Hay lugares que huelen a memoria. El aire cambia, se torna más denso y vivo. Al cruzar el umbral de Bodegas Nekeas, se percibe cierto aroma a vendimias pasadas y manos teñidas de púrpura. Las paredes parecen guardar conversaciones en voz bajita entre el vino y la tierra, entre Paco San Martín y su oficio. «Soy como el santo al que suelen llamar Pablo ‘el Converso’. En un inicio, no me gustaba el vino. Pero cuando me hice mayor me convertí», sonríe mientras contempla satisfecho las viñas que se extienden más allá de la ventana, rumbo al infinito, como un mar vegetal que empapa Añorbe de historia. «El vitivinícola me parecía un mundo ácido y áspero hasta que lo entendí», añade con un brillo especial en la mirada.
A los siete años ya trabajaba en el campo. De hecho, su «rabia» hacia el sector primario se gestó precisamente ahí, durante su niñez. Mientras sus amigos aprovechaban las tardes para jugar, él ayudaba a su padre en las tareas agrícolas, especialmente en el cultivo de champiñones. Pero poco a poco, con la edad, se enamoró de la tierra y aprendió a entender sus ritmos. «Empecé a visitar bodegas, participar en catas… Me entró el gusanillo y, de pronto, me vi soñando con tener mis propias viñas y mi propia bodega», rememora segundos antes de recalcar que, entonces, optó por reunir a doce familias navarras con el objetivo de dar forma a aquel anhelo.

En la actualidad, la cooperativa navarra de Añorbe exporta el 75 % de su producción.
En 1989 se plantaron unas 170 hectáreas de viñedos y, cuatro años más tarde, fundó Bodegas Nekeas. ¿Por qué ese nombre? Lo cierto es que el término municipal de Añorbe lo componen distintos topónimos. Entre ellos, destaca ‘nekeas’: «Significa cansancio o fatiga, y hace referencia a una tierra dura y cruda, donde se ubicaban las viñas hace más de 400 años. Había que bajar allí andando o en burro, de ahí su significado».
UNA EMPRESA «DINÁMICA»
Paco serpentea entre las barricas con el ritmo pausado de quien profesa un profundo respeto por el paso del tiempo. Cada tonel parece saludarlo al pasar, como viejos conocidos con los que ha compartido años de trabajo. Recorre la nave con las manos a la espalda, atento a los pequeños detalles, consciente de que ahí es donde se gesta el carácter del vino. «Actualmente tenemos 220 hectáreas de viñedos y capacidad para elaborar un millón de litros. Entre tintos, rosados y blancos, producimos unas quince referencias diferentes», detalla para acto seguido remarcar que Eroski comercializa sus productos desde hace más de veinticinco años.
«A Eroski y a Bodegas Nekeas les une un factor muy importante: el hecho de ser cooperativas. Eso hace que estemos en sintonía y consigamos entendernos bien», sostiene con firmeza. Pero su relación con la firma trasciende el ámbito del vino… «Una empresa debe ser dinámica. Por eso, en 2007 plantamos 270 hectáreas de olivos para producir 250.000 litros de aceite al año. Tenemos dos variedades: arbequina y arróniz. Salimos al mercado con éxito, y Eroski también supuso un factor importante en este sector», apostilla.
Vierte un poquito de vino en una copa y se detiene a admirar sus tonos púrpura. La inclina con suavidad y observa cómo el líquido tiñe el cristal con destellos rojizos. Se lleva el recipiente a la nariz y, solo por un instante, cierra los ojos. Busca el equilibrio, el carácter, la honestidad del vino… Luego da un sorbo pausado y sonríe: «Cuando nació Bodegas Nekeas, el objetivo era llevar nuestro vino a lugares de todo el mundo. Lo hemos logrado con creces».
Presente en 33 países, la firma navarra exporta el 75 % de su producción. China, Filipinas, Taiwán, Corea, Japón, Singapur, México, Perú, Canadá, Estados Unidos, Australia, gran parte de Europa… «Estudiamos con detenimiento la evolución del mercado y de los consumidores, y estamos en constante renovación para adaptarnos a ellos. Las tendencias están cambiando, ya no se consume tanto vino… Eso es una realidad. Y hay que buscar alternativas».
A su manera de ver, la «crisis del sector» responde a varios factores. Ahora se han puesto de moda los vinos afrutados, mientras que hace unas décadas el gran protagonista era el «clásico tinto envejecido»: «Antiguamente se consumían unos 60 litros per cápita. Pero esos consumidores van falleciendo y las nuevas generaciones demandan otras cosas y otros sabores». Otra causa que explica ese menor consumo es la precaución a la hora de conducir. «Si te paras a pensarlo, muchas personas evitan beber en los restaurantes por miedo a coger el coche luego», reflexiona.

«La bodega es una inyección de salud que me mantiene vivo e ilusionado», subraya el presidente de la firma.
A su paso por las instalaciones de la bodega, entra en escena Fátima Elizalde, responsable nacional de Ventas. Con una sonrisa cómplice, acompaña a nuestro protagonista a la terraza y propone un brindis. Las copas se tocan con un leve tintineo. Es un gesto sencillo, sí. Pero en él se condensan años de trabajo, confianza mutua y un producto que les representa a ambos. «A mis 84 años, Nekeas supone un estímulo de vida. Concibo la bodega como una inyección de salud que me mantiene vivo e ilusionado», concluye con un placentero chinchín.













