sábado, 13 agosto 2022

La exgimnasta pamplonesa que triunfa como actriz en Australia

Raquel Esteban cambió el deporte por la interpretación. Tras ganar numerosas medallas como gimnasta, dio un giro a su vida. Primero trabajó en musicales como ‘Hoy no me puedo levantar’. Pero la artritis que sufría en las rodillas le obligó a dejar el baile. Hace nueve años se mudó a Australia. Y, a pesar de todas las dificultades que está afrontando, ya ha protagonizado importantes ‘spots’ publicitarios para marcas como Lay’s o H&S, además de haber actuado bajo las órdenes de directores de cine como Michael Gracey. Su gran sueño pendiente, según detalla a Capital Sport, es dar el salto a los largometrajes.

Iratxe Zubieta
Pamplona - 3 enero, 2022

Raquel Esteban, durante el rodaje de un spot publicitario para una campaña navideña. (Fotos: cedidas)

Pasó de competir sobre el tapiz, ante la escrutadora mirada de los jueces, a bailar en escenarios de importantes teatros ante miles de personas. Desde hace nueve años, la exgimnasta pamplonesa Raquel Esteban vive en Australia. Allí estudia diseño y trabaja como actriz. Durante todo este tiempo, ha protagonizado campañas internacionales para la marca de snacks Lay’s o los champús de H&S y ha actuado bajo las órdenes de Michael Gracey, director del musical The Greatest Showman, protagonizado por Hugh Jackman.

A sus 32 años, desvela los momentos más importantes de su trayectoria profesional en esta entrevista ofrecida a Capital Sport. Ya se ha acostumbrado tanto a su nuevo hogar que le cuesta encontrar las palabras precisas para expresar en castellano todo lo que siente: “Si fuese en inglés, me resultaría más sencillo (risas)”. De hecho, se expresa en su nueva lengua con una gran fluidez. Pero su nivel de autoexigencia es tan alto que considera necesario seguir mejorando en este campo. “Hoy en día sueno a todo. Entre australiana, española y británica”, atestigua.

“Creo esa exigencia de la gimnasia me ha traído hasta donde estoy. Eso sí, he aprendido a manejarla”.

De hecho, el idioma aún le supone un hándicap a la hora de encontrar trabajo. “A no ser que el papel esté escrito específicamente para alguien como yo, es muy complicado conseguir un papel en la televisión australiana. Se requiere tener un acento americano o australiano perfecto. Es como pedir a un inglés que hable español con acento sevillano (risas). Lo he intentado, pero es muy difícil. Es un mundo muy exigente”, señala.

Pero está acostumbrada a superar retos desde pequeña. Empezó a practicar gimnasia rítmica con ocho años, y desde entonces aprendió a convivir con la presión: “En las competiciones, te jugabas más de seis meses de entrenamiento en dos minutos. Creo esa exigencia me ha traído hasta donde estoy. Eso sí, he aprendido a manejarla”.

Con catorce años consiguió su primera medalla con Anaitasuna. Y en su palmarés guarda tres oros, tres platas y dos bronces a nivel nacional en categorías júnior y sénior, en esta última dentro del Club Alaia. A los diecisiete decidió dejar la gimnasia y la alta competición para buscar un nuevo camino: “Había llegado un momento en el que mi vida solamente era la gimnasia. Por mi condición física, vi que no iba a entrar en el cuadro nacional, así que nunca iba a dar el salto para competir a nivel europeo. Para conseguir otro pódium nacional, no me atraía continuar”, rememora.

Un año después, se mudó a Barcelona para estudiar comedia musical: “Quería buscar en el baile la misma disciplina de la gimnasia”. Al poco tiempo de empezar su formación, llegaría su gran oportunidad. “Fui a la audición para la obra Hoy no me puedo levantar y me cogieron. Fue increíble. Después bailé con los Cuarenta Principales en Barcelona y me fui de gira por España“.

“Bailar ante más de 2.000 personas era un subidón de adrenalina (…) Pero no me consideraré una actriz hasta que haga una película”.

En los musicales también encontró un mundo donde el esfuerzo y la dedicación son máximos. “Los castings son muy competitivos. Te piden cosas concretas y son muy estrictos. Entonces, trabajábamos de martes a domingo. El lunes era nuestro día libre y hacíamos doble jornada de jueves a domingo. Vivía de noche y me pasaba el día en el teatro. Bailar ante más de 2.000 personas era un subidón de adrenalina y aprendí mucho como bailarina y actriz”, subraya.

Pero a los 21 años le detectaron artritis en las rodillas, lo que le obligó a dejar los escenarios: “Primero tuve que parar un mes. Me dijeron que debía ganar mucho más músculo y, finalmente, paré de bailar”. Aquella dura experiencia supuso una vuelta de tuerca más en su trayectoria.

Por un tiempo, se dedicó a viajar. Y, tras un año y medio en Zúrich, se mudó a Australia para continuar con su carrera. “Me di cuenta de que quería seguir con la interpretación y aprender inglés”, evoca.

Uno de los mayores retos que tiene ahora Raquel es participar en un largometraje.

En 2013, rodó su primer cortometraje. Y desde entonces trabaja como actriz, aunque añade que resulta muy complicado vivir en exclusiva de su gran pasión. “Necesitas un representante y hay que llamar a cien o doscientas puertas hasta dar con la que se abre. Por ejemplo, a principios de año rodé tres anuncios muy importantes para América y ahora he hecho diecisiete castings y no me ha salido nada. Hay que ser muy fuerte mentalmente. También hice un casting para Netflix España, el de Altamar. Pero es una industria en la que se mueve muchísimo dinero y resulta muy complicado que un productor ponga los ojos en ti y apueste todos sus millones”, lamenta.

Aunque ahora mismo se centra principalmente en la publicidad, su sueño es participar en un largometraje de acción. “Me encantaría poder mezclar todos mis talentos en el mundo de la pantalla. No me consideraré una actriz hasta que haga una película. Esta la exigencia que sigo arrastrando de la gimnasia, el conseguir llegar al máximo nivel”, sentencia.

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