El día más especial del año para un niño es, probablemente, el día de su cumple. Nunca falta una piñata, ni esa tarta que parece esconder, bajo el azúcar, una promesa de eternidad. Los años de la infancia son tesoros que se coleccionan con orgullo: cada vela encendida es una conquista del tiempo. Luego crecemos, el calendario se vuelve menos generoso y nuestros deseos se tornan más discretos. María Turrillas conserva la capacidad de celebrar la vida como si el mundo aún fuera nuevo. Por eso hoy, nuestro regalo, es esta entrevista. «Cumplo 49 años», expresa sonriente mientras nos recibe en su oficina, dispuesta a desentrañar la trama de su recorrido vital.
Sobre su escritorio descansan papeles, libros y una taza de café que aún humea. El orden y el caos conviven en amable conspiración. Fuera, Mutilva sigue girando, pero dentro su atmósfera posee la quietud de una historia repleta de recuerdos memorables. «Mi padre era aparejador y, aunque nunca tuve claro qué camino seguir, cuando dije que quería estudiar Arquitectura Técnica todos se sorprendieron», rememora.
Dejó atrás Navarra para formarse en la Universidad de Segovia SEK (actualmente IE Universidad). Años que recuerda con especial cariño. «Me marché a esa ciudad sin tener ni idea de qué me iba a encontrar. De hecho, busqué información en una enciclopedia para aprender un poco», expresa entre risas.
MANO A MANO CON SU PADRE
Realizó prácticas en la constructora navarra La Guareña. Lo que comenzó como una aventura de ayudante acabó transformándose en años de aprendizaje como jefa de obra. «Recuerdo bien la primera vez que pisé una obra. Sobre todo, me sorprendió lo mucho que cambian las cosas cuando pasamos de la teoría a la práctica. En clase, el separador de hormigón era un dibujito perfecto, en la obra podía ser cualquier cosa que levantase el hierro del suelo», relata segundos antes de recalcar que estas técnicas han evolucionado con el paso del tiempo.

María trabaja en la empresa Aplica Morteros y asesora al Ayuntamiento de Villava en materia de edificación.
Su padre, Luis, insistía en la importancia de conocer cada detalle del trabajo. Bajo su mirada exigente y paciente, María aprendió que la precisión era una manera de respetar el oficio y a quienes dependen de él. Aquellos años de disciplina y observación sentaron las bases de su manera de enfrentar cualquier proyecto. «Él siempre le dio mucha importancia a su vida profesional y ha sido un gran referente para mí. Aunque ya ha fallecido, todavía muchísimas personas se acuerdan de él. Suelen decirme que coincidieron con él en algún proyecto y aprendieron mucho. Era el mejor maestro», evoca.
Más tarde fichó por Pronacal, especializada en la construcción de viviendas: «Después pasamos a hacer obras como gradas para campos de fútbol, depósitos de agua o polideportivos», detalla para acto seguido coger aire y narrar la que, probablemente, haya sido una de las experiencias más transformadoras de su vida.
En 2012, voló a Ghana para involucrarse en un proyecto de infraestructura hídrica de la mano de la constructora Provasa. Se encargó de la primera fase, que consistía en habilitar un canal de aguas residuales en un barrio de vecinos musulmanes. Durante aproximadamente cuatro meses, nuestra protagonista vivió inmersa en un entorno completamente distinto al que conocía: la intensidad del calor, los ritmos de la comunidad y la necesidad urgente de soluciones funcionales convirtieron cada jornada en un aprendizaje continuo. Aquella experiencia, lejos de Navarra y de su rutina habitual, consolidó su capacidad de liderazgo y reforzó la convicción de que el respeto por el lugar, la gente y los procesos es tan importante como la precisión en los cálculos.
Al regresar de África, se dejó llevar por cierta inquietud emprendedora y decidió abrir un capítulo distinto en su vida: «Monté un bar en el barrio pamplonés de San Juan. Lo llamé Azuelo«. El local, todavía en pie, destaca por su gran terraza acristalada, donde la luz atraviesa el vidrio y convierte cada tarde en instantes detenidos. Durante los primeros años, se sumergió en la gestión del negocio con la misma atención al detalle que aplicaba en sus obras, aprendiendo a equilibrar horarios, proveedores y clientes, y a encontrar en lo cotidiano pequeñas victorias: «Antes de que llegara la pandemia, lo traspasé a unos hosteleros chinos. El establecimiento sigue funcionando muy bien».
PROYECTOS QUE MARCAN
Lo cierto es que, a lo largo de su trayectoria profesional, María ha realizado infinitos proyectos como jefa y directora de obra. Entre ellos, destaca la ampliación de la Escuela de Música Francisco Casanova de Berriozar, el International School of Navarra, el centro de salud del Segundo Ensanche o el campus tudelano de la Universidad Pública de Navarra (UPNA). Actualmente, trabaja en la empresa Aplica Morteros, con sede en Mutilva, especializada en el aislamiento y la rehabilitación de edificios. «Desde 2018 también actúo como asesora técnica en materia de edificación para el Ayuntamiento de Villava«, apostilla.
Desde hace apenas unos días, además, se ha convertido en la primera presidenta del Colegio Oficial de la Arquitectura Técnica de Navarra (COAT Navarra). Un reto que asume con especial ilusión: «Quería seguir la estela de mi padre, que fue presidente en 1976. Es un vínculo con su legado y con todo lo que aprendí trabajando con él».
Entre sus principales objetivos, nuestra protagonista busca promover la visibilidad de la mujer en el sector, la generación de talento y el relevo generacional. «Sobre todo, lo que quiero es defender la profesión. En el COAT somos más de 700 colegiados, pero cada vez se colegia menos gente. Tenemos que apoyarnos entre nosotros y dejar ver que en este sector hay muchas oportunidades», concluye recordando a su padre, cuyo ejemplo de compromiso y dedicación sigue guiando cada decisión que toma.













