jueves, 4 junio 2026

El cine que resiste desde la independencia, según Helena Taberna y Juanma Bajo Ulloa

El director vitoriano llegó a hipotecar tres veces su casa para sacar adelante sus películas, mientras que la cineasta navarra defendió el camino recorrido por las mujeres para conquistar una voz propia dentro de la industria audiovisual. Ambos protagonizaron un elegante duelo verbal que captó la atención de los asistentes a una nueva edición de los Encuentros LK Topaketak, organizados por Navarra Capital y Laboral Kutxa.


Pamplona - 29 mayo, 2026 - 18:36

El diálogo entre Juanma Bajo Ulloa y Helena Taberna confirmó que no se les puede etiquetar como "cineastas acomodados". (Fotos: Víctor Ruiz).

Hay una frase atribuida a François Truffaut que sostiene que las películas avanzan como trenes en la noche. Algunas llegan a destino. Otras se detienen en estaciones imprevistas. Muchas no completan jamás el viaje. Durante más de hora y media, Juanma Bajo Ulloa y Helena Taberna hablaron precisamente de eso en Pamplona: de las películas que nacen, de las que sobreviven y de las que se quedan para siempre en el andén.

La Escuela Navarra de Teatro acogió una nueva edición de Encuentros LK Topaketak, el ciclo impulsado por Laboral Kutxa y Navarra Capital, que continúa consolidándose como un espacio de conversación en torno al conocimiento, la cultura y las trayectorias vitales. Bajo el título «Rodar contra todo: el cine que resiste, pasión y supervivencia», el director vitoriano y la cineasta navarra protagonizaron una conversación conducida por el periodista Alberto Guzmán que terminó siendo mucho más que un diálogo sobre cine. Fue también una reflexión sobre la vocación, la libertad creativa, las renuncias, los cambios de la industria y la obstinación necesaria para sostener una mirada propia cuando el contexto parece invitar a abandonarla.

Si algo quedó claro desde los primeros compases del encuentro es que ninguno de los dos pertenece a la estirpe de los cineastas acomodados. Sus trayectorias se han construido lejos de los caminos rectos y de las certezas. Entre ambos suman algunas de las obras más reconocibles surgidas del cine vasco y navarro de las últimas décadas, pero detrás de cada película celebrada por el público aparecen años de incertidumbre, proyectos frustrados, dificultades económicas y decisiones que exigieron mucho más que talento.

Bajo Ulloa recordó que nunca contempló el cine como una profesión a su alcance. Hijo de fotógrafo y fascinado desde joven por la imagen y la música, llegó a los cortometrajes casi por intuición, convencido de que el mundo del celuloide pertenecía a otros lugares y a otras personas. Sin embargo, la experiencia de proyectar por primera vez uno de sus trabajos ante un público desconocido cambió para siempre su relación con la creación. Aquella sensación de comprobar que alguien “había entendido exactamente lo que quería contar” se convirtió en una poderosa llamada difícil de ignorar. Desde entonces, explicó, el cine ha sido para él “una forma de comunicación y también una forma de vida”.

Taberna evocó un descubrimiento parecido, aunque atravesado por una realidad distinta. Desde niña vivió fascinada por las películas y por las historias que era capaz de imaginar a partir de los fotocromos que se exhibían en los cines de Altsasu. Sin embargo, durante mucho tiempo ni siquiera se planteó la posibilidad de convertirse en directora porque apenas encontraba mujeres ocupando ese púlpito. El hallazgo de otras cineastas le permitió imaginar un futuro que hasta entonces parecía reservado a otros. «Una de las tragedias que hemos sufrido las mujeres ha sido la imposibilidad de soñar», reflexionó en una de las intervenciones más celebradas de la tarde.

EL PEAJE DE LA LIBERTAD CREATIVA

Esta última aseveración sirvió para introducir uno de los grandes temas del encuentro: el precio de la independencia. Ambos cineastas coincidieron en señalar que la libertad creativa suele tener un coste elevado, aunque cada uno la haya experimentado de manera diferente. Bajo Ulloa lo expresó con una contundencia nacida de la experiencia. Recordó que llegó a hipotecar tres veces su casa para sacar adelante sus proyectos porque, sencillamente, no encontraba otra manera de hacerlos realidad. «Lo que más alto precio se paga en esta vida es la independencia», afirmó al repasar una trayectoria marcada por la necesidad de defender sus películas incluso cuando parecía imposible financiarlas.

Taberna compartió una reflexión similar desde otra perspectiva. A lo largo de su carrera, explicó, ha preferido asumir las dificultades derivadas de preservar una voz propia antes que renunciar al control sobre sus historias. Directora de títulos como Yoyes, La buena nueva, Nagore o Nosotros, reivindicó la importancia de proteger la mirada autoral y recordó con orgullo que ninguna de sus películas ha dejado de responder a la visión con la que fueron concebidas. «Nadie me ha quitado un plano», resumió.

La conversación fue construyendo así un retrato poco habitual del oficio cinematográfico, alejado de los focos y de las alfombras rojas. Tanto Bajo Ulloa como Taberna insistieron en que la parte más dura del trabajo rara vez coincide con el rodaje. Lo verdaderamente complejo suele ocurrir mucho antes: durante los años dedicados a escribir, buscar financiación, convencer a productores, negociar apoyos o intentar sacar adelante proyectos cuya existencia nunca está garantizada.

Las plataformas, los nuevos hábitos de consumo y otras tendencias de futuro a las que se enfrenta el cine estuvieron presentes en esta edición de los Encuentros LK Topaketak.

En ese sentido, uno de los momentos más interesantes de la tarde llegó cuando ambos hablaron de las películas que nunca llegaron a materializar. Bajo Ulloa recordó proyectos en los que trabajó durante años y que acabaron desapareciendo sin dejar más rastro que el esfuerzo invertido. Entre ellos mencionó una película cuyo desarrollo se prolongó durante cerca de siete años entre distintas versiones de guion, cambios de productora y sucesivos intentos de financiación hasta terminar diluyéndose.

También evocó los dos años que dedicó a preparar una adaptación de Capitán Trueno, concebida como una gran película de aventuras de vocación internacional que finalmente nunca llegó a materializarse en los términos que él había imaginado, así como el caso de El manso, proyecto en el que trabajó durante cerca de dos años antes de que terminara siendo dirigido Ricardo Franco bajo el título de La buena estrella. «La gente cree que no haces nada, pero llevas siete años trabajando en una película que nunca se hará», resumió. Taberna también compartió experiencias similares, recordando proyectos que no lograron encontrar el respaldo necesario pese al tiempo y la energía dedicados a ellos.

Como en el célebre 8½ de Fellini, sobrevoló durante varios momentos la idea de las películas imaginadas, de esas obras que forman parte de la biografía de un director aunque jamás lleguen a existir sobre una pantalla. Porque, como ambos dejaron entrever, el cine está hecho tanto de las películas que vemos como de todas aquellas que se quedaron por el camino.

LOS GRANDES DESAFÍOS DEL AUDIOVISUAL CONTEMPORÁNEO

El diálogo avanzó después hacia algunos de los grandes desafíos que afronta hoy la industria audiovisual. Las plataformas, los nuevos hábitos de consumo, la inteligencia artificial, las ayudas públicas o el futuro del lenguaje cinematográfico aparecieron de forma natural en una conversación que alternó la experiencia personal con la reflexión colectiva. Taberna defendió la necesidad de preservar la capacidad de sugerencia y de experimentación del cine frente a modelos narrativos cada vez más explícitos, mientras que Bajo Ulloa expresó su preocupación por determinadas dinámicas que, a su juicio, limitan la libertad creativa y condicionan los contenidos que encuentran respaldo institucional o industrial.

Fue en este tramo donde surgieron algunas de las discrepancias más visibles de la tarde. Especialmente al abordar cuestiones relacionadas con el progreso social, el feminismo o los límites de la representación.  Taberna defendió que la sociedad actual ofrece espacios de igualdad y representación impensables hace apenas unas décadas y sostuvo que ella misma ha ganado libertad como creadora gracias a esos cambios. Bajo Ulloa, por el contrario, expresó su preocupación por el creciente peso de la autocensura y por determinadas dinámicas que, a su juicio, condicionan cada vez más la creación artística. «Lo más grave no es la censura, sino vivir en una cárcel mental», llegó a afirmar el director vitoriano, mientras que la cineasta navarra reivindicó la necesidad de construir una sociedad «más justa e igualitaria» y recordó que muchas de las conquistas recientes responden a desigualdades que durante años permanecieron normalizadas.

Sin embargo, lejos de monopolizar el encuentro, esas diferencias sirvieron para mostrar dos sensibilidades distintas ante una misma realidad y aportaron intensidad a una conversación que mantuvo en todo momento el interés del público. Más que una confrontación, lo que se produjo fue un ejercicio de contraste entre dos autores acostumbrados a pensar el cine desde el arrojo y la convicción, lo que describió Albert Camus cuando afirmó que «la verdadera generosidad con el futuro consiste en entregarlo todo al presente».

El turno de preguntas permitió ampliar el foco hacia el momento que vive actualmente el sector audiovisual en Navarra y Euskadi. Bajo Ulloa reconoció que los incentivos fiscales han contribuido a dinamizar la producción y recordó que fueron determinantes para sacar adelante su última película. Al mismo tiempo, advirtió sobre el riesgo de generar una expansión difícil de sostener si no va acompañada de formación y estructura profesional suficiente. Taberna, por su parte, puso el acento en la necesidad de seguir fortaleciendo un ecosistema creativo capaz de ofrecer oportunidades a nuevas generaciones de cineastas y consolidar una industria con raíces propias.

Hubo tiempo también para revisitar Airbag y Yoyes, dos títulos que forman parte del imaginario colectivo de varias generaciones y que permitieron reflexionar sobre cómo envejecen las películas y cómo cambian las lecturas que hacemos de ellas con el paso de los años. Se habló de premios, de influencias, de los directores que han marcado sus respectivas trayectorias y de aquellas obras que les hicieron comprender que el cine podía convertirse en una forma de expresión irrenunciable.

Al finalizar el encuentro, quedó la sensación de haber asistido a una conversación sobre el cine, pero también sobre algo mucho más amplio. Quizá por eso la palabra que mejor resume la tarde no sea industria, ni financiación, ni siquiera cine. Quizá sea resistencia. La misma resistencia que llevó a un director a hipotecar tres veces su casa para seguir rodando y a una cineasta a abrirse camino en un territorio donde durante demasiado tiempo las mujeres apenas podían imaginarse detrás de una cámara. La misma resistencia que, décadas después, sigue alimentando historias y manteniendo vivo el deseo de contarlas.

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