Subía al camión de su padre, José, cuando aún no había terminado de desperezarse el día. El motor tosía un poco y, una vez en marcha, el mundo se desplegaba en rutas interminables de pueblo en pueblo. Eran vendedores ambulantes y el ritual se repetía con la precisión de una liturgia humilde: bajar del camión, caminar hasta la puerta, pulsar el timbre y ofrecer su aceite casa por casa. El joven Jesús Marín observaba en silencio. A veces sostenía una garrafa, otras simplemente miraba. Aquellos viajes no abordaban solamente trayectos comerciales: eran pequeñas lecciones de vida que rodaban sobre cuatro ruedas.
El aceite aparece en su historia como un personaje más. Un hilo dorado que atraviesa su infancia, su juventud y su presente. Sin embargo, a principios de los años 80, ese hilo se tensó de golpe. España entera quedó sacudida por la catástrofe del aceite de colza: un fraude alimentario que provocó miles de afectados, marcó a toda una generación y quebró algo más que la confianza en un producto cotidiano. El aceite, hasta entonces símbolo de hogar, se convirtió de pronto en sospecha. Como consecuencia, se prohibió la venta ambulante y, aunque los Marín nunca comercializaron aceite de colza, el timbre dejó de sonar y el camión de la familia se quedó en pausa. «¿Y ahora qué hacemos?», se preguntó nuestro protagonista. Entendió que no bastaba con vender aceite: había que garantizar su origen, su calidad, su nombre. Había que ponerle cara, apellidos… y marca.
Así nació la idea de fundar una empresa. Si el aceite había perdido la confianza de la gente, había que devolverla gota a gota. «Recuerdo bien los primeros días en nuestro Cascante natal. Empezamos a envasar y a precintar las garrafas con un alambre. Y fuimos creciendo, creciendo, creciendo… Hasta que, en 2005, nos trasladamos a una nave en la Ciudad Agroalimentaria de Tudela», relata segundos antes de remarcar cómo los 65.000 metros cuadrados que conformaban las instalaciones se convirtieron más tarde en 75.000. «Siempre supe que iba a ser aceitero. Jamás tuve dudas», apostilla satisfecho.
Sus dos hermanos, José Luis y María Dolores, también han crecido entre garrafas. Desde el inicio han caminado juntos, como pilares conscientes de un proyecto común. «La siguiente generación ya está en marcha. Hijos y sobrinos ya están de forma activa en la compañía. Iker, Oihan, Aritz, Nekane, Euken… Esta es una empresa muy familiar», sonríe.
EL PUNTO DE INFLEXIÓN
«Cuando empezamos con esta aventura, llenábamos 6.000 litros de un camión, cuya capacidad máxima eran 12.000. Después pasamos a llenar 8.000, 10.000… Y adquirimos un segundo camión. Ocurrió lo mismo. Mucha gente, al llegar la opción de coger un tercero, se detiene. El tercer camión es el mayor punto de inflexión en una empresa de este tipo», explica segundos antes de resaltar que esa decisión suele conllevar la contratación de más personal. «Hay quienes sienten apuro a la hora de fichar a desconocidos en su empresa familiar y no se lanzan a hacerlo. Nosotros lo hicimos. Actualmente, al día son unos cien los camiones que entran y salen de nuestras instalaciones», agrega.
Aunque aquella fue una buena decisión y desde entonces Urzante no ha dejado de crecer, Jesús reconoce que echa de menos conducir. Subir a la cabina, cerrar la puerta con un golpe seco, arrancar el motor, sentir la vibración constante bajo los pies… «En la carretera era muy feliz… ¡y tenía más pelo!», expresa entre carcajadas.
PROYECTOS E INVERSIONES
En la actualidad, Urzante suma 152 trabajadores. Y, el año pasado, anunció una inversión de 35 millones de euros para desarrollar un proyecto que creará 80 empleos. Así, ampliará su capacidad de almacenamiento con nuevos tanques de acero, cuyo volumen total pasará de 40 a 60 millones. «Tenemos potencial para seguir creciendo», sostiene nuestro invitado con firmeza.
No es la única iniciativa de calado que la compañía, Premio Alimenta Navarra de 2019 en Internacionalización, ha puesto en marcha recientemente. El pasado diciembre, el Ministerio de Industria y Turismo anunció la adjudicación provisional de 2 millones de euros a la empresa navarra. ¿El objetivo? Producir aceite de manera más sostenible. «En este sentido, vamos a abandonar el gas para centrarnos en la biomasa», detalla Jesús.
Satisfecho, nos guía por las instalaciones para aterrizar en uno de los corazones de la firma: el laboratorio, que ha sido reconocido por el Consejo Oleícola Internacional (COI) para el análisis físico-químico de aceites de oliva y aceites de orujo de oliva-Tipo A. Allí, entre matraces y probetas, el aceite cobra vida bajo la lupa de la ciencia. Nos explica los distintos controles de calidad, los ensayos que permiten certificar cada partida y cómo cada análisis garantiza que el producto mantenga su origen y sus características. El trabajo es meticuloso, silencioso y constante.

Urzante ampliará su capacidad de almacenamiento con nuevos tanques de acero, cuyo volumen pasará de 40 a 60 millones.
Además de director gerente de Urzante, Jesús ocupa otros cargos. En la actualidad, ejerce como presidente en la Cofradía del Aceite de Oliva de Navarra, la DOP Aceite de Navarra y la Entidad Urbanística de Conservación del Área de Actividades Económicas de Tudela-Polígono La Serna. Cada proyecto, cada decisión, parece surgir de la misma pasión que le llevó a observar en silencio los timbres de las casas y a sostener garrafas de aceite bajo el sol de la mañana. La formalidad de los títulos no rompe la cercanía con la que cuenta su historia. Todo fluye con la misma atención y cuidado que pone en su trabajo diario.
A pesar de la intensidad de sus responsabilidades, nuestro protagonista encuentra espacio para sí mismo. Su mayor afición es correr. Cuenta que, durante años, practicó cross con regularidad, disfrutando de la sensación de recorrer senderos y superar obstáculos al aire libre. Hoy, con el tiempo más limitado y la agenda siempre llena, mantiene la costumbre en casa sobre la cinta de correr. «Correr supone enfrentarte a ti mismo. Uno contra uno. La respiración, las pulsaciones… En este contexto, tú eres tu propio rival. ¿No es emocionante?», concluye.













