jueves, 4 junio 2026

Una clase magistral de vida y arte con María Bayo: «Nunca he dejado de aprender»

Más de setenta personas asistieron en La Fábrica de Gomas al segundo Encuentros LK Topaketak de 2025, donde la soprano navarra María Bayo conversó con el periodista Alberto Guzmán sobre los sacrificios, la disciplina y la belleza de una vida entregada al arte. En un diálogo íntimo y sincero, la artista repasó sus inicios, su carrera internacional y las luces y sombras de una profesión que exige tanto como da a quienes se entregan a ella.


Pamplona - 31 octubre, 2025 - 13:52

La soprano María Bayo protagonizó el segundo 'Encuentro LK Topaketak' conducido por Alberto Guzmán. (Fotos: Víctor Ruiz)

Pamplona volvió a vibrar con la música. Y bastó una sola voz, la de María Bayo, cálida, firme, cercana, para llenar de emoción la nave de La Fábrica de Gomas, convertida en escenario del segundo Encuentro LK Topaketak de 2025. Organizado por Laboral Kutxa y Navarra Capital, el ciclo regresó tras su estreno en junio con una cita dedicada a la cultura, el arte y la búsqueda de la excelencia, esta vez protagonizada por la soprano navarra y guiada por el periodista Alberto Guzmán.

Más de setenta asistentes, compuesta en su mayoría por melómanos, aficionados al canto y amantes de la cultura, se sentaron frente a una de las voces más reconocidas de la lírica española, una artista que ha llevado el nombre de Navarra a los principales teatros del mundo: La Scala de Milán, la Ópera de París, el Teatro Real o el Metropolitan de Nueva York. El formato, un diálogo íntimo y sin artificios, permitió que Bayo se mostrara sin la distancia del escenario, tan humana como fascinante.

El encuentro arrancó con humor, con Bayo riéndose de las complicaciones logísticas para regresar a su tierra desde Valencia, donde reside. «Cada vez que tengo que venir a Pamplona es una epopeya», bromeó, provocando carcajadas entre el público. Pero enseguida el tono viró hacia lo esencial. Guzmán, que ya la había entrevistado en plena pandemia, proyectó en la pantalla un vídeo de archivo: un fragmento de un concierto de 1993, cuando la soprano actuó en el 25º aniversario de Caja Laboral. «¿Qué le diría hoy aquella María Bayo a la de entonces?», le preguntó.

Bayo no dudó: «Que ha recorrido un camino maravilloso. Que he crecido con lo que he recorrido y que nunca he olvidado mis raíces. Creo que mi carrera ha sido tan fructífera porque soy muy cabezona, muy navarra. Aquí el esfuerzo y la constancia se nos dan bien».

María Bayo asegura que no ha olvidado de dónde viene. «Fitero me ha enseñado a no rendirme», asegura

Esa mezcla de fuerza y humildad, de determinación y ternura, atravesó toda la conversación. La soprano recordó sus primeros años en Fitero, «un pueblo que suena a románico, a familia, a verdura, a juegos en la calle». Allí comenzó todo, entre guitarras y jotas. «Mi padre cantaba jotas hasta los noventa años y creía que lo hacía mejor que yo», recordó entre risas.

Soñaba con ser guitarrista. «Me matriculé en el Conservatorio Pablo Sarasate para estudiar guitarra clásica. No había plazas, y pensé: ‘Bueno, haré canto para entrar en la coral’. La profesora me pidió que le cantara algo con la guitarra y me dijo: ‘Ven a clase de canto, te quiero en mi aula’. Así empezó todo».

De esa intuición nació una carrera internacional. Con una beca del Gobierno de Navarra, partió hacia Alemania, en un viaje casi novelesco. «Me fui a lo más difícil: el alemán. Quería hacer Lied, canción culta, oratorios. Aquello me abrió el mundo». Su relato, entre nostálgico y divertido, rescató escenas de otro tiempo: travesías interminables por Francia y Alemania, huelgas, nieve hasta la cintura, llamadas desde cabinas con monedas. «Eran otros tiempos. Costaba un día y medio llegar, pero había algo de aventura. No lo cambiaría».

El salto a los grandes escenarios llegó de la mano del talento y la curiosidad. «Nunca he dejado de aprender. Dentro de lo que podía hacer, quise crecer. He hecho mucho Mozart y Rossini, pero también música francesa, por eso me dieron la Medalla de las Artes y las Letras de Francia».

El público —atento, emocionado, casi en silencio— escuchaba a una artista que hablaba con la misma precisión con la que canta. Cada frase tenía la estructura de una partitura: intención, pausa y sentido. «Desde fuera parece fácil», dijo. «Pero cada paso, cada respiración, cada gesto en el escenario está trabajado. Nada es casual. Todo está pensado para que parezca natural».

La conversación fluía con ritmo de sonata. Guzmán acompañaba con preguntas que abrían nuevas escenas: los inicios, los miedos, los viajes, las noches de soledad después de los aplausos. En cada respuesta, Bayo parecía desmontar el mito de la diva para revelar algo más interesante: una mujer que ha hecho de la exigencia una forma de vida.

TRAYECTORIA REPLETA DE SACRIFICIOS

Cuando la conversación giró hacia los sacrificios, la voz de María Bayo se volvió más pausada, más honda. «Al principio de la carrera, te preguntas por qué elegiste esta profesión. Te dices: ‘Estarías mejor haciendo otra cosa’. Pero una vez que sales al escenario, eres otra persona. El miedo desaparece. O casi».

La artista habló del vértigo de enfrentarse al público, de esa mezcla de vulnerabilidad y poder que define a los grandes intérpretes. «Con el tiempo cambia la relación con el miedo. Al principio eres más ingenua, te entregas de otra manera. Después aprendes que tienes que controlarlo todo: tu voz, tu cuerpo, la orquesta, a tus compañeros. No puedes permitirte perder el control. Pero también tienes que seguir siendo tú».

En sus palabras asomaba la paradoja de la ópera: un arte que exige perfección en la técnica, pero que también demanda emoción a los intérpretes. De ahí el título del encuentro —El precio de la perfección—, que resonó como una metáfora de toda una vida. «Esta carrera te da mucho, pero también te quita mucho», confesó. «Hay que dejar cosas atrás: amigos, familia, momentos. He tenido que decir muchas veces ‘no puedo quedarme’. En Alemania era más fácil, porque a las seis todos estaban en casa. En Navarra no tanto —hay demasiada juerga—», bromeó, arrancando otra risa cómplice del público.

Entre el público, melómanos, aficionados al canto y amantes de la cultura. Todos disfrutaron de una de las voces más reconocidas de la lírica española

Sin embargo, detrás del humor se adivinaba la dureza del oficio. Bayo relató noches en Hamburgo o San Francisco en las que, tras los aplausos, volvía sola al hotel. «Te tomas una copa de vino, si tienes, y tratas de dormir. Pero la adrenalina no te deja. Estás tan eufórica que no puedes conciliar el sueño».

Su fortaleza parece venir de esa mezcla de disciplina y terquedad navarra. «He trabajado mucho, pero también he tenido suerte. Me he cuidado, he sido fuerte. Apenas he tenido que cancelar actuaciones. Y eso, en esta profesión, es un milagro».

A medida que la charla avanzaba, la conversación se tornó más personal. Recordó a su madre, una mujer que la acompañó «en los mejores momentos» de su carrera, y se detuvo en una de las anécdotas más conmovedoras de la tarde. «Ella murió mientras yo estaba en Los Ángeles. Me dijeron que tenía que volver. Crucé medio mundo, llegué a Fitero para enterrarla y volví al día siguiente para cantar la primera función. La hice… y me quedé afónica». Su voz se quebró apenas un segundo. En la sala, nadie se movió.

La emoción se mezclaba con el respeto. Había algo profundamente humano en aquella confesión, en la manera en que hablaba del sacrificio sin dramatismo. «Esto no es un trabajo —dijo—, es una forma de vida. Te exige todo, pero también te da todo».

Bayo habló también del escenario como un territorio de aprendizaje continuo. «Cada producción me obligaba a reinventarme. No hacía ‘bolos’. Me quedaba meses trabajando el papel, conociendo a mis compañeros, al director de escena. Me aclimataba al país, al idioma, a la gente. Eso te cambia, te hace crecer».

CURIOSIDAD COMO COMBUSTIBLE

El conductor quiso saber cómo se mantiene la pasión después de cuatro décadas de carrera. La respuesta fue inmediata: «Aprendiendo. Yo sigo teniendo curiosidad. Ahora que soy docente, me preocupa ver que algunos alumnos ya no tienen tantas ganas de aprender. Yo sigo queriendo saber más, entender más. Esa curiosidad me mantiene viva».

Al final de la charla, el público intervino con preguntas que prolongaron la sensación de cercanía: sobre la docencia, la zarzuela, el papel de la mujer en la música. «Todavía hay pocas mujeres en cargos de responsabilidad», afirmó. «Va cambiando, poco a poco, pero aún no lo suficiente».

La conversación cerró con una reflexión sobre la identidad artística. «No he olvidado de dónde vengo. Fitero me ha enseñado a no rendirme, a ser constante, a valorar lo que tengo. He recorrido el mundo, pero siempre he vuelto a casa. Mi carrera no se entendería sin mi tierra».

María Bayo logró transformar una simple conversación en una experiencia compartida, íntima y luminosa.

Cuando los aplausos llenaron La Fábrica de Gomas (casi un minuto de ovación, como si hubiese ofrecido un recital de los de antaño), la sensación era la de haber asistido no solo a una entrevista, sino a una clase magistral de vida y de arte. María Bayo, una de las voces más reconocidas del panorama lírico internacional, logró algo único: transformar una conversación en una experiencia compartida, íntima y luminosa.

Encuentros LK Topaketak se despidió con un eco difícil de olvidar: el de una artista que, después de cuarenta años de carrera, sigue enseñando canto con la misma entrega con la que aquella joven de Fitero se presentó, guitarra en mano, a su primera clase.

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