
Marrubi Rodríguez.
Durante demasiado tiempo hemos evaluado el éxito de las organizaciones casi exclusivamente por sus resultados económicos. Hemos celebrado el crecimiento, la productividad o el alcance de los proyectos, mientras relegábamos a un segundo plano una pregunta quizás más importante: ¿Quiénes somos como organización y qué impacto tienen nuestras decisiones en las personas y la sociedad?
Quizá haya llegado el momento de recuperar una palabra que, durante años, ha permanecido en los márgenes de la gestión: ética. Como viene señalando desde hace décadas la filósofa Adela Cortina, uno de los grandes riesgos de nuestro tiempo es el economicismo: la tendencia a valorar a las personas, organizaciones e incluso relaciones únicamente desde criterios de utilidad, eficiencia o rentabilidad. Cuando el beneficio económico se convierte en el único criterio para decidir, dejamos fuera aquello que sostiene cualquier proyecto a largo plazo: la dignidad de las personas, la confianza, la justicia, el cuidado y el bien común.
Con frecuencia se entiende la ética como un conjunto de normas, un código de conducta o una herramienta para prevenir conflictos. Sin embargo, la ética es mucho más que eso. Es aquello que orienta nuestras decisiones cuando no existen respuestas fáciles; es la capacidad de preguntarnos no solo qué podemos hacer, sino qué merece realmente la pena hacer y qué es mejor hacer.
Las organizaciones no son únicamente estructuras que producen bienes o prestan servicios. Son comunidades humanas que construyen relaciones, generan cultura y transmiten una determinada forma de comprender el trabajo, el liderazgo y la responsabilidad social. En definitiva, poseen una identidad. Y esa identidad se expresa cada día en las pequeñas decisiones, en la manera de resolver los conflictos, en cómo se ejerce el poder, en cómo se cuida a las personas o en cómo se responde cuando aparecen las dificultades.
Podríamos decir que las organizaciones también tienen alma. No un alma entendida en sentido romántico, sino como ese conjunto de valores, convicciones y principios que dan sentido a lo que hacen y orientan la forma en la que actúan. Una organización puede disponer de excelentes recursos, incorporar la tecnología más avanzada o alcanzar resultados extraordinarios, pero si pierde su identidad ética, difícilmente conservará la confianza y el compromiso de las personas que la sostienen.
Se podría decir que, en estos tiempos, la confianza y el compromiso constituyen, probablemente, el mayor patrimonio de cualquier organización. Este no puede comprarse ni imponerse. Se construye lentamente mediante la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, mediante la transparencia, el respeto, la escucha y la responsabilidad compartida. Cuando esa confianza existe, florecen el compromiso, la creatividad, la cooperación y el sentido de pertenencia. Cuando se rompe, ninguna estrategia resulta suficiente para sostener cualquier proyecto.
Hablar de identidad ética no significa aspirar a organizaciones perfectas o ideales. Significa reconocer que toda organización está llamada a preguntarse de manera permanente quién quiere ser y desde qué valores desea tomar sus decisiones. La ética no elimina la incertidumbre ni evita los conflictos; ofrece algo mucho más valioso: un marco para reflexionar, deliberar, dialogar y decidir con prudencia cuando las respuestas no son evidentes. En este sentido, deliberar no es perder el tiempo. Es una competencia organizacional imprescindible. Las organizaciones que crean espacios donde las personas pueden reflexionar juntas sobre los dilemas que encuentran en su práctica cotidiana fortalecen su cultura, mejoran la calidad de sus decisiones y desarrollan una mayor capacidad para afrontar la complejidad.
Con frecuencia se contraponen ética y eficacia, como si una organización tuviera que elegir entre ser eficiente o actuar conforme a sus valores. Sin embargo, la experiencia demuestra justamente lo contrario. Las organizaciones con una identidad ética sólida generan mayor confianza, retienen talento, fortalecen el compromiso de sus equipos, construyen relaciones más saludables y desarrollan proyectos más sostenibles.
La ética no es un obstáculo para la excelencia; es una de sus condiciones. Cumplir la legislación constituye un punto de partida imprescindible, pero nunca el punto de llegada. La ética comienza allí donde la norma ya no ofrece todas las respuestas. Empieza cuando nos preguntamos si una decisión es respetuosa con la dignidad de las personas, si contribuye al bien común, si fortalece los vínculos o si deja una huella positiva en quienes forman parte de la organización o el territorio. Como afirma Adela Cortina, la ética no consiste únicamente en preguntarnos qué podemos hacer, sino qué debemos hacer para construir una sociedad más justa. Esa reflexión es igualmente necesaria dentro de las organizaciones porque cada decisión, por pequeña que parezca, contribuye a definir quiénes somos y qué cultura estamos construyendo.
Quizá, entonces, la verdadera cuestión no sea si las organizaciones necesitan ética. La pregunta es si pueden afrontar los desafíos actuales sin una identidad ética capaz de orientar sus decisiones, sostener sus relaciones y dar sentido a su propósito. La identidad ética no es un ideal ingenuo ni un elemento aesthetic de la organización. Es una necesidad estratégica y, sobre todo, profundamente humana. Porque las organizaciones no solo generan resultados: generan confianza, o la destruyen. Y en un mundo cada vez más complejo, la confianza constituye uno de los bienes más valiosos que una organización puede ofrecer. Quizá descubramos entonces que la identidad ética no es una utopía, sino la condición necesaria para construir organizaciones verdaderamente humanas, capaces de generar valor sin perder de vista aquello que les da sentido: las personas y la sociedad a la que sirven.
Marrubi Rodríguez Luna
Directora de Txiribuelta, vocal en la Junta de ANEL y PHD en Ética Aplicada












