sábado, 15 diciembre 2018

Tomás Antoñana, ante los diplomas de algunos de los premios conseguidos por los vinos de Bodega Inurrieta.

Tomás Antoñana, ante los diplomas de algunos de los premios conseguidos por los vinos de Bodega Inurrieta.

Lo reconocemos. Decir que Tomás Antoñana es un bodeguero de altura es hacer un chiste fácil, porque mide 1,95 metros. Pero también es una verdad como un templo, aunque sólo sea porque ha conseguido que Bodega Inurrieta sea, quizás, la más premiada de Navarra a pesar de su juventud.

Tomás Antoñana, en la nave de barricas.

Acaba de recibir varios premios de la D.O. Navarra y de la Cofradía del Vino, además del Gran Bacchus de Oro en un concurso en el que participaron 2.000 vinos de todo el mundo de los que fueron galardonados diez, incluido el ‘Altos de Inurrieta’ reserva de 2014, repitiendo el éxito conseguido por la bodega con ese mismo vino de la añada 2002 en 2006, que le supuso ser la primera de Navarra que lo ganaba. Los diplomas ya cubren la pared de una de las salas de la bodega, y Tomás los muestra con orgullo y cierto pragmatismo: “Además de un reconocimiento son un arma comercial, la gente prueba nuestro vino, a unos les gusta mucho y otros que dudan puedes decirles mira, no lo digo yo, sino gente experta opina que están muy bien, los premios dan cierta objetividad de cara al público”.

El caso es que, posiblemente, Inurrieta será la bodega más premiada de Navarra, y eso que empezó a comercializar blancos y rosados en 2003, tintos en 2004, el primer crianza en 2005 y el primer reserva en 2006. Está claro que acertaron, a pesar de los temores iniciales “porque al principio hicimos un plan de negocio optimista y nos dimos cuenta al empezar de que había mucha competencia, somos muchas bodegas, unas cien en Navarra, más 4.000 en España y en el mundo… pues fíjate. Y no nacimos con vocación de vender solo aquí, pensábamos vender en el mercado nacional y en exportar y así lo estamos haciendo”.

VINOS PLACENTEROS

Esa competencia suele decir que si una bodega recibe muchos premios es porque hace vinos comerciales, una opinión que dibuja una sonrisa amarga en la cara de Tomás Antoñana, quien comenta que “lo que nos obsesiona es que el vino sea placentero, y eso al final te hace ser muy de todo el mundo, muy internacional, es cierto, pero no sé qué se entiende por una bodega comercial, yo asocio eso a una bodega muy grande que hace muchos millones de botellas a precios muy competitivos y la nuestra es mediana-pequeña y familiar, hacemos en torno a 1.900.000 botellas dependiendo del año”.

“La arquitectura espectacular está bien para la imagen, el enoturismo, aunque el  enoturismo y todo lo demás vendrá como consecuencia de que haces un buen vino”

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Tomás Antoñana está al frente de la bodega desde el inicio del proyecto.

Sea como sea, buena parte del éxito de Inurrieta se debe a Tomás Antoñana. Para explicarlo vamos a retroceder en el tiempo hasta 1999, cuando ya se había licenciado en Administración y Dirección de Empresas por la UPNA y en Económicas, también por la UPNA, y se estaba gestando el proyecto de la bodega: “Cuando estaba terminando la carrera un día mi padre me dijo: oye, ¿y si plantamos viñas? Le había surgido una oportunidad con un terreno, y como eso era algo que venía de atrás tanto por parte mi madre, mi abuelo fue gerente de la cooperativa de Cirauqui, como de mi padre, porque su familia había tenido una bodega, le dije: pues venga, hicimos una sociedad y empezamos a plantar”.

Mientras se construía la bodega trabajaba por las mañanas en Super Mabo, la cadena de supermercados de la familia, de la que se encargaba de temas contables, y por las tardes hacía el seguimiento del proyecto Inurrieta, que le absorbió en 2002 cuando concluyeron las obras. “La verdad es que me pilló el toro porque pensaba hacer un máster, pero empecé a trabajar y…” De modo que se ocupa de la bodega desde su gestación y ha sido el artífice de su desarrollo, “al principio más en la parte de la contabilidad y luego en temas comerciales, de marketing y la gerencia”. Ha puesto en marcha un viejo sueño de su padre, “que con mi tío trabajó en el campo hasta los veinteymuchos años, la gente lo asocia con Super Mabo pero antes estuvo el campo, y esto era como volver a los inicios”.

EL ENFADO DE SU ABUELA

Confiesa que su abuela, cuando Tomás le informó de que estaban otra vez a vueltas con el viñedo y la bodega, le dijo: “Tú eres tonto, toda la vida intentando salir del campo ¡y ahora vosotros volvéis! Claro, ella tenía el recuerdo de lo duro que era, de pasar penurias, de estar pendiente de si llovía… hace 50 años ir a la ciudad era evolucionar y para ella eso suponía retroceder”. “¡Eres tonto!”, repite entre carcajadas. Pues no, el tiempo ha demostrado que no lo era, “hombre, fue una apuesta, muy arriesgada, pero podía más la ilusión”.

Los antecedentes familiares estaban ligados a la viticultura, pero era un mundo del que Tomás no sabía demasiado, “de hecho hice un curso en Evena, un pequeño máster de viticultura, enología y marketing del vino”. ¿Qué aportó entonces al proyecto? “La gestión económica y financiera, sobre todo al principio”, responde sin dudar, y añade que “el camino te va llevando hacia la parte comercial y la dirección estratégica”.

Pero no quiere atribuirse el éxito de Inurrieta “porque es consecuencia de muchos factores, marketing, diseño, el paraje donde estamos, la parte financiera… Pero casi te diría que lo que más valoramos es conseguir la mejor uva posible para a partir de ahí hacer un buen vino, porque si no lo tienes por mucha campaña de publicidad que hagas… Bueno, también hay que tener en cuenta que tenemos un equipo de lo mejor, en la enología, comerciales, marketing. Y tenemos muy claros nuestros objetivos”.

“Creíamos que la calidad estaba relacionada con nuestra supervivencia, como veíamos tanta competencia teníamos que destacar en algo y entendíamos que debía ser la calidad”.

Aquí todo es sencillo, práctico, lógico. No hay mandos intermedios, no cuentan con director comercial, financiero o de administración, “es una empresa pequeña, la gracia es que podamos hablar y tomar decisiones con rapidez. No hace falta planificar una reunión con dos meses de tiempo, ni con una semana. Cualquiera puede entrar en este despacho, todo el mundo tiene mi móvil”. Cuando tienen que contratar buscan a alguien “que se identifique con nuestros valores, sobre todo pensando que viene para estar mucho tiempo, casi todo el mundo lleva más de diez años, desde el principio, buscas que se sientan parte del proyecto y orgullosos de trabajar para Inurrieta”.

FAMILIA Y DEPORTE

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Los vinos de Inurrieta se encuentran entre los más reconocidos de Navarra.

Quien haya visitado otras bodegas que cuentan con edificios diseñados por los arquitectos más famosos quizás se sienta decepcionado por la sobriedad de las instalaciones de Inurrieta, “pero es que todas las decisiones, desde el principio, iban encaminadas a hacer el mejor vino posible, y la hicimos pensando en que fuera práctica para trabajar. La arquitectura espectacular está bien para la imagen, el enoturismo, aunque el  enoturismo y todo lo demás vendrá como consecuencia de que haces un buen vino”. Le decimos que parece obsesionado con la calidad y no lo desmiente, “es que creíamos que la calidad estaba relacionada con nuestra supervivencia, como veíamos tanta competencia teníamos que destacar en algo y entendíamos que debía ser la calidad”.

Nos despedimos para hacer el mismo trayecto entre Pamplona y el paraje de Falces donde se encuentra la bodega que Tomás Antoñana hace todos los días, 40 minutos que se suman a la jornada de trabajo y le privan de un rato libre, “aunque la verdad es que lo que más me ocupa el tiempo cuando no estoy aquí son mis tres hijos, tienen cinco, cuatro y tres años. Intento quedar con los amigos, pero nos cuesta coincidir, y hacer algo de ejercicio aunque sólo puedo un día o dos a la semana”. Ya en la puerta recuerda su paso por el baloncesto aprovechando su 1,95 de estatura en la sección masculina del CBN, y de entonces arrastra una lesión de menisco que le impide correr pero no practicar la natación ni subirse a la bicicleta. Desde allí vemos a los empleados que preparan la vid para seguir cosechando premios.

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