lunes, 28 noviembre 2022

La podóloga navarra que viajó hasta Ucrania para rescatar a su madre

Cinco meses después de perder a su padre, Mónica Sarasa recibió por teléfono la noticia de que su hermano Jesús había fallecido de un infarto en Ucrania. En aquella nación sumida en guerra estaba la madre de ambos, Maruja Lorenzo, quien había viajado al país con su hijo y su nuera en abril de 2021 y a quien una operación de cadera impidió regresar a su tierra natal tras la invasión rusa. "Y ahora, ¿qué pasa con la 'ama'?", se preguntó la podóloga. Y lo que pasó es que, tras sortear distintos trámites burócraticos y lidiar con una espera que parecía interminable, el pasado 17 de agosto emprendió una travesía junto a voluntarios de la ONG Help to Ukraine hasta la localidad de Lipovets, donde se fundió en un abrazo con su progenitora. Esta es la historia de aquella odisea.

Cristina Mogna
Pamplona - 12 septiembre, 2022

Mónica Sara y su madre ya se encuentran en Pamplona tras el duro viaje de regreso. (Fotos: Manuel Corera / cedidas)

Cuando Mónica Sarasa despertó en la mañana del 29 de mayo, se topó con “cinco o seis” llamadas perdidas de la misma persona. Alarmada, cogió el móvil y se enteró de la peor noticia posible: Jesús, su hermano mayor, había fallecido de un infarto en Ucrania. El navarro residía allí desde abril de 2021 junto a su mujer -natural del país- y su madre, Maruja Lorenzo, recién enviudada.

Pese a la alerta generada a nivel mundial, el trío había decidido permanecer en el territorio con la esperanza de que el conflicto se disipara pronto. Tras la invasión de las tropas rusas, no obstante, y después de que Exteriores facilitara el traslado de los españoles residentes en Ucrania, la familia comenzó a contemplar un posible escape por Rumanía.

El plan nunca se puso en marcha: pocos días más tarde, la octogenaria se rompió la cadera y, en pleno conflicto, sorteando la escasez de gasolina y la dificultad para extraer dinero en efectivo de los bancos, tuvo que viajar desde el pueblo donde residía hasta la ciudad de Vínnytsia para someterse a una operación. Posteriormente, la muerte de su hijo dejó a la anciana en un país ajeno, sin manejar el idioma local y con muchas dificultades para comunicarse con las personas a su alrededor.

A Mónica Sarasa le atormentaba aquella imagen de su progenitora, nacida en 1933, testigo “una posguerra muy dura” y que ahora volvía a vivir un conflicto armado en soledad. La podóloga residente en Pamplona había empezado a encarar el duelo y organizó un funeral “improvisado” en su casa, junto a los suyos. “Mi padre falleció por Covid-19 y no nos pudimos despedir. Mi hermano murió en Ucrania y tampoco nos pudimos despedir”, rememora en una conversación con Navarra Capital. Sabía, sin embargo, que los esfuerzos por sanar no serían suficientes mientras no encontrara una respuesta convincente ante la interrogante que rondaba sobre su cabeza. “Y ahora, ¿qué pasa con la ‘ama’?”.

En el fondo tenía la respuesta: no dormiría tranquila hasta que su madre no estuviese de regreso en Pamplona. Inició así un camino en el que se topó con “muchos ángeles” que le ayudaron a preparar la travesía hasta Ucrania. Una de ellos fue Irina, una conocida ucraniana residente en la Comunidad foral que le ayudó con labores de traducción. En su empeño por llegar al país también conoció a Carlos y a Javier Fernández, fundadores de la ONG Help to Ukraine, quienes se encargaron de organizar el viaje.  “Ellos mismos habían tenido que huir y no querían que otros viviesen la misma experiencia. Por eso es tan importante ayudarlos, necesitan fondos para seguir sacando a gente de allí”, insiste.

Mónica Sarasa; su madre, Maruja Lorenzo; su sobrino, Mikel; y un grupo de voluntarios de Help to Ukraine en Polonia.

Mónica Sarasa; su madre, Maruja Lorenzo; su sobrino, Mikel; y un grupo de voluntarios de Help to Ukraine en Polonia.

Debido a su avanzada edad y a su historial médico, resultaba inviable que Maruja Lorenzo iniciara el regreso a su hogar en solitario. Tampoco era posible, según explicaron en su momento responsables de Help to Ukraine, que voluntarios con acceso a la zona acompañaran a la anciana durante su traslado sin la presencia física de un familiar. No había otra opción: si Sarasa quería tener a su madre de nuevo a su lado, tendría que pisar suelo ucraniano. Con 52 años cumplidos, una clínica a su cargo y dos hijos de 18 y 20 años, se decidió a hacerlo. “No la podía dejar allá, de lo contrario me iba a arrepentir toda la vida”, confiesa.

Mónica Sarasa: “Recuerdo una cola para entrar de gente y yo alucinaba. Empecé a ver un país precioso y me fui habituando a los controles, que no eran agresivos”.

El 17 de agosto, después de meses de espera, tomó un vuelo hacia Polonia junto a su sobrino de 37 años, quien permaneció esperando en la frontera por razones de seguridad. Al recordar ese momento, Sarasa, que mantiene un tono alegre durante la conversación hasta ese instante, no puede evitar emocionarse. “Cuando me separé de él -rememora- tenía unos lagrimones en la cara. Pensé ‘Tengo miedo, tengo mucho miedo, pero no hay de otra'”.

En este capítulo de la historia aparece Florín Boneta, el voluntario veinteañero que condujo a la protagonista en coche desde la frontera polaco ucraniana hasta el pequeño pueblo en el que aguardaba Maruja Lorenzo. “Recuerdo una cola para entrar de gente y yo alucinaba. ¡Estaban volviendo a Ucrania! Pasamos dos puestos fronterizos y pim pam pum, de repente habíamos llegado. Empecé a ver un país precioso y me fui habituando a los controles, que no eran agresivos”, relata.

Mónica Sarasa y Florín Boneta, voluntario de la ONG Help to Ukraine.

Mónica Sarasa y Florín Boneta, voluntario de la ONG Help to Ukraine.

Pernoctaron en un hotel de Lviv (Leopólis) y al día siguiente continuaron su camino hasta Lipovets. Al llegar a la pequeña localidad sintió una emoción “doble”: la de ver y abrazar a su madre y la de contemplar la casa que su hermano  -“él ya lo había pensado todo”- había empezado a construir en plena guerra, con sus tomates y patatas sembrados, su refugio, cámaras de vídeo y un horno a leña a prueba de cortes de electricidad.

EL REGRESO A PAMPLONA

“Mi madre estaba apagadita y en cuanto me vio se encendió. Me decía: ¿Cómo voy a viajar yo?’. Y le respondí: ‘Como la mujer fuerte que eres. Te va a tocar luchar a los 89 años'”, evoca Sarasa. Iniciaron su camino de vuelta hasta Polonia -Lorenzo, en una ambulancia alquilada, y Sarasa y Boneta, en coche particular-. Y en la frontera se juntaron con Mikel, sobrino de la podóloga, y se despidieron del voluntario de Help to Ukraine.

Dos días más tarde, tras sortear varios trámites burocráticos, volaron desde Cracovia hasta Madrid. No llegaron a la capital navarra hasta la noche del 21 de agosto. Desde entonces, Maruja Lorenzo descansa en casa de su hija, rodeada de sus nietos y de vuelta en la ciudad que le vio formar una familia. Sarasa ha retomado el trabajo en la clínica que regenta. Todo ha vuelto a la normalidad y, al mismo tiempo, ya nada es igual. “La vulnerabilidad es algo que normalmente escondemos -reflexiona la pamplonesa, de 52 años-, pero yo ya no quiero hacerlo”.

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