«¿Y tú qué quieres ser de mayor?». Alzaba la vista y, sonriente, contemplaba la escena. Frente a él, un corro de adultos expectantes -tías, abuelos y algún que otro vecino- aguardaba una respuesta sensata: médico, bombero, quizá futbolista… Pero no. Ninguna de aquellas profesiones le convencía. El pequeño Jaime Urcola tenía muy clara su vocación: «Mmmm… ¡Quiero ser cangrejero!».
Natural de San Sebastián, pasaba más tiempo en la playa que en casa. No había marea ni chaparrón capaz de separarlo del mar. Desde que aprendió a andar, se dedicó a perseguir cangrejos entre las rocas, levantar algas con gesto de investigador y arrancar percebes con la destreza de un viejo marinero. Su madre había desarrollado una estrategia infalible para no perderle de vista entre tanto niño y tanta ola: cada verano le compraba el bañador más feo, pero también el más chillón de toda la tienda. Los estampados llamativos le convertían en un faro humano. «De esa manera podía localizarme desde lejos. Siempre tenía la espalda negra y la tripa blanca porque me pasaba el día entero bicheando entre las rocas», rememora entre carcajadas.
Con el tiempo, los cangrejos siguieron con su vida entre el oleaje y nuestro protagonista cambió los cubos de playa por libros. «Supongo que todos tenemos una etapa en la que creemos que nuestro futuro está en lo que más nos divierte. Pero no he dejado atrás mi afán por bichear, ¿eh? ¡Sigo siendo muy cangrejero!», desvela. Así, se adentró en otro tipo de mareas: las de los planos, las fórmulas y los engranajes. Acabó estudiando Ingeniería Industrial, especializándose en Organización Industrial, en la sede donostiarra de la Universidad de Navarra (Tecnun). «Durante mi etapa universitaria, aproveché para hacer mucho deporte. Balonmano, remo, fútbol… Y no dejé de ir a la playa. Podríamos decir que San Sebastián era mi terreno de juego», evoca.
EL ALEMÁN, UN IDIOMA… ¿FÁCIL?
Su trayectoria profesional comenzó en Abgam, empresa alavesa especializada en servicios de ingeniería. Lo que empezó como una aventura de becario terminó por convertirse en un camino de crecimiento constante. Durante un año, ejerció como responsable del Departamento de Ingeniería de la compañía. Después fichó por Arvin Meritor, enfocada en el diseño y la fabricación de piezas para automóviles, y se marchó a Alemania: «Como responsable de Diseño, coordiné distintos proyectos. Aquella etapa fue espectacular, sobre todo porque me mudé allí con mi mujer. Nos conocimos en parvulitos. Por aquel entonces, era una chica con la que me divertía mucho jugando, y ahora mira, felizmente casados. Ambos estudiamos en un colegio alemán, así que el idioma nos vino de lujo. En contra de lo que se pueda pensar, a nosotros nos resultaba una lengua sencilla».
«Pero la etapa en Alemania llegó a su fin y terminamos por instalarnos en Pamplona. Sabía que ese era un buen lugar para vivir porque mi abuelo era navarro. De él heredé mi nombre, mi segundo apellido y mis patas largas», prosigue con cierta nostalgia segundos antes de recalcar que, precisamente por ese motivo, mudarse a la Comunidad foral fue algo más que un cambio de residencia: fue un regreso emocional, casi una forma de cerrar el círculo.
Entonces, fichó por Gestamp como Program manager, puesto que ocupó durante más de cuatro años: «Tuve que viajar muchísimo. En un año cogí 220 aviones. Llegué a un punto de inflexión y pensé que debía echar el freno de mano. Así que cambié los aviones por el coche…». Y justo después aterrizó en Sakana Group. Para acudir a trabajar, debe conducir todos los días a Lakuntza desde Pamplona. Un trayecto que, lejos de cansarle, se ha convertido en uno de sus pequeños rituales cotidianos. Le gusta recorrer las carreteras navarras con calma, dejar que el paisaje se despliegue ante él como una postal viva: los campos que cambian de color con las estaciones, los montes que parecen observar en silencio, ese cielo tan amplio que a veces parece alcanzable con la mano… De hecho, desde su oficina, las vistas al monte Beriain son casi un recordatorio diario de por qué decidió echar raíces allí. «Es imposible no mirar por la ventana y no sentir paz. Me distraigo simplemente con una lagartija y una mariposa. Cuando llueve mucho, salen dos cascadas justo ahí…», asegura mientras alarga el brazo para señalar un punto concreto entre montañas.
GIGANTES DE HIERRO
Como director general de la cooperativa, pasea satisfecho por los 100.000 metros cuadrados que componen las instalaciones de Lakuntza. «Próximamente ampliaremos este espacio en 2.000 metros cuadrados adicionales. Se destinarán a distintos procesos productivos y almacenamiento de producto final. Pero venga, vamos a vestirnos, nos vamos de excursión», anuncia con cierto tono de misterio…

Las instalaciones de Sakana Group en Lakuntza cuentan con un total de 100.000 metros cuadrados.
Nos miramos unos instantes, como quien se prepara para una misión secreta. Nuestro protagonista reparte los EPI con la soltura de un guía de montaña: «Venga. Casco, gafas, mascarilla… ¡Que aquí no se entra sin disfraz!». En cuestión de minutos estamos irreconocibles: mitad astronautas, mitad operarias. Falta poco para que alguien diga «Houston, tenemos una visita guiada». El calzado de seguridad marca el paso firme de una cuadrilla que parece una brigada de intrépidas exploradoras. Y enseguida ponemos rumbo a las entrañas de Sakana Group.
Una gran nave se abre ante nosotras como una catedral de acero. Dos operarios, enfundados en monos, maniobran desde lo alto de una grúa. Una llama anaranjada se retuerce en un recipiente gigante y, durante un instante, todo parece convertirse en una gran bola de fuego domesticada. La luz parpadea sobre las paredes, baila sobre el suelo pulido y el calor nos da una bofetada amable, de esas que te recuerdan que estás dentro de algo vivo. «En Sakana Group trabajan unos 300 empleados y facturamos 100 millones de euros al año. De cara a 2026, planeamos aumentar la plantilla», puntualiza Jaime.
El ambiente se viste de un velo gris que convierte la escena en el fotograma ralentizado de una película industrial. De pronto, nos topamos con un motor de barco que descansa sobre una plataforma. El operario que lo pinta lo hace con la precisión ceremoniosa de quien domina un arte marcial: sostiene la manguera como si fuera una extensión natural de su brazo, y de ella brota un chorro de color rosa pálido (un tono quizá inesperado en este universo de grises). La pintura envuelve la maquinaria en una niebla suave, casi delicada, que contrasta con su volumen robusto. «En Galicia no hay astilleros y también trabajamos para ese sector. Por otro lado, nos centramos en la automoción, hacemos compresores, turbinas, prensas… Dentro de la eólica, algunos de nuestros clientes más importantes están en China, Alemania y Dinamarca«, agrega.
La cooperativa, que este año ha cumplido su 50º aniversario, avanza hacia el futuro con serenidad y ambición. Y entre quienes la acompañan en ese camino de crecimiento se encuentra Jaime, que a sus 54 años reparte su tiempo entre la fundición y los bosques. Porque, más allá del acero y las máquinas, es setero convencido: «En verano, me hago un bocadillo y, en el descanso de la comida, me siento fuera para comérmelo. El entorno en el que estamos es maravilloso… Lo cierto es que la naturaleza es mi gran pasión. ¡Además de los cangrejos, me encanta todo lo que implique ponerse unas botas!».













