugar de soldados o superhéroes, su ejército lo formaban máquinas pesadas, alineadas como en un parque logístico en miniatura. Las paredes sufrían las sacudidas de obras imaginarias, los muebles hacían de andamios improvisados y los cojines del sofá se convertían en montañas que había que excavar con precisión quirúrgica. Y así, entre simulacros de derribos, el pequeño Javier Jordán pasaba las horas inmerso en su propio mundillo de construcciones caseras.
Cuando se marchaba de viaje con su familia, antes de visitar cualquier zona turística, su padre, Luis, conducía despacito y le mostraba las obras que salpicaban la carretera. Desde el coche, afinaban la vista para contemplar puentes en construcción, andamios y grúas que parecían rozar el cielo. No necesitaban mapas ni audioguías: el verdadero espectáculo, para ellos, estaba en los cimientos. Esas paradas improvisadas, aparentemente sin importancia, fueron sembrando en él algo más profundo que una simple afición. Fue ahí, entre tierras removidas y estructuras a medio hacer, donde empezó a entender que construir no significaba simplemente levantar edificios, sino también imaginar lo que aún no existe y tener el valor (y la técnica) para hacerlo realidad.
Llevaba en la sangre la pasión por la construcción. Sin embargo, cuando llegó la hora de elegir carrera universitaria, se decantó por estudiar Finanzas en el Colegio Universitario de Estudios Financieros (CUNEF) de Madrid: «Pensaba que podría adquirir ciertos valores que más tarde me serían de utilidad en caso de tener que liderar un proyecto,. Y fue todo un acierto».
COMO EN CASA EN NINGÚN SITIO
Al finalizar sus estudios, fichó por Ence, dedicada a la producción de celulosa y energía renovable. Lo que comenzó como una aventura de becario con el tiempo ganaría más y más relevancia. Finalmente, llegó a ocupar el cargo de gerente de Control de Gestión Corporativa. «Fue una época de no parar, de curtirme y de hacer una especie de mili antes de regresar a mi Pamplona natal y adentrarme en la empresa familiar», relata.

Javier, de 33 años, representa a la tercera generación de la familia Jordán, propietaria de Obras Especiales.
Tras cinco años en la compañía madrileña, sus padres le propusieron volver a casa y continuar su desarrollo profesional en Obenasa (actual Obras Especiales), la compañía fundada por José Ballarín, su abuelo. Los inicios de la firma se remontan a 1979: «Por aquel entonces, la empresa se dedicaba al saneamiento de calzadas y aceras de casi todos los pueblos de Navarra».
Unos años más tarde, fue su progenitor, Luis Jordán, quien tomó las riendas. Aventura a la que después se unió su mujer, María José Ballarín, quien también protagonizó una Entrevista de Trabajo en 2019. Desde el pasado septiembre, es Javier quien se encuentra al frente de la empresa como director general. «Para mí supone un reto mayúsculo, pero también un orgullo. Después de ocupar el cargo de director adjunto durante cinco años y aprender cada día un poquito más, estoy preparado para continuar con el legado familiar», asiente satisfecho.
UNA INFINIDAD DE PROYECTOS
Obras Especiales cuenta con delegaciones en Navarra, Gipuzkoa, Bizkaia, Aragón y Madrid, y ha realizado proyectos puntuales en lugares como Elche, Extremadura o Cuenca. Entre las iniciativas favoritas de nuestro protagonista, se encuentra la construcción del pabellón Navarra Arena en sus fases 1 y 2, el aparcamiento de Carlos III de Pamplona y la peatonalización de la avenida: «Hemos hecho una infinidad de proyectos. A veces voy paseando, me fijo y pienso que hemos conseguido muchísimas cosas en estos 46 años de trayectoria».
El objetivo de la compañía es «mantener el volumen de negocio» que maneja en la actualidad. En los dos últimos años, la plantilla ha pasado de estar conformada por 200 profesionales a sumar 360. En este sentido, la facturación se ha mantenido «estable», en torno a los 180 millones anuales. «Tenemos una cartera de 230 millones, es decir, todavía tenemos obras pendientes de ejecutar. En Obras Especiales hay poca rotación de personal y poco a poco se han ido incorporando nuevas generaciones. Eso nos da valor como empresa», puntualiza.
En 2009, la empresa familiar comenzó su andadura internacional en Chile. Allí se especializó en la construcción de centrales hidroeléctricas. Sin embargo, actualmente la firma está «replegando» su actividad en el país americano: «Todo nuestro equipo está volviendo a España, ya que hay suficiente volumen de trabajo y queremos centrarnos en los proyectos desarrollados aquí».
A sus 33 años, todavía no ha olvidado lo mucho que le marcaron los juguetes que le regalaba su padre cuando era crío. Quizá por eso ha querido repetir el gesto con sus propios hijos, de tres y cuatro años, que ya muestran el mismo entusiasmo que él sentía por las máquinas de construcción. En su casa, una pequeña retroexcavadora se ha convertido en el centro de su escenario: se suben, la empujan, se turnan para fingir que la conducen y pasan las horas moviéndose de un lado a otro como si estuvieran en una verdadera obra. Una escena que, más que un simple juego, parece cerrar un círculo que empezó muchos años atrás, con un camión de juguete y unos padres que supieron sembrar una pasión.













