Salvadores ambulantes

viernes, 29 mayo 2020

Salvadores ambulantes

Los vendedores ambulantes son indispensables para muchas personas mayores que no cuentan con tiendas ni supermercados en sus pueblos. NavarraCapital.es acompañó a la pescadera Yolanda Mateo, la repartidora de pan Arantxa Samonete y el frutero Miguel Ochagavía en su ruta por varias localidades de la Comunidad foral. En estos días de confinamiento, han duplicado las ventas.

Maite H. Mateo
Gallipienzo Nuevo - 3 abril, 2020

Los habitantes de Gallipienzo Nuevo se reparten por la plaza para mantener la distancia de seguridad. (Fotos: Maite H. Mateo)

Una bocina rompe el silencio que se ha adueñado de Gallipienzo Nuevo, en el corazón de la merindad de Sangüesa, donde residen habitualmente 54 habitantes. Casi al instante, una docena de vecinos sale de sus casas ladrilladas, bolsas de tela en mano. Acuden al reclamo de Yolanda Mateo, la pescadera ambulante que cada miércoles los abastece en la plaza del pueblo.

Yolanda abre las puertas de su mostrador, protegido por una pared de metacrilato transparente desde la llegada del coronavirus. Con su voz cantarina y un ritmo frenético, comienza a atender a hombres y a mujeres bajo una pantalla de plástico. Merluzas, anchoas, lubinas y almejas son los pescados que mas despacha estos días.

Alrededor de su camión, los clientes se distribuyen por la plaza como jugadores de fútbol a la espera de un ataque del contrario.
No hacen falta carteles que marquen la distancia de seguridad. El miedo es el mejor aliado de la prudencia. Rosario Hernández, de 70 años, lleva cuatro bolsas: “Hago la compra para cuatro personas que son de riesgo y no se atreven a salir. Si no tuviéramos este servicio, estaríamos vendidos. Aquí no hay tiendas y no conducimos”.

Yolanda Mateo lleva diez años como pescadera ambulante.

Yolanda Mateo lleva diez años trabajando como pescadera ambulante en el valle del Roncal y la Baja Montaña.

Cuando el pasado día 15 de marzo el Gobierno central anunció el estado de alarma, Yolanda pensó que le tocaría parar durante una temporada. El motivo: la prohibición de abrir los mercadillos públicos. Sin embargo, tras leer el Boletín Oficial de Estado (BOE), comprobó que la alimentación era considerada como servicio esencial. “Hablé con los alcaldes de los pueblos en los que hago la ruta, como los de San Martín de Unx y Gallipienzo, y me confirmaron que no tendríamos ningún problema para seguir trabajando”, rememora para NavarraCapital.es. Además, contactó con las fuerzas de seguridad para quedarse más tranquila y le transmitieron el mismo mensaje. Podía circular con normalidad.

Diez años lleva esta pescadera recorriendo el valle del Roncal y la Baja Montaña con su menudo camión. Pero es en estos momentos cuando más ha sentido la responsabilidad de atender a su clientela, después de que en los últimos tiempos y tras décadas siendo imprescindibles, ella y sus colegas perdieran negocio poco a poco en favor de las grandes superficies. Ahora, sin embargo, son más necesarios que nunca.

Nati Aristu camina solitaria por las calles vacías de Lerga.

Nati Aristu camina solitaria por las calles vacías de Lerga. Salir a comprar es ahora mismo su única vía de escape.

“Durante el año suelen venir personas mayores. Pero estos días, los más jóvenes del pueblo intentan hacer la compra para que ellos no salgan de casa. Ademas, mucha gente joven, que de normal no me compra porque está trabajando, acude a mí estos días por el confinamiento”. Es más, en las últimas semanas ha duplicado sus ventas.

HACIA LERGA

Yolanda deja Gallipienzo Nuevo, enciende el motor y vuelve a serpentear las angostas carreteras del lugar hasta el pequeño pueblo de Lerga, donde dos mujeres que rondan los ochenta la esperan ansiosas para el acontecimiento más importante de su semana de encierro. “Las única caras que vemos son la de Yolanda y la de quien nos trae el pan”, afirma Nati Aristu. “Gracias a esto, podemos comer. Porque esta situación es un secuestro”, añade María Cruz Zulet. En el pueblo viven unas veinte personas, pero las calles enmudecieron hace días.

Arantxa Samonete vende pan cada día en Lerga, Ayesa, Gallipienzo Nuevo, Gallipienzo Antiguo y Eslava.

Arantxa Samonete vende pan cada día en Lerga, Ayesa, Gallipienzo Nuevo, Gallipienzo Antiguo y Eslava.

Casi a la misma hora pero en Gallipienzo Antiguo, Arantxa Samonete sigue los pasos de Yolanda, aunque lo suyo es la venta de pan y periódicos. Desde hace tres años, recorre cinco pueblos: Lerga, Ayesa, Gallipienzo Nuevo, Gallipienzo Antiguo y Eslava. “Estos días, estoy repartiendo pan para unas 250 personas”. Muchos le piden más barras de lo habitual para no tener que salir en unos cuantos días. Es el caso de Josefina Labarga, de 72 años, que acaba de llevarse diez de golpe. “Las congelo y así me quedo en casa. Porque tenemos miedo”, afirma desde el umbral de su casa.

Pero la labor de Arantxa va muchas veces mas allá de llevarles este alimento tan básico. Algunas personas mayores hasta le piden que les traiga medicamentos de la farmacia o productos de primera necesidad que, de otra manera, no podrían conseguir. Favores impagables en estos días de reclusión.

EN EL FRONTÓN

Esenciales consideró el alcalde de San Martín de Unx, Francisco Javier Leoz, a estos vendedores. Y por eso hizo hincapié en concederles un permiso especial para que siguieran abasteciendo al pueblo. Allí, en el frontón municipal, el falcesino Miguel Ochagavía despliega su puesto de frutas y verduras. Las líneas amarillas de pasa y falta sirven inconscientemente a sus clientes para establecer la distancia de seguridad. Mientras aguardan su turno, algunos comparten su temor a desplazarse hasta los supermercados de localidades más pobladas como Tafalla. “Es una suerte que vengan a vendernos aquí. Yo solo he ido una vez a Tafalla porque me da más respeto”, sostiene José Mateo.

Desde que comenzó el confinamiento, Miguel Ochagavía atiende a unos cincuenta clientes en cada jornada.

“Estamos haciéndoles un favor, sí. Pero reconozcamos también que nos lo hacemos a nosotros mismos. Porque, de lo contrario, yo no podría afrontar mis gastos”, admite Miguel mientras limpia unos puerros para un vecino. En el único día de la semana que visita el pueblo, atiende a unas cincuenta personas. Y muchas de ellas han comprado para varias familias. “La verdura está siendo el producto estrella. Parece que la falta de actividad está haciendo que nos pongamos a dieta”, apostilla para estallar acto seguido en una grave carcajada, que retumba en las paredes del frontón y contagia a sus clientes.

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