Los vecinos del pueblo aún cuentan historias. No siempre las mismas y nunca con demasiados detalles. Como ocurre con las leyendas que sobreviven siglos, cada uno añade o elimina algo y, al final, el relato corre el riesgo de verse sutilmente modificado con el paso del tiempo. Pero muchos coinciden en algo: aún hablan de una monja de carácter severo, poco amiga de la paciencia, cuya presencia parecía imponerse más allá de las palabras. Dicen que tenía mal genio.
Cuando cae la noche y el edificio queda en silencio, resulta fácil imaginar el desfile de hábitos atravesando pasillos que hoy ocupan viajeros de aquí y de allá. Donde antes hubo recogimiento, ahora hay conversaciones aleatorias. Pero ciertos lugares conservan el eco de quienes los habitaron, y el hotel rural La Casa de Las Monjas es uno de ellos. De hecho, todavía conserva intacta una gran estatua de la Virgen que observa el interior desde una quietud solemne. Bajo su mirada inmóvil, las paredes de piedra se elevan hasta techos imposibles y el reloj parece avanzar más despacio, como si siglos enteros de historia hubieran quedado adheridos a los muros.

El hotel rural cuenta con un restaurante y diecisiete habitaciones con baño privado.
«Mis padres, Txus Zabaleta y Luis Hueso, compraron el edificio hace veintidós años y dedicaron cuatro a reformarlo. El otro día me encontré una caja con recortes y fotos de aquella etapa. Cogían ideas de revistas», detalla a Navarra Capital Iván Hueso, que está «echando una mano» a su padre para reflotar el alojamiento.
RETOMAR EL PROYECTO FAMILIAR
Muchas de las piezas que hoy ocupan las habitaciones, como cabeceros, mesas o armarios, fueron restauradas por su madre: «Era como una hormiga. Iba poquito a poco luchando y haciendo. Siempre conseguía lo que quería». Algunas cortinas, cosidas también por ella, caen junto a las ventanas y amortiguan la luz de la tarde para convertir las diecisiete habitaciones en refugios silenciosos. «Hay siete en la planta de abajo y diez en la de arriba. Cada una con su baño privado», agrega.
Lo cierto es que el alojamiento llevaba cerrado desde la pandemia. Se apagaron las luces, dejaron de llegar viajeros y el edificio permaneció sumido en una espera silenciosa. Cinco o seis años pueden parecer poco para un convento reconvertido en hotel, pero suficientes para que el tiempo empiece a ensanchar las ausencias. Ahora, sin embargo, ha llegado el momento de abrir de nuevo las puertas y concederle otra oportunidad. Aunque este no era el plan inicial de Iván…
«Tengo 53 años y siempre he trabajado como aparejador y fuera de Navarra. Soy de San Sebastián«, explica tras remarcar que su trayectoria profesional ha discurrido lejos de la gestión turística. La idea de involucrarse en el proyecto familiar no figuraba necesariamente entre sus planes. Pero, a veces, los lugares terminan reclamando a quienes crecieron alrededor de ellos.

La Casa de Las Monjas ha reabierto sus puertas tras permanecer cerrado desde la pandemia.
El restaurante del hotel también ha vuelto a funcionar después del paréntesis. Cuenta con menú del día, menú de fin de semana, pintxos y raciones. «Cordero al chilindrón, manitas de cerdo, chistorra… Ofrecemos los platos clásicos», apunta para acto seguido añadir que, de cara a este verano, tanto su padre como él esperan que la terraza tenga éxito. Está repleta de moreras que, en temporada, cargan sus ramas de frutos oscuros. «Pondremos una televisión fuera para ver el Mundial», sonríe.
Al final, los sitios también tienen una forma extraña de elegir a quién esperan. Nuestro protagonista construyó su vida lejos de Navarra, entre obras y planos, sin imaginar que acabaría cogiendo las riendas de un hotel familiar cerrado durante años. Quizá ahí reside lo extraordinario: en comprobar cómo un antiguo convento termina encontrando continuidad en algo tan sencillo como una sobremesa de verano, unas moras maduras o alguien que regresa sin pretenderlo para mantener encendidas unas luces que parecían destinadas a apagarse.













