Desde arriba, la carretera serpentea como una cinta gris que juega a esconderse entre los árboles. En cada curva, el paisaje se abre un poco más. Parece que el pueblo quiere darnos la bienvenida con cierta timidez. «¿Seguro que es aquí?», nos preguntamos desconcertados un par de veces. Confiamos en Google Maps y continuamos el camino hasta llegar a la cima. Arguiñáriz aparece de pronto, encaramado en lo alto, diminuto y orgulloso, con sus simpáticos tejados rojizos. Aparcamos el coche a la entrada, sin necesidad de buscar sitio (aquí el tráfico es un concepto casi mitológico) y, al abrir la puerta, el silencio del lugar se mezcla con algo aún más poderoso: el aroma a pan recién hecho.
El estómago protesta, claro, porque hay cosas que no se pueden esconder. Ese olor posee algo de hipnosis antigua, así que seguimos el rastro, como ratones obedientes, hasta un bonito edificio de piedra con un cartel que dice: «Ongi etorri. Pan de Arguiñáriz». Desde una ventana abierta se escapa una canción de Celtas Cortos. Como buena vallisoletana, me detengo un segundo al reconocer el ritmo. En ocasiones, el destino tiene estas pequeñas bromas: te lleva a un rincón perdido del mapa para devolverte, en forma de melodía, un trocito de casa. Tras el umbral, entre el repiqueteo de la guitarra, nos espera Ángel Riera, con las manos cubiertas de harina y la felicidad de quien amasa cada día su propio destino.
«Al día, hacemos entre 500 y mil panes ecológicos. Tenemos de trigo, de trigo con sésamo, de centeno y de espelta», apunta sonriente segundos antes de retroceder unas décadas el reloj para narrar cómo fueron los inicios de la panadería. Todavía atónito, suspira: «Nunca imaginé que este humilde proyecto pudiera llegar a convertirse en lo que es hoy. La constancia, la paciencia y el amor son la clave de todo éxito».
Natural de Tarragona, estudió Magisterio porque pensaba que, tal vez, su vocación se encontrase entre aulas y pizarras. Al finalizar su formación, trabajó en un centro de menores durante un tiempo, pero aquella experiencia le resultó «durísima». «Chavales huérfanos, adictos… Fue muy duro, muy, muy duro…», rememora cabizbajo.
@valores_top 🌾 En #Arguiñáriz, un pequeño pueblo navarro de solo quince habitantes, #ÁngelRiera elabora cada día cientos de panes ecológicos. Su historia comienza lejos de aquí: tras trabajar en un centro de menores, pedaleó hasta Francia para unirse a una comunidad pacifista donde aprendió a hacer pan. Décadas después, su horno sigue encendido y su filosofía intacta. 🔥 Descubre su rutina en este vídeo y lee la entrevista completa, link en la BIO. #NavCapital
RUMBO A FRANCIA
Después de aquel primer contacto con el mundo laboral, algo en su interior le pedía un cambio de rumbo. Siempre se había sentido identificado con el pacifismo, así que decidió subirse a su bicicleta y pedalear junto a tres amigos rumbo a Francia sin más plan que el de dejarse llevar. Querían vivir un año sabático, respirar otros aires y descubrir otras formas de entender el mundo.

Los productos que Ángel elabora en su obrador llegan a toda Navarra, La Rioja y País Vasco.
Habían oído hablar de una comunidad en el sur del país, un lugar donde la vida giraba en torno al campo, la artesanía y la convivencia austera. «Decían que la habían fundado seguidores de Gandhi y eso nos fascinaba», recuerda. Aquel lugar se llamaba El Arca, y aterrizaron en él con las mochilas llenas de ilusiones y las manos dispuestas a aprender «lo que hiciera falta».
Allí, nuestro protagonista descubrió una filosofía de vida que lo marcaría para siempre: «Cultivábamos la tierra, reparábamos cosas, tejíamos… Todo se compartía, todo se agradecía. No existía la prisa. Fue allí, precisamente, donde aprendí a hacer pan». Los cuatro amigos estuvieron varios meses en aquel lugar y después regresaron a su Cataluña natal. Para Ángel, fue una especie de paréntesis luminoso en su biografía. Sus ojos todavía brillan cuando recuerda el sabor de aquella libertad.
VIVIR EN COMUNIDAD
Aunque su idea era opositar y continuar con su vocación como maestro, un runrún caló hondo en su interior: «Había escuchado que en Navarra había un grupo de personas que querían instalarse en un pueblo. Me entró la curiosidad y di con ellos. Me encontré con diez jóvenes que querían crear un proyecto de vida comunitario con una filosofía de vida pacifista, y nos instalamos aquí, en Arguiñáriz. Era un pueblo que se había quedado deshabitado en los años 60». Con el tiempo, el grupo se agrandó hasta alcanzar los treinta miembros. La mayoría de ellos trabajaban la artesanía y vendían sus piezas en diferentes ferias repartidas por Navarra.
Pronto comenzaron a hacer pan para consumo propio. A veces, conducían hasta Pamplona, bailaban danzas por las calles y llevaban alguna que otra hogaza de pan. Y así conoció a Conchi, que llevaba las riendas de la panadería Arrasate: «Nos dijo que quería vender nuestro pan y, poco a poco, nos fuimos haciendo más conocidos».
A los cinco años, la comunidad se disolvió, pero Ángel y María Luisa, su mujer, se quedaron en el pueblo (hoy viven en él unas quince personas). Y se volcaron de lleno en la panadería, que ya suma más de 40 años de andadura. «Desde el primer momento nuestra idea era hacer pan ecológico. Compramos un molino gallego, y luego uno holandés. Íbamos a Aragón a buscar cereal, lo molíamos y así hacíamos los productos», aclara para acto seguido remarcar que cada vez la demanda era mayor.
NAVARRA, PAÍS VASCO Y LA RIOJA
Hasta que la pareja llegó a un punto de inflexión: «¿Seguimos creciendo o paramos aquí?». A raíz del volumen de panes que elaboraban a diario, se plantearon trasladar la panadería a un polígono industrial. Pero aquella decisión suponía demasiados cambios en su vida: «Nuestro proyecto estaba en el pueblo. Y aquí era donde queríamos crecer».
Hace más de una década, nuestro protagonista comenzó a colaborar con Eroski y, gracias a esta alianza, el pan de Arguiñáriz llega a toda la Comunidad foral, La Rioja y País Vasco. La firma cuenta con seis trabajadores, y uno de ellos es el hijo de nuestro protagonista. Su nombre es Joel y tiene 34 años. Entre silencios, harina y el rumor del amasado, padre e hijo comparten ese ritual cotidiano. «Él se formó en el Club Richemont de Suiza y en la Escuela de Panaderos de Barcelona. Mi manera de hacer pan y la suya no es igual, porque no tengo formación como tal. Aprendemos el uno del otro», puntualiza.

Joel Riera, de 34 años, se formó en Suiza y Barcelona y representa a la segunda generación de la panadería.
Orgulloso de que el negocio ya tenga en marcha el relevo con su segunda generación «al pie del cañón», Ángel detalla que su jornada laboral comienza a las cuatro de la mañana. «¡Ya funcionamos incluso sin despertador!», expresa entre carcajadas. Durante el proceso, el factor más importante es la masa madre: «La tienes que renovar continuamente para que no se acidifique. Cada ocho horas, más o menos, hay que alimentarla con agua».
Lo cierto es que el pan de Arguiñáriz no posee ningún tipo de aditivo. ¿Cuáles son, entonces, sus ingredientes secretos? Harina, masa madre y una pizca de sal: «Una vez lo tenemos todo, lo amasamos y lo cortamos a mano. No usamos ninguna máquina para ello». Fruto de este modus operandi, recientemente recibió el Premios CPAEN/NNPEK 2025 en la categoría de ‘Toda una vida dedicada a la agricultura ecológica’. No es su único galardón: en 2017, sus productos fueron reconocidos en los Premios del Buen Pan. «Para nosotros, esto es como ganar una estrella Michelin. La cocción, el sabor, la apariencia exterior… Todo cuenta. Jamás habría imaginado que nuestro pan pudiese ser premiado», apostilla.
Después de enseñarnos el obrador, nos invita a pasear por las callejuelas del pueblo. La naturaleza se abre paso sin pedir permiso: entre los muros de piedra, en las cunetas e incluso en los escalones de alguna casa abandonada. Ángel, a sus 64 años y con una sonrisa serena, observa el paisaje con esa mezcla de orgullo y respeto que solo concede el tiempo. «Me gusta desbrozar de vez en cuando para tener todo limpio», indica.
A lo lejos, el monte Esparatz se alza imponente, vigilante, como un viejo guardián del valle. Los alrededores de Arguiñáriz, sin embargo, muestran aún las heridas de un fuego que arrasó la zona en 2022. Los troncos carbonizados todavía se retuercen como testigos mudos de aquel gran incendio. «Nos desalojaron, pero por la noche pudimos regresar a nuestro hogar. Se llegaron a quemar dos casas», lamenta cabizbajo. Luego guarda silencio un instante, mira alrededor y añade con calma: «Pero el campo es sabio. Ya está brotando de nuevo. La naturaleza sabe que, como todo en la vida, siempre es buen momento para volver a empezar».













