jueves, 4 junio 2026

La navarra Basartea celebra 30 años reivindicando el oficio forestal como memoria viva del territorio

La empresa navarra reunió este viernes a cerca de 80 colaboradores y amigos en sus instalaciones de Arre para conmemorar un aniversario marcado por la emoción, la resistencia y el valor cultural del monte. Valores que la compañía ha materializado en una exposición histórica sobre la gestión forestal.


Pamplona - 30 marzo, 2026 - 09:20

En Basartea aseguran que el ámbito forestal requiere de gestión, conocimiento y presencia. (Fotos: Víctor Ruiz)

Las oficinas de Basartea en Arre, habitual refugio de planos, memorias técnicas y cartografía forestal, se quedaron pequeñas este viernes al mediodía. Cerca de 80 personas -entre colaboradores, antiguos compañeros, clientes y amigos- se reunieron para celebrar los treinta años de una empresa que ha hecho del monte su oficio y del territorio su razón de ser. No hubo escenario ni protocolo rígido. Sí una mesa compartida, conversación cercana y la sensación, difícil de impostar, de estar ante algo más que una efeméride empresarial. Porque Basartea no celebraba únicamente tres décadas de actividad. Celebraba una forma de entender el trabajo vinculada a la tierra, al tiempo largo y a una profesión que, como los propios bosques que gestiona, crece lentamente, se adapta y deja huella.

Fundada en 1996 por un pequeño grupo de socios de los que solo queda en activo Enrique Montero, ingeniero técnico forestal formado en Palencia, esta compañía nació en un contexto todavía incipiente para la gestión forestal estructurada en Navarra. «Empezamos prácticamente sin ayudas, con muy poco marco definido», recordó el propio Montero durante su intervención, que transitó con naturalidad entre la memoria personal y la evolución del sector. Aquellos primeros trabajos -como la ordenación de montes en Goizueta en colaboración con el organismo forestal francés- marcaron el inicio de un recorrido técnico que ha acompañado durante décadas a ayuntamientos, entidades locales y agentes del medio rural.

Desde entonces, por Basartea han pasado más de sesenta profesionales, además de numerosos estudiantes en prácticas procedentes de distintas escuelas forestales. Un flujo constante de talento que ha consolidado al equipo actual, integrado por ingenieros de montes y capataces, en un engranaje donde la técnica convive con el conocimiento práctico del terreno. Junto a Montero, figuras como Nati Gómez -ingeniera de montes e impulsora de líneas como la pedagogía forestal o los programas de bosques y salud- o Gregori Miaillier -ingeniero formado en Francia y referente en innovación aplicada al sector- representan la evolución de una firma que ha sabido ampliar su radio de acción sin perder su anclaje local.

CRECIMIENTO, CAÍDA Y RECUPERACIÓN

El camino, sin embargo, no ha estado exento de claroscuros. La fuerte dependencia de los fondos públicos -canalizados en gran medida a través de los ayuntamientos- situó a la empresa en una posición delicada tras la crisis de 2008. «Hubo años muy duros, en los que tuvimos que reducir plantilla y en 2014 estuvimos cerca del concurso de acreedores», indicó Montero sin dramatismo, pero con la honestidad de quien ha atravesado el ciclo completo del crecimiento, la caída y la recuperación. La empresa resistió. Y lo hizo, en buena medida, manteniendo una premisa que el propio fundador verbalizó con claridad: el compromiso directo con el cliente y con el trabajo bien hecho, «de frente», incluso en los momentos más adversos.

Hoy, Basartea continúa desarrollando proyectos de ordenación de montes, planes de gestión pascícola, estudios ambientales o dirección de obras en el ámbito forestal y rural. Pero su actividad ha ido incorporando también nuevas capas, desde la innovación tecnológica -con herramientas como el LIDAR o la modelización avanzada- hasta iniciativas que exploran la relación entre el bosque y el bienestar humano. Una evolución que responde a una idea que atraviesa tanto su práctica como su discurso: el monte no es un paisaje inmóvil, sino un sistema vivo que requiere gestión, conocimiento y presencia.

Ese mismo principio está en la base del proyecto Hay otra forma de conservar nuestros bosques’, promovido por Navarra Capital y Laboral Kutxa con la colaboración técnica de Basartea, que plantea una visión de conservación activa y corresponsable del medio natural. Una filosofía que entronca de forma directa con los treinta años de trabajo de la firma: entender el monte no como un espacio estático que preservar a distancia, sino como un sistema vivo que requiere cuidado, conocimiento y presencia constante. No es casualidad que muchas de las actuaciones de este proyecto -desde la restauración ecológica hasta la prevención de incendios mediante ganadería extensiva- respondan a prácticas que Basartea lleva décadas aplicando sobre el terreno.

La celebración del aniversario de Basartea reunió a un amplio grupo de colaboradores y amigos.

Si la intervención de Montero puso el foco en la trayectoria y el oficio, la otra gran pieza del aniversario trasladó a los asistentes a una dimensión más silenciosa, pero igualmente esencial: la memoria. En la sala contigua, una exposición impulsada por Miguel Ángel Muñoz Sastre -vinculado al origen de Arpana, iniciativa surgida del entorno de Basartea- desplegaba una colección singular de objetos, documentos y materiales relacionados con el mundo forestal. Herramientas centenarias, manuales técnicos, carteles divulgativos, maquetas, fotografías o piezas de uso cotidiano componían un relato que trascendía lo material.

«No se trata del valor de los objetos, sino de las historias que contienen», explica el propio Muñoz en el cuadernillo de la exposición. Una afirmación que resume el sentido profundo de la muestra: recuperar no solo la evolución técnica del sector, sino también la cultura, las vivencias y las formas de vida asociadas al monte. Desde herramientas que remiten a prácticas ancestrales hasta publicaciones que documentan la profesionalización del sector, la colección de Arpana funciona como un archivo vivo de una actividad que, pese a su importancia territorial, rara vez ocupa el centro del relato público.

La exposición no fue un elemento decorativo del aniversario. Fue, en cierto modo, su núcleo conceptual. Porque si Basartea ha dedicado tres décadas a gestionar el monte, Arpana recuerda que ese monte es también memoria acumulada, conocimiento transmitido y cultura compartida. Dos dimensiones -la técnica y la simbólica- que, juntas, dibujan una forma de entender el territorio más compleja y más rica de lo que a menudo se percibe.

UNA COMUNIDAD PROFESIONAL REIVINDICATIVA

En un contexto en el que el debate ambiental tiende a moverse entre grandes titulares y cifras globales, el encuentro de Arre ofreció una imagen distinta: la de una comunidad profesional que sigue trabajando desde lo concreto, desde el detalle y desde una relación directa con el entorno. Sin grandes discursos, pero con una convicción que se percibe en los gestos, en las conversaciones y en la continuidad de un proyecto que ha sabido mantenerse en pie durante tres décadas.

Quizá porque, como escribió el pensador Henry David Thoreau, «no hay riqueza mayor que la vida que se vive en armonía con la naturaleza». Treinta años después de su fundación, Basartea sigue transitando ese equilibrio, entre la técnica y el oficio, entre la gestión y la memoria, en ese espacio donde el monte deja de ser paisaje para convertirse, sencillamente, en una forma vida compartida.

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